La audiencia general del último miércoles de octubre que el Papa Francisco celebró en una lluviosa Plaza de San Pedro ante miles de fieles y peregrinos de numerosos países, tuvo un carácter interreligioso para recordar juntos – tal como el mismo Pontífice explicó – el 50° aniversario de la Declaración del Concilio Vaticano II “Nostra ætate” sobre las relaciones de la Iglesia Católica con las religiones no cristianas.

Por esta razón, al dirigirse – hablando en italiano – a los numerosos fieles presentes el Santo Padre explicó que a estas audiencias semanales suelen asistir personas o grupos pertenecientes a otras religiones; mientras en esta ocasión su presencia era especial, en virtud del recuerdo de los cincuenta años transcurridos desde la promulgación de la Declaración Conciliar sobre las relaciones de la Iglesia Católica con las religiones no cristianas.

Y añadió que este tema fue de gran interés para el beato Papa Pablo VI, quien ya en la fiesta de Pentecostés del año anterior a la conclusión del Concilio, había instituido el Secretariado para los no cristianos, actual Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso.

Francisco expresó su gratitud y calurosa bienvenida a las personas y a los grupos de diversas religiones, de modo especial – dijo – a los que vinieron desde lejos. Tras afirmar que el Concilio Vaticano II fue un tiempo extraordinario de reflexión, diálogo y oración para renovar la mirada de la Iglesia Católica sobre sí misma y sobre el mundo, el Papa destacó brevemente algunos puntos del mensaje siempre actual de la declaración “Nostra ætate”.

Entre ellos: la creciente interdependencia de los pueblos; la búsqueda del sentido de la vida, del sufrimiento y de la muerte; el origen y destino común de la humanidad; la unicidad de la familia humana; o las religiones como búsqueda de Dios o de lo absoluto en las diversas etnias y culturas.

Entre los tantos eventos e iniciativas que se llevaron a cabo en estos últimos cincuenta años, el Santo Padre destacó el Encuentro de Asís del 27 de octubre de 1986 querido por San Juan Pablo II, quien, además, hace treinta años se dirigía a los jóvenes musulmanes en Casablanca deseando que todos los creyentes en Dios favorecieran la amistad y la unión entre los hombres y los pueblos. Por esta razón afirmó que “la llama encendida en Asís, se ha extendido a todo el mundo y constituye un signo permanente de esperanza”.

El Obispo de Roma se refirió, con especial gratitud a Dios, a la trasformación que tuvo en estos cincuenta años la relación entre cristianos y judíos, en que la indiferencia y oposición, dejaron paso a la colaboración y a la benevolencia. “De enemigos y extraños – dijo – nos hemos vuelto amigos y hermanos”.

Francisco afirmó asimismo que el mundo exhorta a los creyentes a colaborar entre nosotros y con los hombres y mujeres de buena voluntad que no profesan religión alguna, pidiendo respuestas efectivas sobre temas tan diversos como la paz, el hambre, la miseria que aflige a millones de personas, la crisis ambiental, la violencia, especialmente la cometida en nombre de la religión, la corrupción, la degradación moral, las crisis de la familia, de la economía, de la finanza, y, sobre todo, de la esperanza.

Hacia el final de su catequesis el Papa dijo que el inminente Jubileo Extraordinario de la Misericordia, es una ocasión propicia para trabajar juntos en el ámbito de las obras de caridad, en el que cuenta especialmente la compasión y al que pueden unirse tantas personas que no se sienten creyentes o que están en busca de Dios y de la verdad.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

Texto de la catequesis del Papa traducida del italiano:

Queridos hermanos y hermanas buenos días,

En las Audiencias generales hay a menudo personas o grupos pertenecientes a otras religiones; pero hoy esta presencia es del todo particular, para recordar juntos el 50º aniversario de la Declaración del Concilio Vaticano II Nostra aetate sobre las relaciones de la Iglesia Católica con las religiones no cristianas. Este tema estaba fuertemente en el corazón del beato Papa Pablo VI, que en la fiesta de Pentecostés del año anterior al final del Concilio había instituido el Secretariado para los no cristianos, hoy Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso. Expreso por eso mi gratitud y mi calurosa bienvenida a personas y grupos de diferentes religiones, que hoy han querido estar presentes, especialmente a quienes vienen de lejos.

El Concilio Vaticano II ha sido un tiempo extraordinario de reflexión, diálogo y oración para renovar la mirada de la Iglesia Católica sobre sí misma y sobre el mundo. Una lectura de los signos de los tiempos en miras a una actualización orientada a una doble fidelidad: fidelidad a la tradición eclesial y fidelidad a la historia de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. De hecho Dios, que se ha revelado en la creación y en la historia, que ha hablado por medio de los profetas y completamente en su Hijo hecho hombre (cfr Heb 1,1), se dirige al corazón y al espíritu de cada ser humano que busca la verdad y los caminos para practicarla.

