Nacho Arce: “Sentarse a estudiar vale la pena”

Ignacio Manuel Arce, Nacho, tiene 21 años. Delgado, de complexión mediana, es un jovencito más de los que cada tarde de verano se dan cita en la plaza de Tinogasta para sentarse en algún banco a conversar con amigos. Es uno más dentro del grupo, que no desentona, que se integra, que (casi) pasa inadvertido. Sin embargo, Nacho se destaca por algo. Y se destaca de manera tan neta que casi me vi obligado a entrevistarlo para saber más acerca de él y para proponer su caso como una especie de referencia que, seguro, dará que hablar y pensar a los lectores de El Espejo.

Nacho, en la prestigiosa Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba, una Facultad que tiene más de doscientos años de historia y de la que egresaron cuatro presidentes de la República, está logrando una verdadera hazaña. En sus estudios de Abogacía, después de haber rendido el Ingreso y 29 Asignaturas (de primero a cuarto año completos) exhibe el asombroso promedio general de 10 (diez). Al parecer no se registran antecedentes de un éxito académico de esta magnitud.

¿Cómo fue que este tinogasteño logró un resultado tan rotundo? ¿Cómo hizo para obtener notas excepcionales? ¿Cómo es su familia? ¿Cómo es su estilo de vida? ¿Cuál es la fórmula que le permitió obtener tamaños logros? Y también, ¿qué lección pueden aprender otros jóvenes como él y los padres que tanto esfuerzo hacen enviando un hijo a estudiar a la Universidad? De eso trata esta nota.

La vida cotidiana

Para comenzar digamos que Nacho disfruta de tres meses completos de vacaciones. Todo el verano, de punta a punta. Y además, por lo menos una quincena en el mes de julio de cada año. Eso por la simple razón de que aprueba todas sus materias en los tiempos lectivos regulares. No dejó nunca ni una sola siquiera pendiente. Aprueba todo y se viene desde Córdoba, distendido, a disfrutar de la vida.

Me cuenta que cuando vuelve a Tinogasta, a su casa en calle Perón, se levanta tarde, almuerza en familia (con su madre Sara (que es médica de profesión) y su padre Salomón (bioquímico) y sus hermanos Maxi (el mellizo) y Gerardo), que concurre a la Pileta de natación, que sale al boliche con sus amigos y amigas, que come asado y milanesas (sus platos favoritos), que ve Tele pero poca: algún partido de fútbol y Locos por Pi el programa de Paenza. También dice ser un regular lector, iniciado con la saga completa de Harry Potter, y que ahora prefiere más bien libros de ciencia ficción.

Recuerda con afecto a sus compañeros de primaria y secundaria. Fue siempre alumno de la Escuela Normal, salvo el Jardín cursado en el Jesús Niño de la Municipalidad. Tuvo en la entera trayectoria escolar buenas notas, un buen desempeño general y una responsabilidad destacable. En el último año de la secundaria llegó a ser abanderado.

El inicio de una vocación

De esa época destaca la buena relación con los compañeros y la tarea de algunos profesores que lo motivaron exigiéndole esfuerzo y dedicación. Entre ellos recuerda con particular afecto a Raúl “el Chivo” Nieva, profe de Matemáticas, con el que desarrolló el amor al estudio. Nunca me gustaron los profesores facilistas, dice convencido. Prefiero a los que te hacen estudiar. Sentarse a estudiar vale la pena, dice Nacho.

Un año antes de terminar el secundario encontró a alguien especial, que se convertiría en su consejero personal o mentor: su tío, el abogado Ramón Arce. Nacho cuenta que dudaba entre seguir Medicina y Abogacía. Aunque al fin comenzó a concurrir tres veces por semana a casa de Ramón. Con él pasó mucho tiempo hablando y estudiando. Al Manual de ingreso, por ejemplo, dice Nacho, lo vimos dos veces completas. Además me explicó mucho Derecho Romano, dado que Ramón es un gran conocedor del tema. Como resultado me quedaron firmes dos ideas: estudiaría Derecho y, además, lo haría convencido de que un alumno universitario debe sentarse a estudiar todo el tiempo que haga falta. Cuando se estudia se estudia, y no hay vueltas ni excusas.

El método de Nacho

Y así lo tenemos a Nacho en Córdoba, como alumno inscripto en el curso de Ingreso a Abogacía. De entrada nomás arranqué con 10, dice, sin proponérmelo. Tenía de entrada algo claro: no dejaba tema sin leer. Leía toda la materia, tratando de completar la información. Con el tiempo, viendo que las notas acompañaban fui desarrollando una especie de método que aplico de manera intuitiva todas las veces que un examen Parcial o Final se aproxima.

