River necesita ganar para no quedar al borde del descenso; Boca, para no rifar sus chances de campeonato. Un triunfo o una derrota podrían determinar la salida o la continuidad de cualquiera

Como siempre, el próximo Superclásico se jugará en medio de la presión de los hinchas por el honor y el resultado; como nunca, el partido pondrá en juego el futuro de ambos entrenadores porque el River de Matías Almeyda trastabilla en el torneo y el Boca de Julio Falcioni viene de sumar apenas dos de los últimos 12 puntos disputados: no los une el amor ni el espanto, sí la crisis.

 

Hace poco más de 15 días Almeyda sorteó con personalidad los pedidos de renuncia que se escuchaban desde todos los costados del Monumental y, a fuerza de dos goleadas (ante Godoy Cruz y Arsenal), se volvió a acomodar en el banco de suplentes hasta que Quilmes se aprovechó de un error de Jonathan Bottinelli en particular y de la impericia del equipo en general y lo puso nuevamente en el centro de la escena del plebiscito sobre si debe seguir o no según el resultado del Superclásico.

 

El DT viene de ser la cebeza del equipo que regresó a Primera con una eficacia del 64% en el Nacional B. Si bien nunca encontró el equipo, siempre falló en los momentos clave y logró el ascenso en un partido cuyo primer gol se convirtió de manera ilícita (Funes Mori en off side), logró dejar rápidamente atrás la mayor pesadilla de la historia riverplatense.

 

En Primera, el equipo tiene 15 de los 33 puntos disputados (45%) y el riesgo de caer en descenso está siempre latente: una derrota ante Boca no lo dejará en la zona roja pero sí al borde, por lo que, sumado al golpe anímico que podría significar, la recuperación sería una dura prueba a futuro.

 

Por el lado de River, por último, cabe repetir que Almeyda sigue sin encontrar el equipo ideal: confía en un David Trezeguet que considera vital desde el manejo de grupo pero que futbolísticamente sólo le dio réditos concretos en uno de los nueve partidos que disputó (un gol contra Newell’s) y el desbalance entre líneas que perjudican al equipo es marca registrada de lo que lleva como entrenador.

 

En Boca, mientras tanto, la situación es crítica porque el juego continúa siendo tan poco garantista como siempre, pero ahora con el condimento de que el equipo se quedó sin suerte: antes, una llegada un gol. Ahora, una llegada afuera.

 

Por primera vez desde diciembre de 2010, cuando asumió como técnico, Julio Falcioni es resistido abiertamente por los hinchas y aunque asegura que su futuro no depende del partido contra River, sabe que el qué y el cómo del resultado serán vitales para el día después.

 

En el vigente torneo, Boca tiene 18 puntos de los 33 disputados y está a cinco del líder, Newell’s. Una derrota podría alterar definitivamente sus planes de ganar el campeonato y, ya sin la gran motivación del semestre, al DT sólo lo mantendría en el cargo la decisión de la dirigencia de no finalizar el contrato antes de tiempo, sabiendo que el vínculo termina en diciembre próximo.

 

El técnico «xeneixe» también tiene problemas en la formación del equipo: ocupa jugadores en puestos donde no rinden (Juan Sánchez Miño y Nicolás Colazo como laterales por la izquierda o Walter Erviti como volante central) y, además, los jugadores con más prestigio no rinden como se esperaba (Viatri, Silva, Somoza, entre otros), lo que combina un cóctel imposible de digerir en la búsqueda de resultados.

 

Así las cosas, Almeyda y Falcioni saben, aunque le resten importancia, que no les queda mucho más paño que escuchar el canto que entonan ambas hinchadas: «El domingo, cueste lo que cueste, el domingo tenemos que ganar».