Papa Francisco en el rezo del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Comenzamos hace unos días el año nuevo en el nombre de la madre de Dios, celebrando el día mundial de la paz sobre el tema: «Ya no esclavos, sino hermanos».

Mi deseo es que pare la explotación del hombre por el hombre. Este tipo de explotación es una lacra social que mortifica las relaciones interpersonales y una vida de comunión, basada en el respeto, la justicia y la caridad.

Cada hombre y cada pueblo tienen hambre y sed de paz, por lo tanto es necesario y urgente construir la paz.

Ciertamente la paz no es simplemente la ausencia de guerra, sino una condición general en el cual la persona humana está en armonía con sí mismo, con la naturaleza y con el otro. Sin embargo silenciar las armas y detener los brotes de guerra sigue siendo la condición ineludible para comenzar un camino que conduce a la consecución de la paz en todos sus aspectos.

Los conflictos sangrientos todavía se dan muchas regiones del planeta, las tensiones en las familias y comunidades, así como brillantes contrastes en nuestras ciudades y en nuestros propios países entre grupos de distintos orígenes culturales, étnicas y religiosas.

Debemos convencernos de que, a pesar de todas las apariencias de lo contrario, la armonía es siempre posible, en todos los niveles y en cada situación. No hay futuro sin proyectos y propuestas de paz.

A la paz está vinculada, desde el antiguo testamento, la promesa de Dios: “Hará de arbitro entre las naciones y a los pueblos dará lecciones. Harán arados de sus espadas y sacarán hoces de sus lanzas. Una nación no levantará la espada contra otra y no se adiestrarán para la guerra”.

La Paz se anuncia, como un regalo especial de Dios, en el nacimiento del Redentor: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama.  (LC 2, 14).

Un regalo que se implora incesantemente en la oración y se recibe cada día con el compromiso, en situaciones en que nos encontramos. En los albores de un nuevo año, todos estamos llamados a reavivar en el corazón un impulso de la esperanza, que debe traducirse en obras concretas de paz, reconciliación y fraternidad. Cada uno, en sus roles y responsabilidades, puede hacer gestos de fraternidad hacia los demás, especialmente a aquellos que son juzgados por tensiones en las familias o conflictos de diversa índole. Estos pequeños gestos tienen mucho valor: pueden ser las semillas que dan esperanza, puede abrir las calles y las perspectivas de paz.

Vamos ahora a María, Reina de la paz. Ella, durante su vida terrenal, ha experimentado muchas dificultades relacionadas con la fatiga de la existencia cotidiana. Pero nunca perdió la paz del corazón, fruto del abandono esperanzado a la misericordia de Dios. María, nuestra tierna madre, por favor dígale a todo el mundo la manera segura de lograr el amor y la paz.