la tunita Ancasti

“El gran tesoro de estas tierras, lo que provoca en el visitante asombro y admiración es la herencia artística de la cultura Aguada, que habitó allí y en gran parte del noroeste, creando auténticas maravillas en cerámica y tallas sobre piedra, entre los años 200 y 1.100 después de Cristo”, anticipa el autor. Aquí, un recorrido por una provincia plena riquezas naturales. Y la promesa de volver a visitarla.

Realizar un descubrimiento, asombrarse ante un hecho nuevo es, seguramente, la experiencia más profunda y rica que le pueda suceder a un ser humano y que, según Aristóteles, constituye el principio del conocimiento. Parece desmesurado ligar las abstracciones del filósofo griego con un casi ignorado pedazo de tierra argentina. Sin embargo, casualmente uno de los hombres que más se ha inquietado ante “el asombro” es un argentino, el más grande escritor nuestro: Borges. En Fin de año, de su admirable inicial Fervor de Buenos Aires, dice algo que se puede aplicar a esta porción de tierra catamarqueña -Ancasti- de la que queremos hablar.

Borges instala que ante cada fin de año el ser humano se plantea “el asombro, ante el milagro de que a despecho de que somos (apenas) gotas del río de Heráclito, (ello) produce algo en nosotros”. Borges se está refiriendo al tiempo (ese que cada fin de año simbólicamente termina); ese interrogante que prepondera en su obra (“Las ruinas circulares”, “El jardín de senderos que se bifurcan”, “El sur”, “Límites”, “Arte poética”, “Hombre de la esquina rosada”). A nosotros, el tiempo, el tiempo que fue pero que perdura, es lo que nos asombra en los espacios de Ancasti, esa región abrupta, también apacible y atrapante que se enmarca hacia el este tras la casi inimaginable verticalidad de la Cuesta del Portezuelo (por lejos lo más impactante del país: más que la del Obispo, de Salta; que la de Miranda, de La Rioja; que la de Lipan, de Jujuy; que la del río los Sosa, de Tucumán; que la del Infiernillo, también de Tucumán; que la de Achala subiendo desde Mina Clavero, de Córdoba; que la de Muñanos, ascendiendo a San Antonio de los Cobres). Esa que en 1950 inmortalizara Polo Giménez con su zamba Paisajes de Catamarca.

Años atrás cruzamos la provincia en dos ocasiones. Nunca la habíamos “descubierto”: hasta ahora. En diciembre de 2012 fuimos a ella y la atravesamos de oeste a este; desde un cercano límite con Chile hasta llegar, al este, a las tierras de Santiago del Estero; desde el oasis de Fiambalá y sus increíbles dunas alzadas al cielo, 500-600-700 metros, mostradas últimamente en la aventura del Dakar; desde los viejos pueblos de La ruta del adobe, al occidente de Tinogasta; desde la caótica ciudad de Belén y la adormecida Andalgalá, hasta arribar a la sorprendente y hermosa Ancasti, al oriente, con su atrayente paisaje cerril, burbujeante en verano; paisaje amigo. El enamoramiento hizo que volviera nuevamente a ella siete meses después, en este pasado y frío julio de 2013, con mis nietos. Horizonte de invierno ahora; gris pero siempre inspirador.

UN VERDADERO TESORO RUPESTRE

La cabecera el departamento Ancasti es el pequeñísimo pueblo del mismo nombre, que registra apenas unos 400 habitantes, población similar a la de la segunda localidad importante del lugar: la pintoresca Anquilcina, donde en un cercano paraje de monte y arroyo (Acostilla) vive un grupo de artesanos, aislados de la comunidad local, que los considera “hippies”.

