depresión

La depresión es un trastorno en el que se pierde la satisfacción de vivir, la capacidad de actuar y la esperanza de recuperar el bienestar; se acompaña de manifestaciones somáticas y psíquicas, y produce en la persona incluso diversos grados de incapacidad. Su proceso de gestación es altamente dinámico en el tiempo, porque intervienen la biología, factores personales y factores sociales-ambientales. Estamos ante un trastorno psiquiátrico, que se da tanto en personas profundamente religiosas como en ateos, aunque algunos comportamientos, entre ellos, el alejamiento voluntario de Dios (y también un estilo de vida desordenado: droga, alcohol, sexo, etc.), puede incidir negativamente en el curso de la enfermedad.

Es conocido que la presencia de creencias religiosas en las personas que sufren depresión tiene un efecto beneficioso para la salud, ya que esas vivencias pueden ayudar al enfermo a vivir una vida más plena a pesar de sus síntomas. Pero conviene considerar que la espiritualidad hay que entenderla en este caso como una fuerza que ayuda a la curación, y no como un sustituto de los cuidados médicos. Será el tipo de trastorno, su origen y el modo de ser de la persona los que configurarán el plan de tratamiento establecido, y también la manera de orientar, en cada caso, la atención espiritual. Con los datos aportados por el médico se podrá perfilar mejor cómo actuar, sabiendo que la atención espiritual no pretende la salud psíquica del enfermo, que es un objetivo de la medicina; pero como es evidente que influye también en la salud, conviene que se actúe de acuerdo con el médico y en la misma dirección.

La vida espiritual, pues, contribuye a sobrellevar la depresión, ayudando al enfermo a comprender, por ejemplo, que la enfermedad tiene un “tempo” con el que hay que contar: conviene no impacientarse, vivir al día sujetándose al plan previsto.

Muchas veces el propio dolor se atenúa –incluso se olvida–, cuando hay un ‘alguien’ (familia, trabajo, etc.) al que nos entregamos.

Para mejorar, es necesario que el enfermo intente no pensar en sí mismo. Que procure controlar la imaginación y no agobiarse por el futuro; vivir con la esperanza puesta en Dios que es su Padre y aplicar en su situación el buen humor (reírse de sí mismo y con los demás: salir de sí) de que sea capaz. Estas circunstancias deben llevarle a estar más cerca de Dios.

En resumen, la atención espiritual de las personas depresivas debe centrarse mucho en inculcarles el abandono en las manos de Dios, profundizando en la misericordia divina, aunque no se ha de perder de vista que padecen una enfermedad y no un mero problema ascético. Necesitan, pues, al médico.