“Que el testimonio de los nuevos santos nos estimule a perseverar en el camino del servicio alegre a los hermanos”, son palabras del Papa Francisco durante la homilía en la Misa por las canonizaciones de los santos María de la Purísima, Vicente Grossi y Luis Martin y María Celia Guérin.

Reflexionando sobre las lecturas bíblicas de hoy, el Obispo de Roma habló ante miles de peregrinos, llegados de diferentes países a la Plaza de San Pedro, sobre la importancia de seguir a Jesús a través “de la humildad y de la cruz”. Basándose en la figura del Siervo de Yahvéh y en su presencia humilde y silenciosa con la que cumple el plan de Dios, recordó que Jesús es el Siervo del Señor, “El kerigma, corazón del Evangelio, anuncia que las profecías del Siervo del Señor se han cumplido con su muerte y resurrección”, dijo.

Con sus palabras, el Santo Padre hizo reflexionar sobre la tentación mundana de querer sobresalir y mandar sobre los demás. Y lo hizo partiendo de la escena que narra San Marcos cuando Jesús está con los discípulos Santiago y Juan en una situación en la que se vive la ambición y reclaman puestos de honor. “Frente a los que luchan por alcanzar el poder y el éxito, los discípulos están llamados a hacer lo contrario”. Así, el Papa Francisco recuerda que con su pasión y muerte, Jesús alcanza la mayor grandeza con el servicio. Y esta lección la llevó Francisco a nuestros días, explicando las incompatibilidades entre las ambiciones, el carrerismo y el seguimiento de Cristo.

Finalmente el Papa explicó que todos los bautizados somos “canales” del amor de Cristo, y recordó que los nuevos santos “sirvieron siempre a los hermanos con humildad y caridad, imitando al Señor”. Destacó las preocupaciones de San Vicente Grossi por las necesidades de su gente, la humildad ante la asistencia de los demás de la santa española María de la Purísima y el servicio cristiano en la familia de los esposos Luis Martin y María Celia Guérin, padres de santa Teresa del Niño Jesús.

(MZ-RV)

Texto completo de la homilía del Papa:

Las lecturas bíblicas de hoy nos hablan del servicio y nos llaman a seguir a Jesús a través de la vía de la humildad y de la cruz.

El profeta Isaías describe la figura del Siervo de Yahveh (53,10-11) y su misión de salvación. Se trata de un personaje que no ostenta una genealogía ilustre, es despreciado, evitado de todos, acostumbrado al sufrimiento. Uno del que no se conocen empresas grandiosas, ni célebres discursos, pero que cumple el plan de Dios con su presencia humilde y silenciosa y con su propio sufrimiento. Su misión, en efecto, se realiza con el sufrimiento, que le ayuda a comprender a los que sufren, a llevar el peso de las culpas de los demás y a expiarlas. La marginación y el sufrimiento del Siervo del Señor hasta la muerte, es tan fecundo que llega a rescatar y salvar a las muchedumbres.

Jesús es el Siervo del Señor: su vida y su muerte, bajo la forma total del servicio (cf. Flp 2,7), son la fuente de nuestra salvación y de la reconciliación de la humanidad con Dios. El kerigma, corazón del Evangelio, anuncia que las profecías del Siervo del Señor se han cumplido con su muerte y resurrección. La narración de san Marcos describe la escena de Jesús con los discípulos Santiago y Juan, los cuales –sostenidos por su madre– querían sentarse a su derecha y a su izquierda en el reino de Dios (cf. Mc 10,37), reclamando puestos de honor, según su visión jerárquica del reino. El planteamiento con el que se mueven estaba todavía contaminado por sueños de realización terrena. Jesús entonces produce una primera «convulsión» en esas convicciones de los discípulos haciendo referencia a su camino en esta tierra: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis … pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado» (vv. 39-40). Con la imagen del cáliz, les da la posibilidad de asociarse completamente a su destino de sufrimiento, pero sin garantizarles los puestos de honor que ambicionaban. Su respuesta es una invitación a seguirlo por la vía del amor y el servicio, rechazando la tentación mundana de querer sobresalir y mandar sobre los demás.

Frente a los que luchan por alcanzar el poder y el éxito, los discípulos están llamados a hacer lo contrario. Por eso les advierte: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (vv. 42-43). Con estas palabras señala que en la comunidad cristiana el modelo de autoridad es el servicio. El que sirve a los demás y vive sin honores ejerce la verdadera autoridad en la Iglesia. Jesús nos invita a cambiar de mentalidad y a pasar del afán del poder al gozo de desaparecer y servir; a erradicar el instinto de dominio sobre los demás y vivir la virtud de la humildad.

Y después de haber presentado un ejemplo de lo que hay que evitar, se ofrece a sí mismo como ideal de referencia. En la actitud del Maestro la comunidad encuentra la motivación para una nueva concepción de la vida: «Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (v. 45).

En la tradición bíblica, el Hijo del hombre es el que recibe de Dios «poder, honor y reino» (Dn 7,14). Jesús da un nuevo sentido a esta imagen y señala que él tiene el poder en cuanto siervo, el honor en cuanto que se abaja, la autoridad real en cuanto que está disponible al don total de la vida. En efecto, con su pasión y muerte él conquista el último puesto, alcanza su mayor grandeza con el servicio, y la entrega como don a su Iglesia.

