Con la liturgia del segundo domingo de Adviento, el Papa Francisco introdujo el rezo dominical a la Madre de Dios, señalando que «la voz del Bautista grita aún en los desiertos de hoy de la humanidad, que son las mentes cerradas y los corazones duros, y nos provoca para que nos preguntemos si efectivamente estamos recorriendo el camino justo, viviendo una vida según el Evangelio».

Hoy, como entonces, él nos amonesta con las palabras del profeta Isaías:«Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos» (v. 4). Es una invitación apremiante a abrir el corazón y a recibir la salvación que Dios nos ofrece incesantemente, casi con testarudez, porque nos quiere a todos libres de la esclavitud del pecado. Pero el texto del profeta dilata esa voz, preanunciando que «todos los hombres verán la Salvación de Dios» (v. 6). La salvación es ofrecida a todo hombre, a todo pueblo, sin excluir a nadie, porque Dios quiere que todos los hombres sean salvados por medio de Jesucristo, único mediador (cfr 1 Tm 2,4-6)

Sin avergonzarnos del Evangelio, perdonar y pedir perdón, llorar con los que lloran, alegrarnos con los que se alegran

Reiterando que todos estamos llamados a hacer conocer a Jesús en todos los ámbitos de nuestra vida y a cuantos no lo conocen aún, y evocando las palabras de san Pablo – «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 9,16), el Obispo de Roma alentó a tener los mismos sentimientos de Jesús y a ser valientes: «allanar las montañas del orgullo y de la rivalidad, rellenar los abismos excavados de la indiferencia y de la apatía, enderezar los senderos de nuestras perezas y de nuestros acomodamientos».

Invocando la ayuda de la Virgen María para derribar las barreras y los obstáculos que impiden nuestra conversión, es decir nuestro camino hacia el encuentro con el Señor Jesús, el Papa recordó que «¡solo Él puede dar cumplimiento a todas las esperanzas del hombre!»

(CdM – RV)

Voz y texto completo de las palabras del Papa Francisco para introducir el rezo del Ángelus

«¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

En este segundo domingo de Adviento, la liturgia nos pone a la escuela de Juan el Bautista, que predicaba «anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados» (Lc 3,3). Y nosotros quizá nos preguntemos: «¡Por qué nos tendríamos que convertir? La conversión es para el que de ateo se vuelve creyente, de pecador se hace justo, pero nosotros no la necesitamos, acaso ¿ya no somos cristianos? Podemos preguntarnos esto y sentirnos que estamos que estamos bien. Y ello no es verdad. Pensando de este modo, nos damos cuenta de que es precisamente por esta presunción – de que estamos en lo justo – y precisamente por esta presunción, es que nos debemos convertir: de la suposición de que, en fin de cuentas, va bien así y no necesitamos conversión alguna.

Pero preguntémonos: ¿es cierto que en las diversas situaciones y circunstancias de la vida, tenemos en nosotros los mismos sentimientos de Jesús? ¿Es verdad que sentimos como siente Jesús? Por ejemplo, cuando sufrimos algún mal o alguna afrenta  ¿podemos reaccionar sin animosidad de corazón y perdonar a los que nos piden perdón? ¡Qué difícil es perdonar, eh! ¡Qué difícil! ‘Me la vas a pagar: esta palabra viene de dentro, ¿eh? Cuando estamos llamados a compartir alegrías y tristezas, ¿sabemos llorar sinceramente con el que llora y alegrarnos con el que se alegra? Cuando debemos expresar nuestra fe, ¿sabemos hacerlo con valentía y sencillez, sin avergonzarnos del Evangelio? ¡Y así podemos plantearnos tantas preguntas! ¡No estamos bien…, siempre debemos convertirnos, tener los mismos sentimientos que tenía Jesús.

