ruta del adobe

La milenaria técnica diaguita de construcción con adobe sobrevivió a conquistas, guerras y métodos modernos, y se aplica en buena parte del noroeste argentino, aunque su mayor expresión histórica está en un grupo de pequeños pueblos del departamento de Tinogasta, en el oeste catamarqueño.

En los 55 kilómetros que separan las ciudades de Tinogasta y Fiambalá, edificios de hasta 300 años y alto valor histórico, religioso y arquitectónico persisten gracias a la sequedad del clima local y la ayuda del hombre, en poblados que parecen perdidos en el tiempo y el desierto.

Son pueblos ubicados a la vera de la Ruta Nacional 60, que atraviesa un valle de arcilla rojiza, a veces blancuzca y escamada por la sequedad y otras más oscura cuando la humedece el agua de los escasos ríos de la zona.

De esa arcilla, mezclada con estiércol y paja, están hechas las paredes de hasta un metro de espesor de numerosas construcciones, que dan al recorrido el nombre de La Ruta del  Adobe, donde los colores del paisaje natural se confunde con el pueblerino.

La capilla Nuestra Señora del Rosario, en Anillaco, fue levantada en 1712 y declarada Monumento Histórico Provincial por ser la más antigua aún en pie en Catamarca.

Originalmente fue un oratorio familiar hecho por indígenas a las órdenes de Juan Gregorio Bazán de Pedraza IV, el primer español que se instaló en la zona, en 1687.

El edificio -restaurado luego de un derrumbe del frente causado por un rayo- tiene puertas con quicios y las vigas del techo son de algarrobo arqueado cuando la madera era verde, mediante el sistema de ablande y presión del agua en el río La Troya.

El piso presenta tres niveles y las paredes carecen de ventanas, ya que el templo también oficiaba de fortaleza ante algunas rebeliones indias.

A cinco kilómetros de Anillaco se pueden visitar las ruinas de la ciudad diaguita de Watungasta, junto a La Troya, donde se hallan restos de pucarás y recintos circulares, aunque de origen inca, imperio que conquistó a los primeros habitantes en el siglo XV.

En el pueblito El Puesto, a 15 kilómetros de Tinogasta, casi todas sus casas son de adobe y el edificio más antiguo es el Oratorio de los Orquera, erigido en 1740, cuando las familias construían capillas en sus estancias si no había un templo cerca.

El confesionario es de algarrobo macizo y tiene imágenes de la escuela cuzqueña, entre ellas una pintura de la Virgen amamantando al Niño Jesús, de 1717, llevada desde Chuquisaca (Bolivia), y un pequeño San Antonio de madera.

Mientras las actuales viviendas de adobe se hacen con bloques, como ladrillos, este templo está hecho al estilo antiguo, con paredes enterizas de ese material y las vigas de algarrobo doblado que caracterizan la arquitectura tradicional de la región.

Junto al oratorio, una habitación de la misma época, con piso, paredes y gruesas columnas de adobe, obra de museo familiar, y allí el visitante puede ser atendido por Rosa Orquera de Ávila, siempre dispuesta a hablar de sus antepasados y la capilla.

Detrás del oratorio hay un antiguo lagar de cuero y, hacia el fondo del predio, como un fiel testigo de la historia, un olivo de “fines del Siglo XVIII”, según reza un cartel.

A la entrada de Fiambalá se hallan la Iglesia de San Pedro, de 1770, y la Comandancia o Plaza de Armas, de 1745, aunque una capa de pintura blanca disimula el color del adobe en la primera.

El pórtico de acceso y una pequeña ventana del coro son las dos únicas aberturas del templo, que conserva pinturas cuzqueñas  del siglo XVIII, y cuyo altar de adobe está integrado a los muros.

En la sacristía hay un gran cajón con incontables zapatos viejos, ya que a la imagen de San Pedro sus devotos le cambian el calzado todos los años, por considerar que es un santo muy caminador al que se le gastan de tanto visitar a sus fieles.

La Plaza de Armas es de color adobe crudo y guarda herramientas,  vasijas y piezas de colección, y al fondo, otro pequeño templo de adobe blanqueado en forma de domo está dedicado a Santa Rita.

Una construcción de menor antigüedad, que no tuvo origen religioso, es la Casona de la Familia Orellana, de Tinogasta, construida en 1897 y convertida actualmente en hotel.

De su pasado como comando de un batallón queda poco, y sus paredes de adobe albergan, además de los cuartos de huéspedes, un restorán, salón de juegos, gimnasio, piscina y un jacuzzi.

El hecho de que en estas ciudades y pueblos se construya con adobe no es un signo de pobreza, sino la utilización de un método económico acorde con el clima de la zona, que reclama paredes gruesas de materiales nobles, capaces de conservar el calor en los fríos inviernos y dar frescura en los tórridos veranos.