Hay una incompatibilidad entre el modo de concebir el poder según los criterios mundanos y el servicio humilde que debería caracterizar a la autoridad según la enseñanza y el ejemplo de Jesús. Incompatibilidad entre las ambiciones, el carrerismo y el seguimiento de Cristo; incompatibilidad entre los honores, el éxito, la fama, los triunfos terrenos y la lógica de Cristo crucificado. En cambio, sí que hay compatibilidad entre Jesús «acostumbrado a sufrir» y nuestro sufrimiento. Nos lo recuerda la Carta a los Hebreos, que presenta a Cristo como el sumo sacerdote que comparte totalmente nuestra condición humana, menos el pecado: «No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado» (4,15). Jesús realiza esencialmente un sacerdocio de misericordia y de compasión. Ha experimentado directamente nuestras dificultades, conoce desde dentro nuestra condición humana; el no tener pecado no le impide entender a los pecadores. Su gloria no está en la ambición o la sed de dominio, sino en el amor a los hombres, en asumir y compartir su debilidad y ofrecerles la gracia que restaura, en acompañar con ternura infinita su atormentado camino.

Cada uno de nosotros, en cuanto bautizado, participa del sacerdocio de Cristo; los fieles laicos del sacerdocio común, los sacerdotes del sacerdocio ministerial. Así, todos podemos recibir la caridad que brota de su Corazón abierto, tanto por nosotros como por los demás: somos «canales» de su amor, de su compasión, especialmente con los que sufren, los que están angustiados, los que han perdido la esperanza o están solos.

Los santos proclamados hoy sirvieron siempre a los hermanos con humildad y caridad extraordinaria, imitando así al divino Maestro. San Vicente Grossi fue un párroco celoso, preocupado por las necesidades de su gente, especialmente por la fragilidad de los jóvenes. Distribuyó a todos con ardor el pan de la Palabra y fue buen samaritano para los más necesitados.

Santa María de la Purísima vivió personalmente con gran humildad el servicio a los últimos, con una dedicación particular hacia los hijos de los pobres y enfermos.

Los santos esposos Luis Martin y María Azelia Guérin vivieron el servicio cristiano en la familia, construyendo cada día un ambiente lleno de fe y de amor; y en este clima brotaron las vocaciones de las hijas, entre ellas santa Teresa del Niño Jesús.

El testimonio luminoso de estos nuevos santos nos estimulan a perseverar en el camino del servicio alegre a los hermanos, confiando en la ayuda de Dios y en la protección materna de María. Ahora, desde el cielo, velan sobre nosotros y nos sostienen con su poderosa intercesión.

El servicio por los demás y la humildad, en el centro de la homilía del Papa por las canonizaciones

En la Santa Misa celebrada en la Plaza de san Pedro el Papa proclamó cuatro nuevos santos: se trata de San Luis Martin y Santa María Celia Guérin, padres de Santa Teresita del Niño Jesús, de San Vicente Grossi, fundador del Instituto de las Hijas del Oratorio, y de Santa María de la Purísima, superiora de las Hermanas de la Compañía de la Cruz, quienes serán devotamente honrados en toda la Iglesia a partir de este domingo. “El testimonio luminoso de estos nuevos santos – dijo el Obispo de Roma en su homilía – nos estimulan a perseverar en el camino del servicio alegre a los hermanos, confiando en la ayuda de Dios y en la protección materna de María. Ahora, desde el cielo, velan sobre nosotros y nos sostienen con su poderosa intercesión”.

Fórmula de Canonización:

San Vicente Grossi, de la Diócesis de Cremona, Italia, fue un ferviente pastor de almas durante todos los años de su sacerdocio. Nació en 1845 y en 1869 fue ordenado presbítero. Ejerció el sagrado ministerio en diversas parroquias, primero como vice párroco y luego como párroco, distinguiéndose por la fidelidad al sacerdocio y al Papa, por la caridad hacia los pobres y por el compromiso en la evangelización y en la catequesis. Sensible a la formación cristiana de los jóvenes del campo, fundó la Congregación de las Hijas del Oratorio. Murió pobre en 1917 y fue beatificado el 1º de noviembre de 1975.

Santa María de la Purísima, entonces María Isabel Salvat Romero, brilló por la coherencia y la generosidad en la vida consagrada. Nació en Madrid en 1926. Entre muchas tribulaciones pasó a través de la guerra civil que ensangrentó España en el siglo pasado. Ferviente en su amor hacia los pobres entró en el Instituto de las Hermanas de la Compañía de la Cruz, fundado en Sevilla por Santa Teresa de la Cruz para la asistencia a domicilio de los enfermos y de las familias más necesitadas. Fue Superiora General de su Congregación desde 1977 hasta su muerte en 1998. Derramó alegría y humildad, gran caridad por sus hermanas y serena conformidad a la voluntad de Dios. Fue elevada al honor de los altares el 18 de setiembre de 2010.

San Luis Martin y Santa María Celia Guérin honraron con su vida el matrimonio y la familia cristiana, como cónyuges y padres ejemplares. Luis nació en Bordeaux en 1823 y se dedicó al comercio como propietario de un negocio de orfebrería y relojería. En 1858 contrajo matrimonio con María Celia Guérin, nacida en Alenzón en 1831, quien dirigía una pequeña empresa de encajes. Su familia fue verdaderamente una pequeña iglesia en la que reinaba una fe alegre y profunda y una caridad delicada y premurosa. Juntos recorrieron el camino de la santidad conyugal. De su unión nacieron nueve hijos, pero sobrevivieron sólo cinco, cuatro de ellos, entre los cuales Santa Teresa del Niño Jesús, entraron en el Carmelo de Lisieux y la quinta fue religiosa Visitandina en Caen. En su vocación religiosa fue decisivo el ejemplo cotidiano de los padres. María Celia, enferma de cáncer, murió en 1877  a los cuarenta y cinco años de edad. Su esposo transcurrió el último período de su vida en la oración y entre muchas enfermedades. Se durmió en el Señor en 1894 a los setenta y un años de edad. Luis y María Celia fueron beatificados juntos el 19 de octubre de 2008.

(GM – RV)

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