Estudio solo, para seguir mi propio ritmo, en mis propios lugares y horarios. Me gusta aislarme en mi pieza. Cuando comienzo a estudiar estudio parejo 10, 11 o 12 horas diarias sin distinguir días hábiles o fines de semana. Dejo de atender el teléfono, me concentro en el mayor silencio posible. Como más bien poco, así que bajo de peso. En esos días de esfuerzo no salgo a ningún lado. En todo caso, cuando hago una pausa para relajarme, voy y riego el jardín o hablo con mis hermanos de cualquier cosa. Un rato nomás, luego vuelvo a concentrarme.

La pieza que uso para estudiar es también mi dormitorio, pero mientras estudio prefiero dormir en otro lado, porque la voy llenando de papeles, apuntes, croquis y otros materiales. Siempre estudio del libro del profesor, aunque sea fotocopiado. Utilizo también mis propios apuntes de clase, dice Nacho, porque en ellos encuentro destacados ciertos temas a los que el docente de la Materia presta mayor atención. Eso es muy importante: no todos los profesores son iguales, hay que conocerlos y saber qué les interesa.

Comienzo leyendo todo el material en voz baja. Luego resalto unidad por unidad las ideas principales. En algunos casos hago un resumen. En Derecho hay nociones o artículos que se tienen que memorizar. Yo primero entiendo y luego memorizo, nunca hago el intento de recordar algo que no tengo bien comprendido. Cuando estoy redondeando la Materia me gusta caminar repasando y explicando en voz alta los puntos centrales. El escritorio que tengo, la mesa de luz, la cama, todo se va cubriendo de papeles.

Por mi particular forma de ser, sigue diciendo, creo que rindo al máximo cuando tengo que estudiar mucho en poco tiempo. Hay veces en que me parece que el tiempo no me va a alcanzar para ver todo: ahí hago un esfuerzo extra para llegar a leer y entender todo. En esa situación de presión parece que doy el cien por ciento de mí mismo.

La manera de estudiar es algo que se construye y se mejora de a poco. Y no digo que mi forma de trabajar sea la única. Cada uno tiene su camino. Yo con esta forma que encontré me siento bien, satisfecho. Y los resultados parece que me dan la razón, aunque el tema de sacarme siempre 10 en todos los exámenes no es algo que me quite el sueño. Hasta ahora se viene dando así y está bien.

Para finalizar

Sin embargo, dice Nacho, no todos los chicos de Tinogasta logran buenos resultados en la Universidad, lo que es una pena porque conozco el gran sacrificio que hacen los padres para enviarlos a estudiar. Invierten tiempo y dinero, que muchas veces no les sobra, para que sus hijos tengan en el día de mañana la mejor vida posible.

Si yo pudiera recomendar algo, así, en general, sería la disciplina y la constancia. La disciplina no solo en cuanto al tiempo dedicado al estudio, sino la conducta general: las salidas, la diversión, la televisión, el celular, las redes sociales. Hay que cuidar todo. El tiempo es muy valioso y lo mejor es administrarlo con cuidado para no dispersarse, para estar enfocado.

Creo que algunos chicos por ahí no aciertan con la carrera, no es lo que verdaderamente quieren. Si eso sucede están en un problema. También pienso que en muchos casos falta motivación. En mi caso, por ejemplo, mis viejos me motivaron desde que tengo memoria para el estudio y la superación. Y volviendo a mi tío Ramón, recuerdo que él siempre me insistió en que saber estudiar hace una diferencia entre el éxito o el fracaso en la Universidad.

Esta entrevista tuvo lugar en el café del Automóvil Club, entre el movimiento cotidiano de los parroquianos. Ignacio, un perfecto desconocido para todos ellos, siempre se mantuvo tranquilo y reflexivo, aunque su conversación parecía acelerarse al referirse a su pasión por el estudio y la vocación elegida. Cuando nos despedimos con un apretón de manos me quedé viéndolo marcharse. Con las manos en los bolsillos parecía un pibe más de los que cruzan la plaza, pero después de haberlo escuchado sabía que él (y no solo él porque hay otros que también ostentan buenas notas en sus estudios terciarios) constituye la parte más valiosa de la reserva de futuro con que puede soñar Tinogasta. El núcleo mismo de ese futuro positivo que todos aguardamos algún día ver realizado.

La Recalada, Tinogasta de Catamarca, marzo de 2017

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