Caminos de cornisas, con acantilados sobre el Pacífico, miles de kilómetros por la montaña y las dificultades en las comunicaciones componen el viaje entre las etapas del Dakar, mientras la cumbia argentina musicaliza el Vivac

La aventura del Dakar no es solo para los pilotos, que son los protagonistas centrales de la competencia, sino que todos los participantes de este evento mundial deben superar las exigencias de vivir en un campamento en el medio del desierto y recorrer grandes extensiones para poder arribar a la siguiente etapa.

En el Vivac la vida es igual para todos: corredores, mecánicos, asistentes, organizadores, personal de servicios y periodistas. A pesar de estar en lugares inhóspitos aislados de la civilización, aquí todos los problemas tienen solución, siempre alguien tiene lo que al otro le falta o conoce lo que alguno quiere saber.

El trabajo de los periodistas en esta zona no está exento de todo tipo de vicisitudes: una de las principales es la falta de señal de celular y las dificultades, por consiguiente, de la conexión a internet.

Muchos aprendieron a hacer la parabólica humana, mientras que otros recurren a largas horas de espera para utilizar las computadoras de la sala de prensa, que debajo de una nutrida capa de arena tienen el teclado en francés.

Pero además, la cobertura del Dakar implica una preparación especial porque no solo los pilotos viajan, también las más de 3.000 personas que conviven diariamente el Vivac lo hacen.

Muchos se mueven en avión, duermen en carpa y se bañan en los sanitarios compartidos, otros –como es el caso de este cronista, entre otros- se movilizan en motorhome, donde hay ducha caliente, una cama y hasta se ven películas, mientras que los más sacrificados resuelven estos temas diariamente, encontrando la forma de llegar a destino como sea.

Perú dejó paisajes de una belleza única: pasando de las dunas del desierto a las olas de mar, pero también coloridos shows a cargo de las colectividades locales y la dura experiencia de recorrer caminos de cornisa durante cientos de kilómetros, muchos de ellos con acantilados sobre el Océano Pacífico.

La despedida de este país comenzó con un viaje de más 600 kilómetros por una ruta de montaña, con curvas y contracurvas, bajadas y subidas, y túneles de hasta un kilómetro de extensión que atraviesan los cerros.

Fueron más de 10 horas durante la noche para llegar de Nazca a Arequipa a los saltos, en lo que parecía más una montaña rusa que un viaje en micro, lo que complicó el descanso de toda la tripulación.

Una vez en el Vivac, entre las lomas, la música de “La Princesita” Karina, Agapornis, Las Culisueltas, Dread Mar I, y artistas locales, amenizan el día en el comedor. Luego será el turno de cruzar la Cordillera de los Andes para pasar a Chile, con trámite de migraciones incluido en el Vivac.

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