El mensaje de la Declaración Nostra aetate es siempre actual. Recuerdo brevemente algunos puntos:

  • La creciente interdependencia de los pueblos (cfr n. 1);
  • La búsqueda humana de un sentido de la vida, del sufrimiento, de la muerte, preguntas que siempre acompañan nuestro camino (cfr n.1);
  • El origen común y el destino común de la humanidad (cfr n. 1);
  • La unicidad de la familia humana (cfr n. 1);
  • Las religiones como búsqueda de Dios o del Absoluto, en el interior de las varias etnias y culturas (cfr n. 1);
  • La mirada benévola y atenta de la Iglesia sobre las religiones: ella no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de bello y verdadero (cfr n. 2);
  • La Iglesia mira con estima los creyentes de todas las religiones, apreciando su compromiso espiritual y moral (cfr n. 3);
  • La Iglesia abierta al diálogo con todos, y al mismo tiempo fiel a la verdad en la que cree, por comenzar en aquella que la salvación ofrecida a todos tiene su origen en Jesús, único salvador, y que el Espíritu Santo está a la obra, fuente de paz y amor.

Son tantos los eventos, las iniciativas, las relaciones institucionales o personales con las religiones no cristianas de estos últimos cincuenta años y es difícil recordar todos. Un hecho particularmente significativo ha sido el Encuentro de Asís del 27 de octubre de 1986. Este fue querido y promovido por san Juan Pablo II, quien un año antes, es decir hace treinta años, dirigiéndose a los jóvenes musulmanes en Casablanca deseaba que todos los creyentes en Dios favorecieran la amistad y la unión entre los hombres y los pueblos (19 de agosto de 1985). La llama, encendida en Asís, se ha extendido en todo el mundo y constituye un signo permanente de esperanza.

Una especial gratitud a Dios merece la verdadera y propia transformación que ha tenido en estos 50 años la relación entre cristianos y judíos. Indiferencia y oposición se transformaron en colaboración y benevolencia. De enemigos y extraños nos hemos transformado en amigos y hermanos. El Concilio, con la Declaración Nostra aetate, ha trazado el camino: “si” al redescubrimiento de las raíces judías del cristianismo; “no” a cualquier forma de antisemitismo y condena de todo insulto, discriminación y persecución que se derivan. El conocimiento, el respeto y la estima mutua constituyen el camino que, si vale en modo peculiar para la relación con los judíos, vale análogamente también para la relación con las otras religiones. Pienso en particular en los musulmanes, que -como recuerda el Concilio- «adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y omnipotente, creador del cielo y de la tierra, que ha hablado a los hombres» (Nostra aetate, 5). Ellos se refieren a la paternidad de Abraham, veneran a Jesús como profeta, honran a su Madre virgen, María, esperan el día del juicio, y practican la oración, la limosna y el ayuno (cfr ibid).

El diálogo que necesitamos no puede ser sino abierto y respetuoso, y entonces se revela fructífero. El respeto recíproco es condición y, al mismo tiempo, fin del diálogo interreligioso: respetar el derecho de otros a la vida, a la integridad física, a las libertades fundamentales, es decir a la libertad de conciencia, de pensamiento, de expresión y de religión.

El mundo nos mira a nosotros los creyentes, nos exhorta a colaborar entre nosotros y con los hombres y las mujeres de buena voluntad que no profesan alguna religión, nos pide respuestas efectivas sobre numerosos temas: la paz, el hambre, la miseria que aflige a millones de personas, la crisis ambiental, la violencia, en particular aquella cometida en nombre de la religión, la corrupción, el degrado moral, la crisis de la familia, de la economía, de las finanzas y sobre todo de la esperanza. Nosotros creyentes no tenemos recetas para estos problemas, pero tenemos un gran recurso: la oración. Y nosotros creyentes rezamos, debemos rezar. La oración es nuestro tesoro, a la que nos acercamos según nuestras respectivas tradiciones, para pedir los dones que anhela la humanidad.

A causa de la violencia y del terrorismo se ha difundido una actitud de sospecha o incluso de condena de las religiones. En realidad, aunque ninguna religión es inmune del riesgo de desviaciones fundamentalistas o extremistas en individuos o grupos (cfr Discurso al Congreso EEUU, 24 de septiembre de 2015), es necesario mirar los valores positivos que viven y proponen y que son fuentes de esperanza. Se trata de alzar la mirada para ir más allá. El diálogo basado sobre el confiado respeto puede llevar semillas de bien que se transforman en brotes de amistad y de colaboración en tantos campos, y sobre todo en el servicio a los pobres, a los pequeños, a los ancianos, en la acogida de los migrantes, en la atención a quien es excluido. Podemos caminar juntos cuidando los unos de los otros y de lo creado. Todos los creyentes de cada religión. Juntos podemos alabar al Creador por habernos dado el jardín del mundo para cultivar y cuidar como bien común, y podemos realizar proyectos compartidos para combatir la pobreza y asegurar a cada hombre y mujer condiciones de vida dignas.

