Fortin Sureño Tinogasta

El 22 de agosto se conmemora el día mundial del folklore en honor a un investigador entrerriano.

La fecha se festeja en nuestro país, por el nacimiento del investigador y docente Juan Bautista Ambrosetti, reconocido como el “padre de la ciencia folklórica argentina”.

En 1960 se realizó en la ciudad de Buenos Aires, el Primer Congreso Internacional de Folklore, donde asistieron representantes de treinta países que decidieron instaurar el 22 de agosto como Día Mundial del Folclore.

Y en honor al investigador argentino Juan Bautista Ambrosetti (1865-1917) se celebra hoy el Día del Folclore Argentino.

Ambrosetti nació el 22 de agosto de 1865 en Gualeguay (Entre Ríos), hijo de un inmigrante lombardo que construyó una sólida posición económica en el comercio.

En 1871 la familia se traslada a Buenos Aires y allí Juan Bautista se casa con Helena, hija del reconocido naturalista Eduardo Holmberg, y se incorpora, por esta vía, a la élite porteña conformada por las antiguas familias criollas (la mayoría de los intelectuales, académicos y líderes políticos estaban emparentados y se imaginaban a sí mismos como pertenecientes a un grupo aristocrático).

Como muchos de su generación, Ambrosetti fue un autodidacta en ciencias naturales ya que abandonó los estudios secundarios antes de finalizarlos y careció de una educación universitaria sistemática.

Eso no impidió que se formara al lado de prestigiosas figuras como Florentino Ameghino y su suegro Eduardo Holmberg, y adquirió amplia experiencia como naturalista viajero realizando largos itinerarios de exploración científica a remotos parajes de la Argentina como se verá más adelante.

El investigador entrerriano impulsó la creación del Etnográfico, el primer museo antropológico universitario independiente de las ciencias naturales.

También fue el iniciador en el país de la exploración arqueológica con criterio estrictamente científico y el primero en realizar estudios sistemáticos del folklore nacional por lo que se le llama el “Padre de la ciencia folklórica”.

Se desempeñó como profesor de arqueología americana y fue titular del Museo Etnográfico de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, que hoy lleva su nombre y del que fue su director desde 1905 hasta el año de su muerte.

Gracias al incesante trabajo de este investigador, se pudieron conocer zonas alejadas del Noroeste, y hasta pudo hallar una antigua población indígena en Tilcara y ciudades prehistóricas en La Paya, Salta.

Es uno de los sabios precursores del estudio del folclore argentino: su libro “Supersticiones y leyendas” constituye un valioso aporte para el conocimiento de la cultura calchaquí.

En la multifacética obra de Ambrosetti (que comprendió una enorme gama de estudios históricos, etnográficos, lingüísticos, arqueológicos y antropológicos) se incluyen trabajos sobre supersticiones y leyendas, sobre historia, lenguajes indígenas o utilización de metales en la zona de los valles calchaquíes.

Fue pionero en el estudio del folclore nacional y en utilizar el término en sentido estricto, es decir, definido como “el conjunto de tradiciones, leyendas, creencias y costumbres de carácter popular, que definen la cultura de una determinada región”.

Ambrosetti fue un gran investigador, poseedor de una vasta obra que todavía hoy es utilizada como material de consulta.

Toda su vida la dedicó al estudio de nuestro pasado, recopilando datos, acumulando material, con grandes sacrificos y muchos días de “penurias y escaceces”, según palabras de su discípulo (Salvador Debenedetti).

Sus virtudes fueron las que necesita todo investigador: paciencia y dedicación y algo de optimismo, también fundamental a la hora de buscar datos.

Pasaba largas y frías noches a la intemperie realizando sus exploraciones y recibía aplausos y gritos de la numerosa gente que se apostaba en el camino de los pueblos a los que arribaba.

La última etapa de su obra y de su vida fue de absoluta consagración al Museo Etnográfico, fundado en 1904.

En 1905 dirigió la primera expedición arqueológica con destino a Pampa Grande, en la provincia de Salta.

Con ese viaje se iniciaron los estudios sistemáticos del Noroeste argentino que, si bien eran ya numerosos, carecían de la documentación pertinente que se exige en disciplinas de esta naturaleza.

