El Tiempo Tinogasta

FELICES 300 AÑOS TINOGASTA

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TRICENTENARIO TINOGASTA

Tinogasta cumple su TRICENTENARIO, se demarcó un 14 de Agosto de 1713.

La historia del departamento Tinogasta es el resultado de la superposición orgánica de tres raíces culturales: la aborigen, la hispánica y la relativa a los inmigrantes llegados a partir de las últimas décadas del siglo 19.
Y, por contrapartida, del fenómeno del fuerte éxodo de tinogasteños generado por adversas condiciones socio-económicas desde las primeras décadas del siglo XX.
Conviene advertir de entrada nomás, que esta secuencia se desarrolla en un marco geográfico montañoso, alejado de las llanuras mediterráneas por donde han transcurrido las principales manifestaciones históricas. En el extremo sur-oeste de la provincia de Catamarca y compartiendo un ingente y desértico espacio de frontera con la república de Chile. Los dos valles longitudinales (de dirección general norte-sur) que conforman las extensiones llanas del departamento son el Bolsón de Fiambalá-Tinogasta, más al este, entre los 1.100 y los 2.000 m. de altitud, asiento de más del 90 % de la población. Y el Valle de Chaschuil, entre los 3.000 y los 3.800 m. hacia el oeste, vecino al prodigioso Círculo de Volcanes.
En efecto, los volcanes más altos del planeta conforman un singular escenario geográfico con más de una decena de cumbres que superan los 6.000 m. de altura. Entre ellos se destacan: el Pissis (o Pilla-Huasi –Casa de la Corona- de 6870 m.), en el límite con la provincia de La Rioja, el volcán apagado más alto del mundo; el Ojos del Salado (casi 7.000 m.), compartido con Chile, el volcán activo más alto del mundo; el San Francisco y el Inca-Huasi (Casa del Inca, en quechua), en adyacencias del Paso Internacional (ambos superando los 6.000 m.), importantes hitos con referencias históricas y culturales.
La imponente Cordillera de San Buenaventura, única en el espacio geográfico nacional, que transcurre en dirección oeste-este, separa al departamento Tinogasta de Antofagasta de la Sierra y sirve de apoyo sur a la llanura llamada “puna de Atacama” que se extiende desde Catamarca hasta el lago Titi-Caca en Bolivia.
Este posicionamiento geográfico influyó sobremanera en al menos dos aspectos relevantes: uno, engendrando un tipo de hombre con una psicología y una cosmovisión particular, con valores y actitudes muy diferentes a las del hombre de la llanura y dos, generando actividades económicas y circuitos comerciales que transcurren en el amplio marco regional (incluyendo áreas extranacionales) con dinámica y recursos propios.
El tiempo de los aborígenes
Los primeros que hollaron con sus plantas suelo tinogasteño fueron, entre 6 y 8 mil años antes de Cristo (cerca de 10 mil años antes del presente), grupos nómades de cazadores y recolectores que ejercieron actividad económica puramente extractiva en el extremo norte del valle de Chaschuil (a 27º latitud S), en proximidades del actual Paso de San Francisco. En efecto, allí, una amplia zona de vegas con una fauna variada les permitía obtener agua y energía animal con relativa facilidad. La abundante presencia de camélidos americanos, en particular guanacos y vicuñas, ejerció un atractivo importante. Estos ocupantes ocasionales, provenientes de zonas vecinas del actual Chile o de Antofagasta de la Sierra, aprovecharon los refugios y aleros rocosos de la zona como guaridas.
En lo que hace al valle de Abaucán, al este y a menor altura que el primero, las evidencias arqueológicas hablan de asentamientos permanentes en recintos construidos en piedra y en parte bajo la superficie del terreno hacia el siglo V antes de Cristo (2500 años antes del presente). La zona en la que constan los hallazgos más antiguos es Ranchillos en proximidades de Palo Blanco, al norte de Fiambalá. El estilo de vida propio de estos autóctonos estuvo sin duda fuertemente relacionado a la agricultura, maíz y zapallo en las zonas más bajas y papa en las más altas. Desarrollaron obras de regadío que todavía hoy son utilizadas por los pobladores. Por ejemplo, en Antinaco se conservan algunas terrazas de cultivo que hablan de una muy sabia administración del vital recurso.
Al menos dos estilos alfareros se destacaron como propios del valle. El estilo Saujil y el estilo Abaucán, cuyos rasgos principales fueron descriptos en su oportunidad por María Carlota Sempé de la Universidad Nacional de La Plata. Es de destacar la abundancia de fragmentos cerámicos que caracteriza a los sitios indígenas del departamento. Esto habla, al parecer, de una especialización en el oficio que llevó a los antiguos tinogasteños a producir en cantidad y calidad, aprovechando las bondades de los yacimientos de arcilla de la zona. En particular, la impronta química de la arcilla de Watungasta, en la zona media del valle, fue identificada en sitios muy alejados de su lugar de origen, lo que significa que los alfareros “exportaban” sus productos a otras regiones.
