¿Cansado de discursos vacíos, de palabras huecas?

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Hay personas que hablan mucho y no dicen demasiado. Pueden estar una hora seguida hablando. Dicen muchas cosas. Dejan el alma vacía. Las palabras pueden ser palabras huecas, sin luz, sin vida, sin esperanza. Son palabras que no germinan en el alma. Hay muchos charlatanes.

Tal vez nosotros mismos podemos convertirnos en habladores vacíos. Decimos palabras, no comunicamos vida alguna. El corazón está vacío.
Hay personas que hablan poco. A veces queremos que hablen porque lo que dicen tiene mucha luz. Son personas calladas, calmadas, que no necesitan hablar mucho. Pero, cuando lo hacen, el desierto florece con su voz. Es un misterio. Es un don que tienen.
Jesús habla a las personas de lo que ven, de lo que viven. Sus palabras no están huecas, dan vida, hacen florecer su desierto.
A veces nosotros, cuando nos acercamos a los otros, llegamos con nuestro discurso, con respuestas a nuestras preguntas. Llegamos incluso con nuestras palabras sobre Dios, imponiendo nuestra forma y estilo. Respondemos a preguntas que otros no se hacen. Obviamos las preguntas que el mundo se hace.

Jesús nos enseña que lo primero es tomar al otro tal cual es, tomar sus intereses, acercarnos a lo cotidiano del otro, lo que le importa, lo que le mueve, a su vida.

Y desde ahí, desde lo más propio, entonces decirle que hay una nueva forma de vivir, una forma más profunda, más plena, con Dios. Dios llena de sentido lo cotidiano. Ahí, escondido en lo diario, en lo humano, en lo sencillo, Él sale a mi encuentro.

A menudo Jesús habla a la gente de lo que ven en ese mismo momento, de lo que viven y que, seguramente, es el motivo de sus conversaciones y preocupaciones, de sus discusiones y celebraciones, de sus alegrías. Por ejemplo, las cosechas. La siembra. Todos saben de qué habla. Eso son las parábolas. Es un lenguaje de profundo respeto a lo cotidiano del otro.

Nosotros a veces avasallamos con teorías y nos alejamos de la vida del hombre. No somos delicados con sus sentimientos como Jesús.

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