Sigue en tamaño el pueblo La Majada, con 130 habitantes en el Censo 2001, luego La Candelaria con 88. En esta última se encuentra el casco de la antigua estancia jesuítica La Candelaria que en época de la Colonia manejaba 300.000 has. y grandes rodeos de hacienda. En dicho espacio se encuentra, oculto por el monte, un tesoro rupestre, la cueva de La Candelaria, con su techo cubierto con representaciones humanas y de animales, en un blanco intenso, pintada entre 900 y 1.800 años atrás, como una pequeñísima y agreste Capilla Sixtina indígena (realizadas, comparativamente, entre el momento en que el imperio Romano aún regía el mundo, y en Occidente imponía su poder el Sacro Imperio Romano Germánico). Manifestación de arte que también habla de abstracciones generadas por sociedades americanas que nos antecedieron y a las cuales, como 120 años atrás remarcara Joaquín V. González en “Mis Montañas”, continuamos ignorando cultural y académicamente (Dice González, allá por 1890: Me he adormecido muchas veces al rumor de esos cantos lejanos que parecen descender en las alturas como despedidas dolientes de una raza que se pierde ignorada… olvidada, y se refugia en medio de las peñas). Manifestaciones que han resistido, incólume, el paso de centenares de años, pese a hallarse expuestas a los furiosos embates de la naturaleza: tormentas, huracanes, profundos cambios climáticos en el tiempo milenario, temperaturas extremas de frío y calor, año tras año sin cesar. ¿Puede uno no asombrarse ante ello?

Precedentemente decimos abstracciones del arte indígena, y aclaramos la idea: aquellos hombres carentes de toda tecnología (salvo la propia piedra), y del más elemental conocimiento científico, fueron capaces de crear un contenido social artístico de una profundidad que, 1.500 años después Occidente, pese a los increíbles avances de la civilización, no fue capaz de alcanzar en el arte realista. Porque ese arte de Occidente pintó siempre figuras estáticas, figuras en pose (ver el gran arte de la edad media en adelante). La primitivísima sociedad Aguada pintó, en cambio, figuras haciendo, no estando; plasmó figuras en movimiento (cazando, realizando un rito religioso, luchando contra animales, escuchando las directivas de un chamán), pintó lo dinámico. Pintó desde lo simbólico.

Y ésta es, para nosotros, capacidad de abstracción: realizar el milagro mental de pensar y ejecutar un arte en términos del hacer, no del estar. No hablamos de técnica artística, que no es nuestro tema, sino de un proceso mental de abstracción de proyectar símbolos con contenido social, a través de eso que en nuestros días llamamos arte.

ÁREA DE SIERRA DE ANCASTI

Ubicada en el noreste de la provincia, constituye una meseta con un promedio de 900 mts. de altura sobre el nivel del mar, contrastando con los 300 metros del Valle de Catamarca, en su pie oeste, y los también 300 del territorio santiagueño, al este.

En el pueblo Ancasti, surgido hacia 1600 (primera zona de ocupación y colonización de la provincia de Catamarca), cuyo significado en quechua es tierra de águilas, o de cóndores, nació en 1873 el ex presidente argentino Ramón Castillo, de cuya casa paterna se mantiene solo un sector, donde funcionaba entonces, aparentemente, un almacén de su padre.

El paisaje de la meseta lo arman vacunos, mulas, cabras, ovejas, pájaros en abundancia, densos montes de algarrobo y quebracho blanco, palos borrachos obesos y de baja altura, cebiles, tunas, cardones, pequeños oasis, arroyos, rocas y restos arqueológicos. Al culminar el ascenso a la cuesta del Portezuelo (viniendo del oeste) se ingresa a una llanura de unos 20 kms. de ancho, con serranías suaves de pastos cortos, donde avistamos cóndores (en el camino casi atropellamos a dos de ellos a raíz de su lentitud para moverse y levantar vuelo). Luego se ingresa al área de monte, donde continúa la serranía, pero ahora quebrada, con levantamientos de tipo piramidal y roca dispersa. Los pobladores se manejan lento, amables, habitantes de un mundo distinto, del que se sienten orgullosos. En la casa de familia de un hombre nacido y criado en el monte, donde junto a mi hija estuvimos cinco horas mateando y conversando con la esposa (mientras esperábamos a los nietos que habían ido de excursión), ésta preguntó, no sin una enorme y lógica ingenuidad, si no habíamos oído hablar de “Doña Nicasia”, su bisabuela, curandera del pueblo, fallecida a los 102 años, meses atrás.