En general, los pueblos de autóctonos del departamento transcurrieron todas las fases culturales descriptas para el la zona sur del NOA. Estos pueblos formaron parte de la gran nación Diaguita (los “serranos”). Hablaron su propia lengua, el kakán, idioma hoy extinguido y del cual no se conserva ni siquiera un vocabulario. Por aproximación se especula que “Tinogasta”, por ejemplo, significa “reunión de pueblos” y “Fiambalá”, “penetración en la alta montaña”. El bellísimo topónimo “Anillaco”, vendría a decir “agua de arriba”, según conjeturan los lingüistas.
El modo de vida de los diaguitas de Tinogasta no difería en mucho de los que ocupaban otros valles cercanos. Se agrupaban en comunidades más o menos extensas, en muchos casos con vínculos familiares. Cada comunidad definía un territorio próximo del que obtenía recursos inmediatos para sobrevivir (agua, lugares de cultivo, arboledas) y contaba, además, con otros territorios que le estaban tradicionalmente asignados en zonas de mayor altura, de modo de proveerse de productos inexistentes en el valle (lugares de caza o “cazaderos”, salinas, etc.).
Además, cada comunidad vivía en relativa autonomía ya que los jefes locales (kurakas, caciques o mandones) tenían la autoridad suficiente como para organizar la vida y el trabajo. Entre estos caciques de los pueblos indios del valle de Abaucán, encontramos algunos de los apellidos autóctonos todavía hoy reconocidos: Sacaba, Guaytima, Chanampa, y otros. Sólo en tiempos de guerra o amenaza exterior se constituían las alianzas que determinaban, mientras durara la situación de riesgo, la aparición de caciques extraterritoriales con autoridad más extendida.
Destacamos que estas comunidades vivían en perfecta concordancia ecológica con el medio ambiente que los rodeaba. Su forma de existencia era respetuosa del entorno, al que aprovechaban en la exacta medida de lo necesario. El concepto de dilapidación o derroche para ellos no existía. Mucho menos el de consumo o depredación. Su sabiduría está reflejada en los mitos que nos legaron: la “Pachamama”, diosa del tiempo y la fecundidad de la tierra, de la que todos buenamente dependían y el legendario “Llastay”, el dios ocupado en proteger a los animales silvestres de modo tal que nadie abusara de su caza. Para nuestros antiguos el individualismo era un concepto vacío. Esencialmente, la vida transcurría en comunidad y solo en comunidad. Todas las actividades tenían un sello solidario. Todavía encontramos en la “minga”, esfuerzo conjunto en beneficio de un tercero, un resabio de esa sabiduría ancestral. El ocio y la disparidad en la tenencia de bienes materiales no existían.
Los sitios indios identificados en el valle de Abaucán son numerosos. En ellos debió residir, en las mejores épocas, una población casi equivalente a la actual, pero con una capacidad productiva quizá mayor. Por desgracia, las erráticas o nulas políticas de protección del legado material de estos pueblos, incluidas las actuales, posibilitaron que una tremenda cantidad de piezas arqueológicas encontradas en Tinogasta, hoy en día adornen las vitrinas de museos y de diversas y nutridas colecciones particulares de toda la Argentina, Estados Unidos y Europa.
Hacia el último tercio del siglo XV, los Incas ingresaron al norte argentino ocupando por la fuerza o mediante pactos con las poblaciones nativas gran parte de este territorio desde Jujuy hasta Mendoza (Puente del Inca). Los del Cuzco eran movidos por una necesidad de expansión propia de su dinámica imperial y, más en concreto, por la busca de riquezas minerales.
Ingresaron a territorio de Tinogasta, estratégicamente importante por su cercanía con recursos metalíferos de magnitud, tales los del Cerro Famatina (Mama-Tinaj, Madre de los Metales) en La Rioja y los de la zona de Copayapu (“Copa de Oro”, Copiapó de Chile en la actualidad). Desarrollaron su propia red vial (“Incañan”), sus centros de abastecimiento (“Tambos”) y sus enclaves administrativos, de los cuales el más importante fue el poblado de Watungasta (entre Tinogasta y Fiambalá). Asimismo, en lugares clave ejercieron actividades religiosas, tal el santuario de altura desarrollado en el volcán Inca-Huasi.

