11 de Febrero de 2013: A dos años de un gesto revolucionario

Benedicto XVI

Os he convocado para comunicaros una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia. Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino que por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también sufriendo y rezando. Por esto declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma“.

Con estas sencillas pero profundas e inéditas palabras, se abría uno de los capítulos más vertiginosos de la historia contemporánea: el anuncio de Benedicto XVI hecho en un consistorio de rutina y en latín, para el que hubo que remontarse siglos en busca de un precedente -el último fue Gregorio XII en 1415-, superó la realidad. El Papa presentaba su renuncia. 

En un mundo “sujeto a rápidas transformaciones” y “sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio” es necesario también el “vigor tanto del cuerpo como del espíritu”, parecía disculparse Benedicto XVI ante un atónito auditorio que escuchaba al vicario de Cristo: reconocer su incapacidad para ejercer adecuadamente la misión que le fuera encomendada el 20 de abril de 2005. Un gesto de grandeza y humildad pocas veces visto, especialmente en quienes ocupan espacios de poder. 

Rotulado desde el primer momento de ser un ultra-conservador, “lo que Benedicto XVI hizo al anunciar su renuncia es en realidad un gesto revolucionario, un cambio en 600 años de historia” declaraba el entonces arzobispo de Buenos Aires Jorge Bergoglio, uno de los cardenales con mayor estima personal hacia la figura del papa saliente. Fiel a los principios doctrinales y enseñanzas, Benedicto buscó permanentemente la unidad de los cristianos por el bien de la iglesia. 

Seguramente en el imaginario popular el balance del pontificado del papa emérito no sea positivo. Los escándalos en el seno de la curia vaticana -con el Vatileaks como su punto cúlmine- y la falta de fuerza en la toma de ciertas decisiones en el gobierno de la iglesia serán los puntos que queden en la historia. ¿Debería haber gobernado con mayor firmeza la barca de Pedro? ¿Pudo haber hecho más? Sólo Dios sabe. 

Sólo sabemos que aquel lunes 11 de febrero de 2013 Benedicto XVI abrió las puertas que le permitieron a Francisco llegar a la silla de Pedro para continuar con el legado de su predecesor y la necesaria reforma de la Iglesia.

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