Papa Francisco en plaza de San Pedro

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

Hemos escuchado las cosas que el Apóstol Pablo le dice al obispo Tito ¡Cuántas virtudes debemos tener los obispos! Lo hemos escuchado todos ¿no? Y no es fácil, no es fácil porque somos pecadores. Pero nos confiamos a vuestras oraciones para poder acercarnos al menos, a las cosas que el Apóstol Pablo aconseja a los obispos ¿de acuerdo? ¿Rezaréis por nosotros? ¡Bien! Ya hemos destacado, en las catequesis anteriores, como el Espíritu Santo colma siempre a la Iglesia de sus dones, con abundancia. Ahora en la potencia y en la gracia de su Espíritu, Cristo no deja de suscitar ministerios, para edificar las comunidades cristianas como su cuerpo. Entre estos ministerios, distinguimos el episcopal. En el obispo, ayudado por los presbíteros y los diáconos, está el mismo Cristo que se hace presente y que continua cuidando de su Iglesia, asegurándoles su protección y su guía.

1. En la presencia y en el ministerio de los obispos, de los presbíteros y de los diáconos podemos reconocer el verdadero rostro de la Iglesia: es la Santa Madre Iglesia Jerárquica. Y verdaderamente, a través de estos hermanos elegidos por el Señor y consagrados con el sacramento del Orden, la Iglesia ejercita su maternidad: nos genera en el Bautismo como cristianos, haciéndonos renacer en Cristo; vela por nuestro crecimiento en la fe; nos acompaña hacia los brazos del Padre, para recibir su perdón; prepara para nosotros la mesa eucarística, donde nos nutre con la Palabra de Dios y el Cuerpo y la Sangre de Jesús; invoca sobre nosotros la bendición de Dios y la fuerza de su Espíritu, sosteniéndonos durante el transcurso de nuestra vida y envolviéndonos con su ternura y su calor, sobre todo en los momentos más delicados de la prueba, del sufrimiento y de la muerte.

2. Esta maternidad de la Iglesia se expresa en especial en la persona del Obispo y en su ministerio. De hecho, como Jesús eligió a los Apóstoles y los ha enviado a anunciar el Evangelio y a pacer a su grey, así los obispos, sus sucesores, se colocan a la cabeza de las comunidades cristianas, como garantes de la fe y como signo vivo de la presencia del Señor en medio de ellos. Comprendemos, por tanto, que no se trata de una posición de prestigio, de una carga honorífica. Ser obispo no es un título honorífico es un servicio. Jesús lo quiso así. No debe ejercerse ningún cargo en la Iglesia con mentalidad mundana. La mentalidad mundana habla así: ‘Este hombre ha hecho carrera eclesiástica y ha llegado a obispo’. En la Iglesia no debe haber lugar para esta mundanidad. El episcopado es un servicio, no un honor del que vanagloriarse. Ser obispos quiere decir tener siempre ante los ojos el ejemplo de Jesús, que, como el Buen Pastor, vino no para ser servido, sino para servir (cfr Mt 20,28; Mc 10,45) y para dar su vida por sus ovejas (cfr Jn 10,11). Los santos obispos, y hay muchos en la historia de la Iglesia, tantos obispos santos,  nos muestran que este ministerio no se busca, no se pide, no se compra, sino que se acoge en obediencia, no para elevarse, sino para abajarse, como Jesús “que se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz” (Fil 2,8). Es triste cuando se ve a un hombre que busca este oficio y que hace de todo para llegar allí, y cuando lo consigue se pavonea, no sirve, vive solo para su vanidad.

3. Hay otro elemento precioso, que merece ser puesto en evidencia. Cuando Jesús eligió y llamó a los Apóstoles, los ha pensado no separados el uno del otro, cada uno por cuenta propia, sino juntos, para que estuviesen unidos con Él, unidos como una sola familia. También los Obispos constituyen un único colegio, reunido en torno al Papa, que es custodio y garante de esta profunda comunión, que estaba en el corazón de Jesús y de sus mismos Apóstoles. ¡Qué bello es, entonces, cuando los obispos, con el Papa expresan esta colegialidad! Y buscan ser los que más sirven a los fieles, a la Iglesia. Lo hemos experimentado recientemente en la Asamblea del Sínodo sobre la familia. Pensemos en todos los obispos esparcidos por el mundo que, incluso viviendo en localidades, culturas, sensibilidad y tradiciones diferentes y lejanos entre ellos, se sienten parte el uno del otro. El otro día un obispo me contaba que tenía que hacer 30 horas de avión para poder llegar a Roma, y se convierten en expresión del vínculo íntimo, en Cristo, entre sus comunidades. Y en la común oración eclesial todos los obispos se unen en la escucha del Señor y del Espíritu, poniendo así la atención en profundidad en el hombre y en los signos de los tiempos (cfr Conc. Ecum. Vat. II, Cost. Gaudium et spes, 4).

Queridos amigos, todo esto nos hace comprender porque las comunidades cristianas reconocen en el obispo un don grande, y son llamadas a alimentar una sincera y profunda comunión con él, a partir de los sacerdotes y de los diáconos. No existe una Iglesia sana si los fieles, los diáconos y los sacerdotes no están unidas a su obispo. Esta es un Iglesia enferma. Jesús ha querido esta unión de todos los fieles con el obispo, también de los diáconos y los sacerdotes. Y esto lo hacen en la conciencia de que es propiamente en el Obispo donde se hace visible el vínculo de cada Iglesia con los Apóstoles y con el resto de comunidades, unidas con sus Obispos y el Papa en la única Iglesia del Señor Jesús, que es nuestra Santa Madre Iglesia Jerárquica.