Maestro Amor - Ricardo Javier Ocampo

Para la Justicia quedó debidamente acreditado que el “Maestro Amor” se aprovechó de las facilidades que le otorgaba su calidad de gurú espiritual para quebrantar la voluntad y ultrajar a los dos niños que años más tarde lo denunciaron penalmente por los reiterados abusos sexuales recibidos.

El tribunal de la Cámara Penal Nº 2 dio a conocer ayer los fundamentos de la sentencia vertida semanas atrás, en la que Ricardo Javier Ocampo recibió una pena de 14 años de prisión por seis delitos sexuales en contra de dos niños que formaban parte de su comunidad de devotos. Una de las imputaciones que le valieron más años en su condena fueron los hechos nominados quinto y sexto, que fueron encuadrados como “abuso sexual con acceso carnal agravado por ser cometido por un ministro de un culto no reconocido”.

En el extenso fallo –de 140 hojas- se señala que del relato de las víctimas se desprende que nunca consintieron las relaciones a las que el riojano los sometía. Su rol de guía de la comunidad Meditazen consolidó un terreno intimidatorio e instauró “una efigie a la que nadie podía contradecir ni desobedecer” sin exponerse al “oprobio y rechazo grupal, sino también al extrañamiento de la congregación”. El hecho de que algunos de los fieles consideraran que Ocampo contaba con poderes sobrenaturales “cimentaba aún más ese acatamiento devocional”, según entendieron los jueces.

Precisamente la declaración de la víctima de este hecho (el segundo denunciante) fue contundente al mencionar que no pudo negarse a lo que el “Maestro Amor” le pedía, “porque le tenía mucho miedo y creía que podía hacerme mucho daño” y “aparte sentía por él un gran respeto como jefe de congregación”.
La Comunidad, un culto
Los magistrados Luis Raúl Guillamondegui, Jorge Álvarez Morales y Rodolfo Bustamante aseguraron que la comunidad del Maestro Amor es un culto no reconocido y Ocampo el líder del mismo. Para la primera afirmación se valieron de la quinta, sexta y séptima acepción de dicha palabra en el diccionario de la Real Academia Española y la información provista por el ministerio de Relaciones Exteriores y Culto. Para la segunda, analizaron la información obtenida a través de la página web de la comunidad y los testigos, quienes le confieren tal calidad.

Los jueces citaron frases que se encuentran en el sitio del Maestro Amor en internet, del calibre de “Vengan a Mí. Sólo participando de un modo cercano a Mí podrán aprovechar mi luz, energía y sabiduría” para afirmar que “Ocampo se sitúa en un lugar distinto y desde allí busca transmitir convincentemente su mensaje” tanto a seguidores como a otros.

La madre de la primera víctima indicó que en una ocasión, con la denuncia ya radicada, su hijo le expresó que “tenía miedo porque no sabía si estaba traicionando a Dios”.

Para la Justicia, Ocampo quebrantó su deber de honestidad como líder espiritual y aprovechó la “profusa veneración” que sabe despertar a quienes se vinculan con Meditazen para doblegar la voluntad de los adolescentes y satisfacer sus deseos impúdicos.
Poderes divinos
A la hora de mesurar el monto de la pena, el juez Guillamondegui, con la adhesión de sus dos pares, indicó que en contra del riojano jugaron “la reiteración y obstinación delictiva demostradas”, las modalidades perfeccionadas para cometer los delitos sexuales y “las particulares argucias e invocación de poderes divinos o extraordinarios utilizados como medio para reducir a las víctimas”.

Según explica el camarista, aprovechó los contextos de vulnerabilidad de ambos niños -problemas de abusos sexuales anteriores y dependencia a los estupefacientes- y la confianza que ellos le tenían para obtener su consenso y abusarlos en reiteradas ocasiones, dejándoles secuelas psicológicas.

El jovencito que encaró junto a su madre la primera denuncia contra Ocampo había manifestado en su declaración inicial que no podía negarse a los ultrajes porque “era el Maestro, era Dios”, y siempre le decía que arrastraba un karma de una vida anterior, que sólo era curable a través de su semen, fruto de la actividad sexual a la que era sometido.
Trámite rápido
Pasado el mediodía, un Ocampo cabizbajo llegó en un móvil de traslado desde el penal de Miraflores hasta la sala de audiencias de la Cámara Penal Nº 2, donde se encontró con su abogado Diego Diéguez Ontiveros y el resto de las partes del proceso. Allí se solicitaron copias de los fundamentos, que no fueron leídos debido a su importante extensión. Minutos después, Ocampo retornó al Servicio Penitenciario.

La última palabra
El último día del debate, cuando se le concedió la palabra final antes de la lectura del veredicto, Ocampo dijo: “Soy inocente y traté de ayudar a estas familias, pero no siempre se tiene éxito. La gente que está afuera tiene hijos. Si fuera un violador, no dejarían que se me acerquen, pero sostengo que algo bueno tiene que salir de este juicio. Es todo”.