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“Lo vi en Internet”… esta frase la escuché y la leí repetidas veces sobre asuntos absurdos, falsos o torcidos. Increíble, pero para mucha gente la Red era (o es aún) más que la Biblia: lo allí publicado es forzosamente cierto, correcto. Un chisme, una difamación o hasta un engaño científico (un “bulo”) serían auténticos sólo por aparecer en la Internet. Parece divertido, pero es preocupante.

Esto viene al caso por el escándalo de falsos dichos atribuidos al Papa Francisco, igual que otras noticias aplicables en todo el mundo, a personajes o gente cercana a nosotros los internautas. Vale la pena reflexionar este fenómeno.

Así por ejemplo, la manipulación política en la Red, junto a lo aparecido en otros medios de comunicación, impresos o electrónicos, o hasta en la plática de café, hace que muchas personas, por simpatía y antipatía políticas, tomen como ciertas, sin discutirlas, declaraciones de sus personajes favoritos o de sus adversarios.

En la Red se crean y destruyen honras de personas e instituciones, muchas veces por autores escondidos tras el velo del anonimato. Se adjudican hechos y dichos muchas veces falsos, sobre todo en materias política y religiosa. Y para demasiada gente, por impulsos subconscientes o conscientes, tales dichos y hechos tienen que ser verdad, y se replican con gusto a quien se pueda llegar.

Un caso muy interesante fue el libro “El código Da Vinci”, una novela hecha sin duda de mala fe, con mentiras descaradas, que fue tomada por muchos lectores ingenuos o buscadores de ataques a instituciones como la iglesia católica, como auténticas verdades históricas, siendo sólo producto de la mente del autor.

Ahora se han centrado en un hábito enfermizo o la pasiva ingenuidad del lector que no analiza, de creer todo lo que aparece en su pantalla de la computadora en las redes sociales. Leen algo en la más famosa, facebook, y se lo tragan enterito ¡es cierto! se dicen (…es que… tiene que ser verdad, por eso lo ponen…).

Hay quienes publican en la Red, especialmente en facebook, mentiras, tonterías y falsedades científicas, religiosas o políticas, por mala fe o para divertirse a costillas de los ingenuos traga-todo, aunque no puedan ver el resultado de sus obras, lo imaginan y se divierten por adelantado.

Es importante ponerse en guardia contra esos escritos digitales que implican asuntos cuyos textos son dudosos, extraños. Cuando aparece algo diciendo cosas que no tienen sentido o son abiertamente contrarias a lo que se sabe sobre ello, hay que ponerlo en duda y buscar alguna verificación.

¿Cómo se verifica? Lo más sencillo es buscar información al respecto en los llamados motores de búsqueda, como Google o Bing. Buscar también sus versiones en los sitios o portales de quienes son atacados política, científica o religiosamente y en los medios de comunicación veraces, de gran prestigio.

Un caso demasiado común es de los niños desaparecidos, en los que se pide con urgencia y por piedad que se comparta alguna foto o mensaje para localizarlos (“¿y si fuera tu hijo”? ponen en chantaje emocional). La mayoría son falsos, pero se aceptan sin chistar y se replican.

No, la Internet no es la Biblia ni algo parecido, lo que allí aparece es lo que alguien subió, con o sin criterio, de buena o mala fe, a sabiendas o por ignorancia; como se ha dicho hace ya tiempo: “garbage in-garbage out”: entra basura-sale basura.

Un notorio caso es el del director fundador del diario italiano La Repubblica, Eugenio Scalfari, que tras entrevistar al Papa Francisco, sin grabadora ni libreta de notas (que siempre tiene a mano un buen periodista, no sólo su memoria), publicó cosas que el Papa nunca dijo; las inventó este falsario periodista. Pero no acabó allí la cosa, después volvió a la carga publicando que él había “interpretado” que el mismo Francisco decía cosas que tampoco había dicho, pero que eran un festín de lectura para los enemigos o críticos de mala fe del Papa y su Iglesia.

Tras su primera publicación en falso, el vocero vaticano, el Padre Lombardi, lo desmintió y aún así hizo otra publicación falsa, con el Padre Lombardi desmintiéndolo de nuevo. Eugenio Scalfari alegó en su “defensa” que él era un periodista “al viejo estilo”, pero uno así no se presentaba ni ponía a escribir sin sus notas tomadas in situ o la grabación de la entrevista, la memoria no bastaba.

Lo grave: muchos repiten lo dicho por Scalfari como auténtico, sin cuestionarlo. Ni siquiera saben el origen de la mentira, pero la repiten como verdad indudable.

Llegó Scalfari al extremo del ridículo de escribir que el Papa Francisco había canonizado a San Ignacio de Loyola, santo desde 1622… (!!!).

Mucho, pero mucho cuidado se debe tener cuando se ven publicadas noticias y supuestas declaraciones que suenan absurdas o escandalosas, que deben ponerse en duda antes de tragárselas enteritas y divulgarlas como verdades bíblicas. Verificarlas, ¡es tan fácil! Y luego aceptarlas o rechazarlas.

Si una noticia dice que el Papa dijo que ya no hay pecado, o que la Virgen de Guadalupe es una fábula, suena tan absurdo, que no puede ser verdad, como no lo es. Periodistas como ahora lo es Scalfari, son una vergüenza para el periodismo auténtico y responsable. No podemos hacerles caso, merecen desmentidos.

La Ley italiana de libertad de prensa, en su artículo segundo, señala la obligación de “respetar la verdad de los hechos con lealtad y buena fe”. Hay muchas leyes y códigos de ética de la prensa que exigen el apego a la verdad, pero a los irresponsables eso les tiene sin cuidado. ¡No hay que sumarse a esa inconsciencia irresponsable, replicando o compartiendo injurias y mentiras!

No podemos ser ingenuos o manipulables, tenemos inteligencia, conciencia y cultura para que se nos engañe fácilmente si estamos en guardia; hay que aplicar a la información de la vida diaria el principio de la “duda metódica”. Así no nos sumaremos a la lista o secuela de los engañados en la red, especialmente en el facebook, ni tampoco consecuentes difamadores al repetir falsedades.

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