La voz del Bautista grita aún en los desiertos de hoy de la humanidad, que son – ¿cuáles son los desiertos de hoy? – son las mentes cerradas y los corazones duros, y nos provoca para que nos preguntemos si efectivamente estamos recorriendo el camino justo, viviendo una vida según el Evangelio. Hoy, como entonces, él nos amonesta con las palabras del profeta Isaías: «¡Preparen el camino del Señor!» (v. 4). Es una invitación apremiante a abrir el corazón y recibir la salvación que Dios nos ofrece incesantemente, casi con testarudez, porque nos quiere a todos libres de la esclavitud del pecado. Pero el texto del profeta dilata esa voz, preanunciando que «todos los hombres verán la Salvación de Dios» (v. 6). Y la salvación es ofrecida a todo hombre, a todo pueblo, sin excluir a nadie, a cada uno de nosotros: nadie de nosotros puede decir: ‘Yo soy santo, yo soy perfecto, yo ya estoy salvado’ No. Siempre debemos aceptar este ofrecimiento de la salvación, y por ello el Año de la Misericordia: para avanzar más en ese camino de la salvación, ese camino que nos ha enseñado Jesús. Dios quiere que todos los hombres sean salvados por medio de Jesucristo, único mediador (cfr 1 Tm 2,4-6).

Por lo tanto cada uno de nosotros está llamado a hacer conocer a Jesús a cuantos no lo conocen aún: pero ello no es hacer proselitismo. No: es abrir una puerta. «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 9,16), declaraba san Pablo. Si a nosotros el Señor Jesús nos ha cambiado la vida, y nos la cambia cada vez que acudimos a Él, ¿cómo no sentir la pasión de hacerlo conocer a cuantos encontramos en el trabajo, en la escuela, a los vecinos de casa, en un condominio, en los hospitales, en los lugares de recreo? Si nos miramos a nuestro alrededor, encontramos a personas que estarían dispuestas a comenzar o a volver a comenzar un camino de fe, si encontraran a cristianos enamorados de Jesús. ¿no deberíamos y no podríamos ser nosotros esos cristianos? Les dejo esta pregunta: ¿De verdad estoy enamorado de Jesús? ¿Estoy convencido de que Jesús me ofrece y me da la salvación? Y, si estoy enamorado, ¡tengo que hacerlo conocer! Pero debemos ser valientes: allanar las montañas del orgullo y de la rivalidad, rellenar los abismos excavados de la indiferencia y de la apatía, enderezar los senderos de nuestras perezas y de nuestros acomodamientos.

Que nos ayude la Virgen María – que es Madre y sabe cómo hacerlo – a derribar las barreras y los obstáculos que impiden nuestra conversión, es decir nuestro camino hacia el encuentro con el Señor ¡Solamente Él puede dar cumplimiento a todas las esperanzas del hombre!»

(Traducción del italiano: Cecilia de Malak – RV)

La Inmaculada Concepción icono sublime de la misericordia divina

Tras celebrar la Misa de inicio del Jubileo de la Misericordia y abrir la Puerta Santa de la Basílica vaticana de San Pedro, el Papa Francisco ha dirigido el rezo del Ángelus ante miles de fieles reunidos en la plaza de San Pedro.

Antes del rezo del Ángelus el Papa recordó que en la fiesta de la Inmaculada Concepción quien es “nuestra hermana en el sufrimiento, pero no en el mal y ni en el pecado” además indicó que la Inmaculada “se ha convertido en icono sublime de la misericordia divina que ha vencido el pecado” por lo que nosotros, al inicio del Jubileo de la Misericordia, “queremos mirar a este icono con amor confiado y contemplarla en todo su esplendor, imitándola en la fe”.

Asimismo el Papa explicó que celebrar esta fiesta implica dos cosas: acoger plenamente a Dios y su gracia misericordiosa en nuestra vida y transformarse a su vez en artífices de misericordia a través de un auténtico camino evangélico”.

En esta línea, la fiesta de la Inmaculada se transforma en “la fiesta de todos nosotros si, con nuestros “sí” cotidianos, conseguimos vencer nuestro egoísmo y hacer más feliz la vida de nuestros hermanos, a donarles esperanza, enjugando aquellas lágrimas y donando un  poco de alegría”.

(Mercedes De La Torre – Radio Vaticano).

Texto de las palabras del Papa al dirigir el rezo del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días y buena fiesta!