El tiempo de los españoles
En 1536 don Diego de Almagro, conquistador del Perú, fue el primer español en explorar la región. Acompañado por un importante séquito de funcionarios y sacerdotes Incas, atravesó el territorio de Tinogasta en sentido este-oeste, transpuso por el paso de San Francisco (probablemente) la Cordillera de los Andes y descubrió Chile. Años más tarde, y recorriendo el mismo camino pero en sentido inverso, conquistadores provenientes de Chile, ingresando por diferentes pasos tinogasteños, fundaron Santiago del Estero, primera ciudad de Argentina (Francisco de Aguirre, en 1553) y Londres, la primera ciudad de Catamarca (Juan Pérez de Zurita, en 1558).
La región de Tinogasta se incluyó en el espacio territorial concedido a la ciudad de La Rioja, fundada en 1591 por Juan Ramírez de Velazco. Recién con la tardía fundación de San Fernando del Valle de Catamarca, en 1683, se produjo un cambio de jurisdicción. En un primer periodo diversos encomenderos recibieron a los núcleos indígenas con la finalidad de ponerlos a producir en unidades económicas de los españoles y, también, catequizarlos.
Las guerras Calchaquíes que se extendieron por alrededor de cien años, a partir de 1580, conmocionaron el territorio y expresaron la fuerte resistencia indígena a ser incluidos en un proyecto de dominación. La actuación de líderes legendarios, tal el célebre cacique Chelemín, protagonista de así llamado “Gran Alzamiento”, hacia 1630, marcó el punto culminante de la rebelión. Denodados esfuerzos costó a los españoles vencer a los autóctonos y restablecer el orden. Y esto solo se logró apelando a medidas extremas, tales el destierro de los naturales sobrevivientes a lejanos parajes o la reducción de los mismos en sitios accesibles al control de la Corona.
Estas medidas tuvieron implicancias geopolíticas inmediatas. Así, en 1687, al norte de Tinogasta, en la confluencia de los ríos Troya y Abaucán, en el paraje denominado Anillaco, se avecindó el primer español mercedario de un extenso latifundio que cubría casi todo el valle. Se trataba de Juan Gregorio Bazán de Pedraza. Hombre de linaje y recursos, hizo construir casa e iglesia. Esta última, que todavía se conserva, es en la actualidad la edificación religiosa más antigua de la provincia (1712) y Monumento Histórico Provincial.
Cuando Juan Gregorio fue nombrado Gobernador de Paraguay debió partir a ocupar su nueva responsabilidad. Antes, dividió a su enorme merced en dos Mayorazgos, uno en el sector norte del valle y otro en el sur. Esta partición es el origen de la actual división política del departamento de Tinogasta, entre las jurisdicciones municipales de Fiambalá (norte) y Tinogasta (sur).
En 1713, las autoridades españolas decidieron la demarcación del Pueblo de Indios de Tinogasta (14 de agosto). Esta medida tendía a evitar conflictos con los naturales. El Pueblo de Indios se regía con una estricta legislación proveniente de las Leyes de Indias. Dentro del ejido demarcado, los autóctonos disponían de sus animales y cultivos y tenían sus propias autoridades.
El Pueblo de Indios se mantuvo hasta entrado el siglo XIX, en que españoles y criollos comenzaron a comprar tierras y tener actividad económica dentro de su jurisdicción. Recién en 1848, se conformó la Villa de Tinogasta, a partir del momento que vecinos destacados donaron el terreno suficiente para delimitar la plaza principal y las ocho manzanas circundantes. Este principio de urbanización permitió jerarquizar el culto religioso, restableciendo el templo parroquial dedicado a San Juan Bautista, bajo cuyo patronazgo funcionaba el Curato de Tinogasta, erigido en 1780.
La prosperidad minera de Copiapó, y en particular Chañarcillo, localidad en la que se descubrió una enorme mina de plata en el primer tercio del siglo XIX, activó un fluido intercambio comercial a través de los pasos cordilleranos, marcando una época de prosperidad para Tinogasta, que se extendió hasta comienzos del siglo XX. La exportación de animales en pie para el mercado chileno y también altoperuano, posibilitó el desarrollo de estancias y establecimientos dedicados a la cría y engorde de vacas, caballos y mulas. Otros productos, tales como vinos, tejidos y manufacturas regionales también participaron de este sostenido intercambio.
En su conjunto, el oeste de la provincia de Catamarca se vio perjudicado por la demora en la extensión de vías de comunicación modernas. Rutas y en especial el Ferrocarril. De ese modo, la oportunidad comercial no pudo ser aprovechada integralmente. El proyecto de una Argentina centrada en la gran llanura pampeana, impidió el desarrollo de una región entera y supuso un freno para una economía que demostraba una interesante potencialidad.
