hablando por celular

¿Puede el uso de teléfonos celulares causar cáncer de cerebro? Uno de cada cinco adultos en Estados Unidos así lo cree y está convencido, además, de que el gobierno lo sabe, pero oculta las evidencias, en complicidad con los emporios de la telefonía móvil. Tal índice, revelado por un sondeo de la Universidad de Chicago, sugiere que una quinta parte de la sociedad estadounidense no solo desconfía de su elite política, sino también de los estudios que descartan cualquier daño de esos equipos a la salud humana.

¿Paranoia o lucidez? ¿Teoría conspirativa o certeza científica? El debate sobre si las radiaciones que emiten los celulares propician el desarrollo de tumores malignos no cesa y, si acaso, hace que muchos digan como Sócrates: “solo sé que no sé nada”.

El origen de una preocupación

Desde que el celular salió al mercado, a no pocos les preocupó aquel bombardeo de radiaciones directo al rostro. Sin embargo, esas ondas electromagnéticas son del tipo no-ionizadas y no dañan el ADN, a diferencia de las ionizadas, como los Rayos X, que sí elevan el riesgo de contraer cáncer.

La Unión Internacional de Telecomunicaciones estima que actualmente hay unos cinco mil millones de abonados a la telefonía celular, mientras aumenta el número de llamadas por día, su duración, y por ende, la exposición a las mencionadas ondas. Las dudas sobre los posibles perjuicios son, entonces, más que razonables.

Hasta ahora, los celulares son inofensivos

Tras varios años, la comunidad científica no logra ponerse de acuerdo sobre si el uso habitual de teléfonos celulares representa un riesgo para la salud. A corto plazo parece que no, pero nadie ha estimado las consecuencias tras mucho tiempo de utilización.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) clasifica los campos electromagnéticos de los celulares como “posiblemente cancerígenos” y recomienda adoptar medidas de seguridad para reducir la exposición, como el uso dispositivos de manos libres.

A su vez, clínicas de renombre se muestran cautas porque entienden que emitir un veredicto necesitaría más años de observación y cotejo de datos. Por lo pronto, aunque el uso de celulares se ha disparado, no existe un alza significativa en los diagnósticos de ciertos tipos de cáncer cerebral, como el glioma.

Quizás en un par de décadas ya exista un dictamen más fidedigno. Para entonces un estudio desplegado en Reino Unido bajo el nombre de COSMOS tendrá los resultados de un seguimiento especial a 290.000 usuarios de teléfonos móviles, que accedieron a ser evaluados durante un período de 20 a 30 años para tener una idea más cabal.

Las telefónicas, juez y parte

La industria de las telecomunicaciones mueve trillones de dólares al año con sus productos y servicios, pero nadie se atrevería a comprar algo que eventualmente le cueste la vida. En otras palabras: todo indicio de que los celulares sean cancerígenos representaría una mala publicidad, de ahí la urgencia de silenciar todo reporte alarmista.

Una manera de hacerlo es financiando estudios que demuestren la inocuidad de sus productos, mediante la selección de una muestra propicia. Otra es garantizándose buena prensa. Tampoco debe desdeñarse el cabildeo político.

Según el estadounidense Joseph Mercola, un notorio conspiracionista, las corporaciones encargan informes de seguridad que engañan a la opinión pública. Con jugosas donaciones y un fuerte lobby se pueden moldear, incluso, políticas gubernamentales.

Otro activista, el también norteamericano Alex Jones, reclama que los celulares lleven etiquetas con advertencias sobre su peligro potencial, una iniciativa impulsada por la localidad californiana de Berkeley. Un proyecto similar de la ciudad de San Francisco fue desestimado por una corte federal.

Exculpando al gobierno

Por otro lado, decir que las autoridades se han cruzado de brazos sería inexacto. De hecho, la Administración estadounidense de Alimentos y Drogas y la Comisión Federal de Comunicaciones han establecido reglas que limitan la cantidad de energía de radiofrecuencia que los móviles tienen permitido emitir.

Por su parte, instituciones gubernamentales de salud dedicaron unos 35 millones de dólares entre 2001 y 2011 a investigar el asunto. El Departamento de Salud de Estados Unidos se hizo eco de las preocupaciones de la OMS y activó una página informativa de su Instituto Nacional de Investigaciones del Cáncer.

¿Por qué entonces creer que el gobierno apaña un supuesto complot? Quizás la gran explicación sea que las teorías conspirativas son más fáciles de entender que la compleja información médica. Y, sin dudas, mucho más entretenidas.