Ambrosetti -junto a docentes y alumnos- realizó viajes a la grandiosa ciudad prehistórica de La Paya, en el corazón del Valle Calchaquí, al sorprendente Pucará de Tilcara, en la Quebrada de Humahuaca, a los lejanos e inhospitalarios valles catamarqueños, y a las casi inaccesibles mesetas tucumanas así como a las planicies pampeanas, las solitarias tierras magallánicas y las pantanosas islas del Delta del Paraná.

La obra de Ambrosetti comprende una amplia gama de estudios históricos, etnográficos, lingüísticos, arqueológicos y antropológicos; fue pionero en el estudio del folclore nacional y es considerado el iniciador de la arqueología científica nativa.

La palabra “folklor” fue creada por el arqueólogo inglés William John Thoms el 22 de Agosto de 1846. Etimológicamente deriva de “folk” (pueblo, gente, raza) y de “lore” (saber, ciencia) y se designa con ella el “saber popular” .

La fecha coincide, en Argentina, con el nacimiento de Juan Bautista Ambrosetti (1865-1917), reconocido como el “padre de la ciencia folklórica”.

Es una ciencia que trata las manifestaciones o bienes culturales, ya sea de su vida material y espiritual (costumbres, vestidos, danzas, música, creencias, mitos, etc.) del pueblo, que en él se han arraigado y que han sobrevivido por varias generaciones a la época cultural a la que pertenecen.

La música folklórica de Argentina tiene una historia centenaria que encuentra sus raíces en las culturas indígenas originarias. Tres grandes acontecimientos histórico-culturales la fueron moldeando: la colonización española (siglos XVI-XVIII), la inmigración europea (1850-1930), la migración interna (1930-1980).

Aunque estrictamente «folklore» sólo es aquella expresión cultural que reúne los requisitos de ser anónima, popular y tradicional, en Argentina se conoce como «folklore» o «música folklórica» a la música popular de autor conocido, inspirada en ritmos y estilos característicos de las culturas provinciales, mayormente de raíces indígenas y afro-hispano colonial. Técnicamente, la denominación adecuada es música de proyección folklórica de Argentina.
En Argentina, la música de proyección folklórica, comenzó a adquirir popularidad en los años treinta y cuarenta, en coincidencia con una gran ola de migración interna del campo a la ciudad y de las provincias a Buenos Aires, para instalarse en los años cincuenta, con el «boom del folklore», como género principal de la música popular nacional junto al tango.

En los años sesenta y setenta se expandió la popularidad del «folclore» argentino y se vinculó a otras expresiones similares de América Latina, de la mano de diversos movimientos de renovación musical y lírica, y la aparición de grandes festivales del género, en particular del Festival Nacional de Folclore de Cosquín, uno de los más importantes del mundo en ese campo.

Luego de ser seriamente afectado por la represión cultural impuesta por la dictadura instalada entre 1976-1983, la música folklórica resurgió a partir de la Guerra de las Malvinas de 1982, aunque con expresiones más relacionadas con otros géneros de la música popular argentina y latinoamericana, como el tango, el llamado «rock nacional», la balada romántica latinoamericana, el cuarteto y la cumbia.

La evolución histórica fue conformando cuatro grandes regiones en la música folclórica argentina: la cordobesa-noroeste, la cuyana, la litoralena y la surera pampeano-patagónica, a su vez influenciadas por, e influyentes en, las culturas musicales de los países fronterizos: Bolivia, sur de Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay. Atahualpa Yupanqui es unánimemente considerado como el artista más importante de la historia de la música folclórica del Argentina.

Danzas populares Argentinas

El Candombe

La palabra candombe aparece por primera vez en una crónica del escritor Isidoro de María (1808–1829). Su génesis se remonta hacia fines del siglo XVIII en el Uruguay y en Argentina, con su característico tamboril y sus personajes prototípicos. Originalmente concebida como pantomima de la coronación de los reyes congos, imitando en la vestimenta y en ciertas figuras coreográficas, las costumbres de los reyes blancos, aunó elementos de la religión bantú y la católica. En una etapa inicial se enriqueció con figuras de contradanza, cuadrilla y otros elementos coreográficos asimilados hábilmente de la cultura blanca. En la ciudad de Buenos Aires, los barrios de San Telmo, Monserrat, La Concepción y Santa Lucía, congregaban multitudes al compás de su ritmo. Fue decreciendo paralelamente con la extinción de la raza negra, diezmada por las guerras y epidemias, y con el caudal inmigratorio que desplazó a los morenos del servicio doméstico, de los oficios artesanales y también de los puestos callejeros.