El Jubileo Extraordinario de la Misericordia, que está delante de nosotros, es una ocasión propicia para trabajar juntos en el campo de las obras de caridad. Y en este campo, donde cuenta sobretodo la compasión, pueden unirse a nosotros tantas personas que no se sienten creyentes o que están en búsqueda de Dios y de la verdad, personas que ponen al centro el rostro del otro, en particular el rostro del hermano y de la hermana necesitados. Pero la misericordia a la cual somos llamados abraza a todo el creado, que Dios nos ha confiado para ser cuidadores y no explotadores, o peor todavía, destructores. Debemos siempre proponernos dejar el mundo mejor de como lo hemos encontrado (cfr Enc. Laudato si’, 194), a partir del ambiente en el cual vivimos, de nuestros pequeños gestos de nuestra vida cotidiana.

Queridos hermanos y hermanas, en cuanto al futuro del diálogo interreligioso, la primera cosa que debemos hacer es rezar. Y rezar los unos por los otros, somos hermanos. Sin el Señor, nada es posible; con Él, ¡todo se convierte! Que nuestra oración pueda, cada uno según la propia tradición, pueda adherirse plenamente a la voluntad de Dios, quien desea que todos los hombres se reconozcan hermanos y vivan como tal, formando la gran familia humana en la armonía de la diversidad. Gracias. (Traducido por Mercedes De La Torre – Radio Vaticano).

Diálogo entre religiones por un mundo de justicia y de paz y ayuda a Pakistán y Afganistán

En la audiencia general interreligiosa, en conmemoración de la Declaración conciliar Nostra Aetate, el Papa Francisco pronunció un apremiante llamamiento ante el trágico terremoto con epicentro en Afganistán que asoló también Pakistán, asegurando cercanía y oración y pidiendo que se ayude a las poblaciones afectadas:

«Estamos cerca de las poblaciones de Pakistán y de Afganistán golpeadas por un fuerte terremoto, que ha causado numerosas víctimas e ingentes daños. Oremos por los difuntos y sus familiares, por todos los heridos y los sin techo, implorando de Dios alivio en el sufrimiento y coraje en la adversidad. Que no falte a estos hermanos nuestra solidaridad concreta».

En sus palabras a los peregrinos llegados de tantas partes del mundo, el Obispo de Roma hizo hincapié en la necesidad de renovar las oraciones y los compromisos para establecer un diálogo  fraterno y fructuoso con cuantos pertenecen a otras religiones, para construir un mundo de justicia y de paz. Y renovó su exhortación a ser levadura también en la promoción del diálogo con las otras religiones y las personas de buena voluntad, anhelando construir un mundo más fraterno y justo.

¡Acuérdense siempre que podemos caminar juntos cuidándonos los unos a los otros y a la creación! – invitó el Santo Padre tras recordar que el diálogo basado en el respeto confiado puede brindar semillas de bien, que a su vez se vuelven brotes de amistad y de colaboración en todos los ámbitos, sobre todo en el servicio a los pobres, a los pequeños a los ancianos, en la acogida a los migrantes, en la atención a los excluidos:

«Hermanos y hermanas, hace cincuenta años fue promulgada la Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas: ella nos muestra la tarea particular de la Iglesia universal de reforzar el diálogo entre los hombres y entre las religiones. Durante el próximo Jubileo extraordinario de la Misericordia, dediquémonos a esta tarea a través de la oración y con la solicitud por el desarrollo de obras de caridad. Bendigo a todos aquellos que emprenden estas iniciativas».

Como en otras oportunidades, antes de llegar a la Plaza de San Pedro, el Santo Padre fue a saludar a los enfermos, que siguieron la audiencia desde el Aula Pablo VI, debido a la lluvia intermitente que caía sobre Roma. Rezó con ellos un Ave María y les dio su bendición.

En el día de la fiesta de los Santos Simón y Judas Tadeo, el Papa deseó que el recuerdo de los Apóstoles, primeros testigos del Evangelio, acreciente la fe y aliente la caridad. Y en sus palabras a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados, alentó a invocar a la Madre de Jesús, a rezar el Rosario y a imitar su amor.

«Al concluir el mes de octubre invoquemos a María, la Madre de Jesús. Queridos jóvenes, aprendan a rezarle con el rezo sencillo y eficaz del Rosario. Queridos enfermos, que la Virgen los sostenga en la prueba del dolor. Queridos recién casados, ¡imiten su amor a Dios y a los hermanos!»