En la época de la colonia, el área de Ancasti, edáficamente el espacio más rico de la provincia, constituyó una sólida economía autárquica, que comenzó a decaer a fines del siglo XIX con la llegada del ferrocarril a las ciudades de Catamarca y Tucumán, en razón de quedar excéntrica a este vital medio de transporte. Anualmente exportaba unas 5.000 cabezas de ganado a Bolivia y Chile, sembraba trigo y producía harina en numerosas tahonas y molinos (el río que circunda la localidad de Ancasti se llama, precisamente, Molinos); sembraba maíz, porotos, calabazas, algodón, tabaco; producía todas las variantes de ropa y elementos textiles que demandaba la población y la región (en algodón, lana y pelo de llama); y era un importante centro regional talabartero, al igual que de carpintería dada su dotación natural de árboles de madera dura (muebles, arados de madera, carruajes livianos, petacas).

En el presente el gran tesoro de estas tierras de Ancasti, lo que provoca en el visitante asombro y admiración (ese principio del conocimiento de Aristóteles), es la herencia artística de la cultura Aguada, que habitó allí y en gran parte del noroeste, creando auténticas maravillas en cerámica y tallas sobre piedra, entre los años 200 y 1.100 después de Cristo. Manifestaciones más específicas de ello se aprecian en el rico museo arqueológico “Adán Quiroga” de la ciudad de Catamarca.

El centro de esta sociedad Aguada lo constituyó el valle de Belén (cuya ciudad posee un pequeño pero sólido museo arqueológico), situado unos 250 km al noroeste de Ancasti, pasando la enorme y hermosa sierra de Ambato, riquísima en restos arqueológicos, en uno de cuyos pueblos indígenas se halló, en 1620, la imagen de la hoy célebre Virgen morena del Valle, actual patrona de la provincia. La estructura jerárquica social Aguada era, aparentemente, militar-religiosa (con influencia de la cultura Tiahuanaco) pero organizada sobre la base de grupos familiares autosuficientes.

Si bien hay restos en toda el área (la mayoría sin explorar) la joya actual, trabajada por investigadores de la Universidad Nacional de Catamarca, es el yacimiento La Tunita, ubicada en la vecina localidad de Icaño (1900 hab.), perteneciente ya a otro departamento, donde se tienen estudiadas cuevas con manifestaciones en pintura y tallas en la piedra: El lugar constituyó un corredor de tránsito, una encrucijada comercial entre el este y el oeste, con llegada a todas las etnias indígenas que habitaban las actuales provincias de Santiago del Estero, Catamarca, la Rioja, Tucumán y Salta. En el lugar hay un otro yacimiento importante: la Toma.

Los estudiosos concuerdan, además, en que La Tunita era un sitio religioso (chamánico), ligado a la práctica de ritos donde se manejaban especies alucinógenas (en particular la semilla del cebil, que posee propiedades psicotrópicas), que se utilizaban inhalándolas o fumándolas en pipa. Que en las pinturas aparezca inexorablemente el blanco, tal como se da en la cueva de La Candelaria, es otro indicador religioso: el blanco como expresión de la luz, de lo divino, de lo puro. Hoy, en razón de que todos los restos arqueológicos están en propiedades privadas, sin ninguna protección oficial, se hallan amenazados por el desmonte y por la posible depredación en la medida en que el mismo monte no les sirva de protección natural. Y doy un ejemplo: uno de mis nietos se introdujo, en la semioscuridad, con enorme dificultad pese a ser delgado, en una pequeñísima abertura donde encontró un hacha de piedra de respetable dimensión. Después de fotografiarla, y haciendo gala de su ética de estudiante de antropología, la volvió a depositar en el mismo sitio. Pero cabe la pregunta: ¿cuántos más van a hacer lo mismo, en la medida en que los elementos queden más al descubierto, más a mano, sin protección? Y cabe otra pregunta: ¿por qué las extraordinarias riquezas artísticas provenientes del pasado americano, sitos en territorio argentino, plenas de significación, se ignoran tanto y se cuidan tan poco?

El próximo verano esperamos volver, para continuar descubriendo y gozando, con más tiempo, las bellezas de esta tierra.