El Carnavalito

Pertenece al grupo de las grandes danzas colectivas, es jovial, se ejecuta alegremente a modo de juego inocente y familiar. Se bailó en América desde antes del descubrimiento; ha perdurado y hoy sigue practicándose en la región del NOA, especialmente en el centro y norte de Salta y Jujuy. Los bailarines suelen moverse en torno a los músicos o en hilera. Una mujer o un hombre con un pañuelo (a veces un banderín con cintas) en la mano se encarga de dirigir a los demás. Todos cantan la misma copla o entrecruzan improvisaciones. Los danzantes forman filas del brazo o de la mano, también lo hacen los niños y hasta los lactantes sujetos a la espalda de las madres. Las figuras son sencillas: apenas la rueda, la doble rueda, la hilera de itinerario libre y algunas pocas más. Es común el trote, que consiste en una larga fila que forman los bailarines de a dos, tomándose del brazo.

El Cielito

Se trata de una danza criolla de pareja suelta y pertenece a la generación de las graves como el pericón. Su coreografía adopta modalidades propias de los bailes picarescos y alegres, como los castañeteos y los movimientos ingeniosos.

El Escondido

Se trata de una danza en pareja suelta e independiente de gran caudal expresivo, en la que sus integrantes simulan esconderse uno del otro. Se bailó desde el año 1820 hasta fines del siglo XIX. Fue practicada en las regiones de Cuyo, Tucumán, La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero, Salta y probablemente en Buenos Aires.

El gato

Es una danza criolla alegre que puede ser ejecutada por una o dos parejas. Se bailó en nuestro país desde antes de 1820 y nos llegó posiblemente desde el Perú, extendiéndose en la campaña hasta la Provincia de Córdoba y luego hacia todo el país. Bailado por todas las clases sociales, representa un discreto juego amoroso donde el caballero simula cortejar a la dama y, persiguiéndola, trata de conquistarla; luce para ella las mejores figuras en sus zapateos, realizando a veces increíbles piruetas hasta obtener su correspondencia en la coronación final. Se convirtió, sin lugar a dudas, en el más popular de los bailes de la llanura, al igual que el malambo, y se lo conoció también con otros nombres como: “gato mis–mis”, “mis–mis” o “perdiz”. Era raro antaño, que el gaucho no supiese rasguear un poco la guitarra y entonar las coplas del “gato” o los repetidos acordes del “malambo”, motivo por el cual devino en uno de los bailes más elegidos.

El malambo

El malambo nació en las soledades pampeanas, allá por el año 1600. Dentro de nuestros bailes, es una excepción el que carezca de letra. Las guitarras acompañan esta danza ejecutada únicamente por hombres. El bailarín se luce en el zapateo, la cepillada (roce de la planta del pie contra el piso), el repique (golpe con el taco y la espuela) o los floreos. Sus pies apenas tocan el suelo. Las evoluciones del bailarín, cruzando las piernas, zapateando enérgicamente o haciendo dibujos con boleadoras y lazos son sorprendentes. El malambo, dentro de los bailes tradicionales, equivale a la “payada de contrapunto” en el canto: un verdadero torneo de habilidad gauchesca. En dichas competencias no hay límite de competidores, de a uno van exponiendo sus “mudanzas” y gana quien mejor realiza la mayor variedad de figuras. Una especie singular consiste la modalidad “A devolver figuras”, en la que sólo compiten dos hombres, los cuales están obligados a retrucar indefinidamente la figura que les propone el contrincante, cuyo lugar de inicio está determinado por sorteo. Cuando uno de los dos no puede devolver la mudanza de su adversario se da por terminada la competencia. Actualmente, el malambo reconoce dos estilos: el sureño (Provincia de Buenos Aires y la región pampeana) y el norteño. En el primero, las figuras son suaves, el bailarín muestra ingenio y habilidad, dejando a un lado la rudeza. El segundo, en cambio, se caracteriza por un compendio de destreza, brío, y agilidad.

