Pocho Lavezzi

Vino por el Mundial Ezequiel Lavezzi, su primer Mundial. Pero no sabía que hay una legión de aficionados que no se fijan demasiado en lo que hace con los pies, ni cómo impulsa la pelota, sino que le clavaron la mirada a otra parte de su anatomía: el torso. La admiración surgió cuando se calzó la celeste y blanca para ingresar por el Kun Agüero el miércoles último. Y ahora lo quieren desnudo, para disfrutar de sus tatuajes, de esa musculatura que explota y atrapa a las mujeres. El Pocho es el que tiene la mayor hinchada femenina de la Selección. Y son tantas las fanáticas y por qué no fanáticos, que llevaron la movida a una página de Facebook iniciada por un grupo de chicas de Wilde que ya tiene doscientos mil seguidores y va en ascenso vertiginosamente con un pedido, casi una súplica: “Movimiento para que Lavezzi juegue sin camiseta” .

Habrá que alertar que el esfuerzo será en vano. Está prohibido por la FIFA que un jugador juegue sin camiseta, por más atractivo que sea y por más que ese detalle levante el rating televisivo.

El espectáculo viene en un combo cerrado, con partido de fútbol incluido y, por ahora, no se pueden extirpar los componentes para exhibirlos por separado. Tendrán que conformarse con verlo con la camiseta puesta y el agregado de algunos goles de Lionel Messi, quites de Javier Mascherano y corridas de Angel Di María.

Que el Mundial despierta una atracción que va más allá de lo futbolero en las damas no es nuevo. En el Mundial 78 “morían” por la carita aniñada y los rulos de Alberto Tarantini. Y fueron satisfechas. Con que lo enfocase las cámaras cada tanto era suficiente. Ellas querían que la pelota rondase el sector izquierdo de la defensa argentina y ellos, que metiera un puntinazo para sacar el peligro y que la tuviera siempre arriba Mario Kempes.

Lavezzi, que tiene el número 22 en la camiseta ( El Loco en la jerga), tiene un millón cien mil seguidores en Twitter. Y es uno de los jugadores más activos subiendo fotos y mostrando la intimidad de la Selección en Cidade do Galo. Es decir, las redes sociales le son familiares.

¿Qué dirá su novia, la modelo Yanina Screpante sobre lo que despierta su pareja? La relación está consolidada. Llevan cuatro años viviendo juntos en Europa. Primero en Nápoles, donde el Pocho jugó cinco años para el Napoli y ahora en París, actuando para el Paris Saint Germain.

Nada puede hacer ante la legión de admiradoras, sabe que ella lo tiene más cerca que ninguna. En estos tiempos de competencia y concentración no se ven con tanta asiduidad. En esos escasos días libres que tienen se encuentran en una casa que el Pocho alquiló para su familia y también tienen reservada la habitación de un hotel cinco estrellas por si es necesario.

Screpante le encuentra aún más atractivos a Lavezzi: “A mí me ganó con el humor”, afirmó. Tal vez esa sea la llave de la personalidad del Pocho . Es un bromista empedernido. A veces se le va la mano y asoma alguna broma pesada en el grupo. Nunca pasa inadvertido en la concentración. Y uno que le sigue la corriente es, precisamente, Lionel Messi, con quien se conoce del Juvenil que jugó el Sudamericano de Colombia en 2005, donde compartían la habitación.

La última travesura del Pocho fue antes de entrar ante Nigeria en reemplazo de Agüero. Sabella, siempre circunspecto, le daba instrucciones al borde de la línea de cal y él, de golpe, apretó la botellita de plástico de donde saltó un chorro de agua que mojó al entrenador.

Yanina le preguntó al Pocho si el técnico se había enojado y él le respondió: “No, se moría de risa. Es que lo vi demasiado nervioso y descomprimí un poquito”.

Todavía hay ecos de otra de sus travesuras. El año pasado cuando la Selección visitó al Papa en el Vaticano, aprovechó un descuido para sentarse en el sillón del mismísimo Francisco. Nadie consultó si esa violación del protocolo le cayó mal al Papa. Se presume que todo lo contrario, si el Pocho le dio una alegría al salir campeón con San Lorenzo.

Nació hace 29 años en Villa Gobernador Gálvez, Santa Fe, se probó sin suerte en Boca, volvió decepcionado a Rosario y estaba dispuesto a convertirse en electricista junto a su hermano Diego cuando regresó a la Capital para jugar su última chance en el fútbol. Se hizo profesional en Estudiantes de Buenos Aires, en la B Metropolitana. Sus goles llamaron la atención del Genoa de Italia que lo compró y se lo cedió a San Lorenzo. Después, llegaron los cinco exitosos años en el Napoli, donde ganó la Copa de Italia. Vivía a doscientos metros de la casa que habitó Maradona en tiempos de gloria. Supo también de la idolatría napolitana a tal punto que no podía salir a la calle.

Se lo llevó el Paris Saint Germain en 2012 y allí terminó esta temporada como campeón.

En la Selección ganó la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de 2008 con Sergio Batista como técnico. Maradona no lo llevó a Sudáfrica y ahora vislumbra que puede ocupar el puesto vacante que dejó el Kun Agüero.

La peleó siempre el Pocho Lavezzi. Tapó las carencias con humor y mostró el torso con sus infinitos tatuajes (flores, máscaras, la virgen de Lourdes, Jesucristo, un revólver en la cintura, Doris, el nombre de mamá, entre otros) así abrió una nueva ventana de su vida. Se convirtió en el jugador hot de la Selección. En el elegido de todos. Eso también tiene su premio.

 

Fuente: Clarín

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