El tiempo de los inmigrantes y el éxodo
Al comenzar el siglo XX, las novedades del progreso se acumularon: el tren por fin llegó a Tinogasta (1911); se inauguró la sucursal del Banco de la Nación Argentina (1912) y un moderno edificio escolar frente a la Plaza (1915). A su vez, se iniciaron las obras de canalización para el agua de riego. En todos estos avances ya se notó la incidencia del trabajo y la presencia de diversos grupos de inmigrantes que llegaban al área del departamento. En especial, chilenos,españoles, griegos, italianos y luego, sirios- libaneses, que rápidamente se afincaron, desarrollaron actividades productivas y adquirieron las costumbres propias de los lugareños. Este aporte significó sin duda un cambio cultural de relevancia que con el correr de los años fue transformando a la sociedad tinogasteña.
Pero, por otro lado, las barreras puestas al comercio de ganado con Chile, debidas en gran parte al diseño de un nuevo país con fuerte dependencia de Buenos Aires, y la incidencia en parte negativa del Ferrocarril, que transportaba productos que sustituían a los elaborados localmente ocasionando el cierre de algunas industrias propias, tal el caso de los molinos harineros vigentes, generaron un estancamiento económico y una crisis con fuertes proyecciones sociales.
Hacia 1930, los tinogasteños emigraban hacia la zafra tucumana o jujeña y, a partir de 1944, año en que se descubre el petróleo en Cañadón Seco, provincia de Santa Cruz, en forma masiva hacia la Patagonia buscando nuevos horizontes laborales y vitales. Este último éxodo tomó características tan pronunciadas que andando el siglo XX, la presencia de tinogasteños en ese confín generó comunidades importantes, con amplio predominio de norteños, tales como Caleta Olivia o Pico Truncado, o la misma Comodoro Rivadavia en el Chubut.
El éxodo a la Patagonia fue una verdadera gesta (de ribetes casi heroicos), dado que los catamarqueños no solo hubieron de abandonar un cálido terruño de altura para pasar a habitar una de las geografías mas frías e inhóspitas del mundo; además, aprendieron a convivir con gentes de otras razas y culturas y adquirieron oficios nuevos, muy diferentes a los habituales trabajos agrícolas comunes en su pago de origen. Pese a todo, vencieron en este desafío, se adaptaron, echaron raíces, prodigaron su trabajo, formaron familia y pueblos en el sur. Y todo esto sin olvidar, ni siquiera por un momento, el lejano lugar de su nacimiento y primeros afectos.
Entretanto, en la propia Tinogasta, y como respuesta endógena a una situación tan grave, una nueva actividad comenzaba a desarrollarse: la relacionada con la producción e industrialización de la vid. Se multiplicó la superficie implantada con viñas. En 1928, se instaló la firma sanjuanina Graffigña, en Tinogasta y Fiambalá, con fincas y establecimiento propio. Al par que surgía otra firma local, Elías J. Saleme, que en la actualidad es la bodega de mayor capacidad de la provincia. Hacia 1960, surgió otro establecimiento de magnitud, el de Vittorio Longo. Las buenas uvas y los buenos vinos tienen en los tiempos que corren una importante reactivación. La introducción de variedades finas, en particular tintas tales como Syrah, Cabernet o Bonarda, o blancas, como Torrontés, trajo como consecuencia la aparición de nuevos (y jóvenes) elaboradores en todo el ámbito del departamento. Algunas marcas, como es el caso de Don Diego, elaborado en Fiambalá por el establecimiento Cabernet de los Andes, alcanzaron distinciones importantes y su producción en un importante porcentaje llega a mercados de Europa y Estados Unidos.
Para terminar esta síntesis, y como cerrando un círculo de la Historia (aunque la Historia nunca se repite y allí reside gran parte de su secreto y fascinación), recordaremos que hoy, en los años iniciales del siglo XXI, el departamento Tinogasta cuenta, como al inicio de los tiempos, con un importante instrumento para su desarrollo futuro: el Paso Internacional de San Francisco. En efecto, este corredor sobre la Ruta Nacional 60 nos vincula mediante una moderna carretera totalmente asfaltada con la República de Chile. Recorrer esta ruta es como asomarnos al pasado entero de la región, íntimamente ligado a la portentosa cordillera de volcanes que nos divide y nos une con su otra vertiente, la que da a los puertos del Pacífico y, a través de ellos, con Asia, la zona del mundo que más requiere de energía, productos alimenticios o manufacturas. Y del mismo modo, también, el Paso permite a los tinogasteños avizorar un futuro e imaginar un porvenir que no puede ser menos que venturoso y promisorio.

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