River - Boca 1

Es River, es Boca, allí están sus colores. Los nombres poco importan. Sólo vale una camiseta blanca y roja. A los otros los moviliza la azul y oro. No valen la excusas. Ni se las escuchan. Los titulares quieren ganar. También los suplentes. Se vuelve un pacto de honor, ineludible, de caballeros. Hay que ver quién manda.

Parece que impone las condiciones Boca, de impetuosos juveniles. Da la impresión de que reacciona River, con todos los nombres de gala. Van de un lado a otro. Corren. Miran. Gritan. Se entusiasman y se decepcionan según los viboreos de la pelota. Manda la cabeza. Los pies, a veces, responden. Queda de fondo la excusa de la pretemporada. Durará un suspiro: dentro de poco se vendrán los partidos por los porotos. Hoy festejan los xeneizes con un 1-0 que retumba porque corta una racha de ocho superclásicos sin triunfos.

Todos cargaron sobre sus hombros los comentarios. Que aquí llegaba el campeón de la Copa Sudamericana, River, con todos sus honores. Que enfrente estaban los jóvenes, los de Boca, que les cuidaban los lugares a los más grandes. Pues bien, esos chicos pusieron en serios aprietos a los millonarios. Quisieron hacerse notar frente a los grandes desafíos que asoman en el horizonte. Sobre todo el mano a mano con Vélez, por la Copa Libertadores.

Había un asunto pendiente, según se intuyó desde el comienzo. Abundó la pierna fuerte sin distinguirse la camiseta. Volaron las tarjetas amarillas. También una roja, para Cubas, de Boca, que excedió con el temperamento ni bien comenzó el segundo tiempo. Le costó caro, además, a Vangioni, apuntado desde hacía rato por las continuas infracciones. Fue cuando se emparejó el desarrollo, aunque poco podía hacer River en un segundo tiempo en el que no encontraba los caminos. Maidana acrecentó el desconcierto y se fue antes por un golpe a Gigliotti.

Boca siempre dio la impresión de que, además de fijarse en el superclásico de verano, tenía la vista enfocada en lo que vendrá. Cada uno de sus jugadores, del primero al último, se movió con la actitud de una final. Quisieron demostrarle a Arruabarrena que estaban listos para los grandes compromisos. En la presión alta estuvo uno de los secretos. El otro fue la rápida distribución y la movilidad de los volantes. Así nació el gol. Cristaldo definió después de una combinación entre Fuenzalida y Pablo Pérez. Boca concretó lo que había insinuado con un creciente entusiasmo.

River no se reencontró con River. Lo intentó de todas las maneras. Con las fórmulas conocidas y con algunas nuevas. Pity Martínez, que entró por Mercado y que debutó en River, no tuvo demasiada participación, más allá de la jugada que terminó con la roja para Cubas. Tampoco desequilibraron los conocidos. Teo Gutiérrez se mostró aislado. Pisculichi apareció con cuentagotas. Carlos Sánchez perdió más de lo que acertó. Todo se volvió demasiado complicado para River.

Boca tenía demasiadas ganas de ganar el superclásico. Lo demostró en cada pelota. No hizo falta ser demasiado agudo para darse cuenta de que tenía un asunto pendiente. Acaso con aquella semifinal en la Copa Sudamerica, que tanta polvareda levantó. Pero, principalmente, consigo mismo. Porque los xeneizes se debían un triunfo tan grande como la misma Bombonera. Las penas no son eternas. Pasan. Como las tormentas. Y hoy, por la Ribera, asomó el primer rayo de sol.ß