Dilma Rousseff

La presidenta brasileña, Dilma Rousseff, fue reelecta este domingo en uno de los triunfos más ajustados de un jefe de Estado de este país. Pero según analistas su mayor reto recién empieza: reinventar un gobierno con problemas políticos y económicos.

Rousseff, de 66 años, obtuvo un nuevo mandato de cuatro años al recibir 51,6% de los votos válidos (54,5 millones) contra 48,7% (51 millones) del candidato opositor Aécio Neves, con la totalidad de las urnas escrutadas.

El resultado confirmó la separación que anticipaban las encuestas entre los brasileños que preferían mantener al izquierdista Partido de los Trabajadores (PT) en el poder que ejerce desde 2003, y quienes optaron por un cambio.

Sin embargo, en su primer discurso tras ser reelecta Rousseff negó que Brasil esté fracturado. «No creo sinceramente que estas elecciones hayan dividido al país al medio», dijo.

También pidió unidad (algo que también hizo Neves), dijo que está «dispuesta al diálogo» y que espera que la fuerte movilización electoral haya «preparado el terreno para la construcción de puentes».

Con una economía prácticamente estancada, denuncias graves de corrupción y un Congreso fragmentado, los analistas advierten que los desafíos de Rousseff enormes y comienzan este mismo lunes.

A eso se añade la expectativa de muchos, incluso dentro del PT, de que la presidenta muestre una mayor habilidad política para delegar decisiones, escuchar críticas y entenderse más con los mercados.

«Ella va a tener que reinventarse personalmente también, cambiar su característica personal. Si no, en 2018 no podrá hacer un sucesor», advirtió Marco Antonio Teixeira, un politólogo de la prestigiosa Fundación Getulio Vargas, en diálogo con BBC Mundo.

La política

Todos los analistas coinciden en que la mayor carta de triunfo de Rousseff fueron las políticas sociales que impulsó su antecesor y padrino político Luiz Inácio Lula da Silva, y que ella profundizó.

Esos programas de ayuda a los brasileños de menos recursos permitieron colocar cerca de 40 millones de personas en la clase media en una década, una transformación social reconocida en el mundo.

La tasa de desempleo en mínimos históricos (4,9% en septiembre) y el aumento de la renta de los trabajadores también fueron importantes para la victoria de la presidenta.

Rousseff evitó las autocríticas a lo largo de la campaña electoral, que se caracterizó por la dureza de la lucha entre rivales, con acusaciones de corrupción y de faltas éticas.

Las denuncias de sobornos en Petrobras tomaron la dimensión de escándalo después que un exdirector de la petrolera estatal dijera a la justicia que hubo sobornos por contratos de obras y que esos fondos multimillonarios financiaban al PT y aliados.

Este asunto podría convertirse en una crisis política para la presidenta si se confirman las afirmaciones de Paulo Roberto Costa, que colabora con la justicia para reducir su pena.

También supone un factor de tensión con sus aliados, con expertos que advierten que Rousseff deberá construir una base de apoyo más sólida en el Congreso y prestar más atención a los problemas de corrupción.

«El gobierno precisa parar de ser tomado por sorpresa con casos como el de Petrobras, porque va a llegar un momento en que esa historia de ‘yo no sabía’ no pega más», advirtió Teixeira.

Rousseff reiteró a lo largo de la campaña y tras su triunfo del domingo su compromiso de combatir la corrupción y la impunidad, pero incluso muchos de sus votantes esperan ver eso en la práctica.

«La punición para el político es muy blanda», dijo a BBC Mundo Mario Eduardo Viegas, un carioca de 29 años, luego de votar a Rousseff este domingo con una bandera roja con el nombre de la presidenta.

Viegas explicó que apoyó a Rousseff por las políticas sociales (él habita en una vivienda de un programa gubernamental en Río) pero indicó que también aguarda cambios allí. «Hay personas que no precisan de esos proyectos y reciben», sostuvo.

En su discurso de triunfo, la presidenta propuso un plebiscito para impulsar una reforma política, como había hecho tras la ola de protestas sociales que sacudió Brasil el año pasado. Pero aquella iniciativa quedó en nada y muchos dudan que ahora consiga cristalizar.

La economía

Rousseff es una economista de formación, pero la política económica también le ha valido diversas críticas.

El PIB brasileño crecerá menos de medio punto porcentual este año. Un fuerte contraste con lo que ocurría en 2010, justo antes del inicio de su gobierno, cuando se expandió 7,5%.

Los críticos del gobierno atribuyen esto a la falta de reformas estructurales para bajar los costos de producción (especialmente para la industria, que pierde peso en el PIB), mejorar la infraestructura y atraer inversiones.

El divorcio de Rousseff con los mercados financieros quedó de manifiesto en la campaña: la bolsa de valores de São Paulo bajaba cuando ella mejoraba en las encuestas y subía cuando sus adversarios crecían.

Una señal de cómo la presidenta piensa responder a eso será la designación de su próximo ministro de Hacienda, ya que anunció que su actual titular Guido Mantega, blanco favorito de los reproches, dejará el cargo.

Según medios locales, el propio Lula había recomendado a Rousseff la salida de Mantega durante su primer mandato, pero su sucesora desestimó el consejo.

Una pregunta es si ahora la presidenta pondrá a alguien que sea capaz de entenderse mejor con los mercados.

La inflación en Brasil está por encima de la meta oficial (llegó a 6,6% en los 12 meses hasta mitad de octubre) pero Rousseff ha atribuido esto a circunstancias pasajeras y no a problemas estructurales.

No obstante, en su último debate ante Neves el viernes la presidenta pareció reconocer la necesidad de atender el alza de los precios. «Haré un gobierno mucho mejor si fuera electa, principalmente controlando la inflación», dijo.

Pero muchos economistas descartan que modifique significativamente el rumbo o promueva un ajuste fiscal que algunos consideran necesario.

«No creo que ella vaya hacia un cambio de su política económica», dijo Margarida Gutierrez, profesora de economía en la Universidad Federal de Río de Janeiro. «Ella no cree en eso», añadió en diálogo con BBC Mundo.

Todo dependerá de cómo la Rousseff interprete en su fuero más íntimo la votación del domingo: puede verlo como un triunfo de su gestión, o una advertencia de casi la mofad del electorado.

En su discurso del domingo a la noche, pareció aludir a esto cuando indicó: «Algunas veces en la historia, resultados apretados produjeron cambios más fuertes y más rápidos que victorias muy amplias».

La duda es si piensa que esos cambios deben incluirla a ella misma y su forma de gobernar.