Y para terminar la audiencia, el Papa Bergoglio pidió a cada uno que se uniera en oración en silencio, cada uno según su tradición religiosa:

«Pidamos al Señor, que nos haga más hermanos entre nosotros y más servidores de nuestros hermanos más necesitados. Oremos en silencio y que Dios nos bendiga a todos».

(CdM – RV)

“El respeto recíproco es la condición y el fin del diálogo interreligioso”

En el marco de celebración de los 50 años de la promulgación de la Declaración conciliar Nostra Aetate, el Papa Francisco realizó su catequesis, y ante miles de peregrinos que se dieron cita en la Plaza de San Pedro, recordó la importancia de este documento sobre el diálogo interreligioso.

“Queridos hermanos y hermanas: doy la bienvenida y agradezco a todas las personas y grupos de diversas religiones presentes en este encuentro para recordar juntos el 50 aniversario de la Declaración del Concilio Vaticano II Nostra aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Con este importante documento, la Iglesia manifestaba su aprecio y estima por los creyentes de todas las religiones y todo lo que de bueno y de hermoso hay en ellas”.

En este sentido, el Obispo de Roma señaló la trascendencia de este evento eclesial en la vida de la Iglesia y la sociedad contemporánea. “El Concilio Vaticano II ha sido un tiempo extraordinario de reflexión, diálogo y oración para renovar la mirada de la Iglesia católica sobre sí misma y sobre el mundo. Una lectura de los signos de los tiempos en vista de una actualización orientada por una doble fidelidad: fidelidad a la tradición eclesial y fidelidad a la historia de los hombres y mujeres de nuestro tiempo”.

“En estos últimos años han sido numerosas las iniciativas, las relaciones institucionales o personales con las religiones no cristianas, encaminadas a promover la amistad y la unión entre los hombres. El Señor desea que todos los hombres se reconozcan hermanos y vivan como tales, formando la gran familia humana en la armonía de la diversidad”.

Por ello, es necesario tener presente afirmó el Pontífice, las raíces judías del cristianismo y los cambios que se han dado en las últimas décadas en las relaciones entre judíos y cristianos. “Un especial agradecimiento a Dios merece la verdadera transformación que se ha realizado en estos 50 años en la relación entre cristianos y judíos. Indiferencia y oposición se han transformado en colaboración y benevolencia. De enemigos y extraños, nos hemos convertido en amigos y hermanos”.

El mundo nos mira a nosotros los creyentes, nos llama a colaborar entre nosotros y con los hombres y las mujeres de buena voluntad que no profesan alguna religión. Es importante continuar con un diálogo interreligioso abierto y respetuoso, que ayude a conocerse más y afrontar juntos muchos de los problemas que afligen a la humanidad, como el servicio a los pobres, a los excluidos, a los ancianos, la acogida a los emigrantes, el cuidado de la creación, así como asegurar a todas las personas una vida más digna.

Para lograr esto, dijo el Sucesor de Pedro, se necesita la colaboración de todos los hombres de buena voluntad, que a pesar de no profesar un credo religioso buscan con esperanza afrontar los desafíos del mundo de hoy. “Nosotros los creyentes no tenemos recetas para estos problemas, pero tenemos un gran recurso: la oración. La oración es nuestro tesoro, a la cual nos dirigimos según las respectivas tradiciones, para pedir los dones a los cuales anhela la humanidad”.

“A causa de la violencia y del terrorismo se ha difundido una actitud de sospecha o incluso de condena de las religiones. En realidad, si bien, ninguna religión este  inmune del riesgo de desviaciones fundamentalistas o extremistas de individuos o grupos, es necesario mirar los valores positivos que estos viven y proponen, y que son fuente de esperanza”.

Debemos dejar un mundo mejor de cómo lo hemos encontrado. Y para favorecer este diálogo lo más importante que podemos hacer es rezar. Con el Señor todo es posible.

Un momento oportuno para poner en acto estas iniciativas, precisó el Pontífice, nos lo da el Jubileo de la Misericordia, tiempo propicio para vivir el dialogo y la apertura. “El Jubileo Extraordinario de la Misericordia, que está ante nosotros, es una ocasión propicia para trabajar juntos en el campo de las obras de caridad. En este campo, donde cuenta sobre todo la compasión, pueden unirse a nosotros tantas personas que no se sienten creyentes o que están en búsqueda de Dios y de la verdad, personas que ponen al centro el rostro del otro, en especial el rostro del hermano o de la hermana necesitado. Pero la misericordia a la cual estamos llamados abraza toda la creación, que Dios nos ha confiado para que seamos custodios, y no explotadores o, peor aún, destructores”.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)

FuenteRadio Vaticana
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