El pericón

Se trata de un baile típico muy elegante de la llanura pampeana. En el pasado, recibió el nombre de “baile de cuatro”, en razón de ser ése el mínimo de parejas necesarias y porque la coreografía de la danza primitiva se componía de sólo cuatro figuras llamadas, por su orden: demanda o espejo, postrera o alegre, cadena y cielo. A cada una de ellas corresponden varios movimientos distintos, que se ejecutan de acuerdo con las órdenes que dan, según el caso, el cantor o el “bastonero” –especie de director– y siguiendo el ritmo de vals lento o sobrepaso, característico de todos los pericones. El “bastonero” debe ser elegido con sumo cuidado, ya que de su ingenio depende, en gran parte, el éxito del baile. Uno de los agregados relativamente recientes es el “pabellón”, donde los bailarines tomados del brazo forman un círculo y cada pareja al compás de la música, con las manos libres, extiende un pañuelo por encima de las cabezas, intercalándose los colores azul y blanco de la bandera argentina.

El tango

Es el célebre baile rioplatense difundido internacionalmente, de parejas enlazadas, forma musical binaria. Surgió en los suburbios de la ciudad de Buenos Aires a fines del siglo XIX, en pleno proceso de transformación en una gran urbe. La convivencia de inmigrantes, negros y gauchos que llegaban al puerto luego de quedarse sin trabajo en el ejército o como consecuencia de la instauración de los grandes latifundios, hicieron del tango un producto cultural único en el mundo. En su origen las canciones eran solamente instrumentales, ejecutadas por tríos de guitarra, violín y flauta, a cuyos compases las parejas bailaban enlazadas. Más tarde incorporó el bandoneón – instrumento procedente de Alemania–, que le daría su sonido característico. En sus primeros años de vida era ejecutado y bailado en prostíbulos, razón por la cual sus primeras letras fueron de contenido vulgar y chabacano. Los grandes poetas con sus letras que evocan el amor frustrado y el arrabal que fue, entrarían en escena en la segunda década del siglo XX, a partir de “Mi noche Triste” de Pascual Contursi, tema que describe los sentimientos de un hombre abandonado por su mujer, grabado por Gardel en 1917 y que dio origen a lo que más tarde se denominó “tango– canción”.

La chacarera

La chacarera es una danza alegre y pícara. Su origen no es preciso, pero se le adjudica como cuna de nacimiento la Provincia de Santiago del Estero, desde donde se difundió a lo largo del país. Es de ritmo vivo, alegre, apicarado por su galante juego pantomímico. Se baila en parejas sueltas y el zapateo es constante. Hay de ella una variante, llamada chacarera doble.

La cueca

Hermana de la zamba, de su homónima chilena, de la marinera peruana y de otras danzas similares, hijas todas de la zamacueca del Alto Perú (o de ella derivadas), la cueca es una de los bailes que más arraigo tuvo en Argentina, en cuyas regiones cuyana y norteña aún conserva vigencia. Ingresó a nuestro país por dos vías: primeramente por la Provincia de Mendoza, desde donde se difundió al resto del país y derivó en la cueca argentina o cuequita (para distinguirla de la chilena).

La huella

Consiste en una danza de galanteo, pícara, de pareja suelta e independiente. Hay registros fidedignos de ella en la campaña bonaerense desde el año 1900, aunque se la bailó en diferentes regiones de nuestro país.

La zamba

Es la danza amatoria por excelencia. El hombre festeja a la mujer con ternura y ella acepta, aunque lo esquiva coquetamente. Luego de enamorarla, llega el triunfo del varón, quien la corona poniéndole el pañuelo, como abrazándola. Nos viene de la zamacueca (Lima–Perú) y de la cueca chilena. Tomó su nombre de la antigua danza peruana homónima, no así su coreografía. Al acriollarse incorporó el pañuelo – como una extensión de la mano – que juega un rol importante, ya que a través de él los bailarines expresan estados de ánimo, sugerencias y deseos. Su baile en pareja suelta e independiente se popularizó en casi todo el país.

Chamamé

El chamamé es un género bailable de música folclórica argentina, correspondiente a la música litoraleña. Es escuchado sobre todo, en la provincia de Corrientes, Norte de la Provincia de Entre Ríos, Centro-Este de Formosa, Noreste de Santa Fé, Este de la Provincia de Chaco y en toda la provincia de Misiones, región denominada Litoral argentino. La palabra chamamé proviene de la frase en idioma guaraní “ñe’ẽ mbo’e jeroky”, que quiere decir “cantos danzas”.

Fuente: Diarioelnorte – Taringa

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