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La propuesta de la gobernadora Corpacci, de reformar la Constitución Provincial, amerita, más de una disquisición. Creo que el debate no puede sólo pasar por el análisis de lo que se propone. Al menos hay otras dos dimensiones que debemos pensar: desde dónde se la propone y cuándo se la propone.

En una primer mirada, analizando lo que se propone, debo decir que hay un tema al que nadie se opondría, o al menos no se animaría a oponerse en forma explícita. La reelección indefinida es un anacronismo y un vicio tan evidente, que  debería estar excluido de la posibilidad de hacerlo, hasta por pudor republicano. Dotar de rango constitucional al Consejo de la Magistratura creo que es otro punto que tiene un importante consenso. La propuesta de la unicameral, es tema de mayor debate ya que tiene sus ventajas, pero encierra la potencial trampa de terminar concentrando más el poder en un solo partido. Discutible. Dotar al Estado provincial de institutos más eficientes de control, debería ser un tema de consenso;  como principio general, sí se debería discutir diseño, alcances y funciones.

El desde dónde se la propone, creo que empobrece y vuelve poco potente la iniciativa: se la propuso desde la más absoluta soledad. La propone una Jefa de Estado que no sólo no tuvo diálogo previo con la oposición política, ni con actores de la sociedad civil, sino que ni siquiera fue acompañada por buena parte de los que con ella ganaron las elecciones en marzo del 2011.

El cuándo se la propone, es otro aspecto poco feliz. Después de 33 meses de un gobierno ‘plano’, que no se hizo cargo de que fue votado por muchos para cambiar, y cuestionado por el común, por escasa gestión y con sospechas, infundadas o fundadas, de anidar vicios de corrupción, aparece esta especie de ‘paroxismo’ de iniciativas, como si esto intentara disimular el tiempo perdido e inaugurar una ‘nueva etapa’. La pregunta es inevitable: ¿con los mismos actores?