madurez

El ser humano lleva en su interior la aspiración a la plenitud, a la perfección, a la madurez. Una persona madura es aquella intenta llevar a su plenitud todas las dimensiones propias de la persona. Crecer armoniosamente en todas las virtudes es el camino de la madurez.

A la persona madura le corresponde una coherencia entre su pensar y su actuar, la veracidad visible que permite que los demás le comprendan, entiendan su forma de proceder, su integridad.

En esa relación constante con  los demás, sabe situarse en el plano de igualdad, superioridad o inferioridad que corresponde en cada caso, de forma adecuada.

La madurez fisiológica supone un desarrollo orgánico normal que es compatible con la enfermedad.

La madurez psicológica se mide por la capacidad de conducirse racionalmente, dominar las funciones intelectuales: capacidad de atención, dominio de la imaginación, hábitos de razonamiento.

Madurez afectiva: controlar la afectividad, capacidad de moderar los placeres y soportar los dolores, integración de la sexualidad, estabilidad de ánimo, tomar decisiones ponderadas, juzgar rectamente los acontecimientos y las personas, confiar en uno mismo.

La madurez espiritual permite que la persona posea unas directrices generales, asumidas conscientemente, que organizan su vida. Supone tener suficiente cultura sobre el mundo y la sociedad; poseer valores, convicciones y criterios morales verdaderos; haber establecido relaciones humanas satisfactorias; y tener unos objetivos personales, una vocación, una idea de lo que se quiere en la vida, con la consiguiente responsabilidad para asumir las consecuencias de las propias decisiones.

Todas las virtudes están implicadas en la madurez de la persona. Podríamos decir que alguien tiene una personalidad madura cuando posee todas las virtudes. Para un cristiano, su fisonomía espiritual, sin dejar de ser propia, se identifica con la de Cristo. Sin embargo, la virtud de la fortaleza juega un papel de primer orden para la madurez, porque  es la virtud que lleva a resistir el sufrimiento por el bien, y a atacar con decisión los obstáculos que se oponen a la consecución del bien.

Se suele decir que nada hace madurar tanto como el dolor. Es cierto, sin olvidar que el dolor no se acepta en sí mismo, sino por el bien que facilita. No es el dolor en sí mismo lo que busca el valiente, sino el bien, a pesar del sufrimiento que sea preciso soportar para alcanzarlo.

El empeño por adquirir la fortaleza es también lucha por la madurez. Quien posee la virtud de la fortaleza mantiene habitualmente un ánimo estable ante las contrariedades y los sufrimientos físicos o morales.

Quien se enfrenta a los obstáculos y a las dificultades no por ambición u orgullo, sino por el bien, teniendo en cuenta sus propias fuerzas y juzgando adecuadamente la magnitud del obstáculo. La virtud de la fortaleza, al darnos un ánimo estable, nos permite mantenernos serenos para tomar las decisiones más oportunas y prudentes. Nos hace más libres no sólo con respecto a nuestras pasiones y sentimientos, sino también ante la influencia del ambiente que trata de convencernos de que  el bien no vale la pena, y mucho menos emplear nuestras energías para alcanzarlo.

El dolor y el sufrimiento físico o moral, cuando se recibe como venido de la mano de Dios y se lleva por amor a Él, transforma positivamente nuestra personalidad: nos hace más comprensivos con los demás, nos ayuda a valorar las cosas objetivamente, lima las asperezas de nuestro carácter.

Hace años, una persona de edad, nos decía a un grupo de jóvenes: ¨no os preocupéis, es imposible que seáis maduros, porque no habéis vivido suficientes años para experimentar vuestra propia debilidad, ni la ajena, no podéis ser humildes,  por eso sois todavía inmaduros¨.

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