Hoy, la fiesta de la Inmaculada nos hace contemplar a la Virgen, que, por individual privilegio, ha sido preservada del pecado original desde su concepción. Aunque vivía en el mundo marcado por el pecado, no fue tocada: María es nuestra hermana en el sufrimiento, pero no en el mal y ni en el pecado. Más bien, el mal en ella ha sido derrotado antes aún de tocarla, porque Dios la ha llenado de gracia (cfr Lc 1,28). La Inmaculada Concepción significa que María es la primera salvada por la infinita misericordia del Padre, tal primicia de la salvación que Dios quiere donar a cada hombre y mujer, en Cristo. Por esto la Inmaculada se ha convertido en icono sublime de la misericordia divina que ha vencido el pecado. Y nosotros, hoy, al inicio del Jubileo de la Misericordia, queremos mirar a este icono con amor confiado y contemplarla en todo su esplendor, imitándola en la fe.

En la concepción inmaculada de María estamos invitados a reconocer la aurora del mundo nuevo, transformado por la obra salvadora del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La aurora de la nueva creación actuada por la divina misericordia. Por esto la Virgen María, nunca fue manchada por el pecado está siempre llena de Dios, es madre de una humanidad nueva. Y madre del mundo recreado.

Celebrar esta fiesta implica dos cosas. Dos cosas: primero, acoger plenamente a Dios y su gracia misericordiosa en nuestra vida; segundo, transformarse a su vez en artífices de misericordia a través de un camino evangélico. La fiesta de la Inmaculada se transforma en la fiesta de todos nosotros si, con nuestros “sí”, estos “si” cotidianos, conseguimos vencer nuestro egoísmo y hacer más feliz la vida de nuestros hermanos, a donarles esperanza, enjugando aquellas lágrimas y donando un  poco de alegría. A imitación de María, estamos llamados a transformarnos en portadores de Cristo y testigos de su amor, mirando en primer lugar a aquellos que son privilegiados a los ojos de Jesús: «porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver». (Mt 25, 35-36).

La fiesta de hoy de la Inmaculada Concepción tiene un específico mensaje para comunicarnos: nos recuerda que nuestra vida es un don, todo es misericordia. La Virgen Santa, primicia de los salvados, modelo de la Iglesia, esposa santa e inmaculada, amada por el Señor, nos ayude a redescubrir siempre más la misericordia divina como distintivo del cristiano. No se puede entender un cristiano verdadero que no sea misericordioso, como no se puede entender a Dios sin su misericordia. Esa es la palabra-síntesis del Evangelio: misericordia. Es el rasgo fundamental del rostro de Cristo: aquel rostro que nosotros reconocemos en los diversos aspectos de su existencia: cuando va al encuentro de todos, cuando sana a los enfermos, cuando se sienta en la mesa con los pecadores, y sobre todo cuando, clavado sobre la cruz, perdona; allí nosotros vemos el rostro de la misericordia divina. No tengamos miedo: dejémonos abrazar por la misericordia de Dios que nos espera y perdona todo. Nada es más dulce que su misericordia. Dejémonos acariciar por Dios: es tan bueno, el Señor, y perdona todo.

Por intercesión de María Inmaculada, la misericordia tome posesión de nuestros corazones y transforme toda nuestra vida.

(Traducción por Mercedes De La Torre – Radio Vaticano).

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

los saludo a todos con afecto, especialmente a las familias, a los grupos parroquiales y a las asociaciones. Dedico un pensamiento especial a los socios de la Acción Católica Italiana que hoy renuevan la adhesión a la Asociación: les deseo un buen camino de formación y de servicio, siempre animado por la oración.

Esta tarde iré a Plaza de España, para rezar a los pies del monumento a la Inmaculada. Y después iré a Santa María La Mayor. Les pido que se unan espiritualmente a mí en esta peregrinación, que es un acto de devoción filial a María, Madre de Misericordia. A Ella confiaré la Iglesia y la humanidad entera y en modo particular a la ciudad de Roma. Hoy, al inicio, también ha cruzado la Puerta de la Misericordia el Papa Benedicto XVI: ¡enviémosle desde aquí un saludo, todos, al Papa Benedicto!

A todos les deseo una buena fiesta y un Año Santo rico de frutos, con la guía y la intercesión de nuestra Madre. Un Año Santo lleno de misericordia: para ustedes y por ustedes para los otros. ¡Por favor, pidan esto al Señor también por mí, que lo necesito tanto! ¡Buen almuerzo y hasta la vista!

(Traducción por Maria Cecilia Mutual – Radio Vaticano).

Mitigar los impactos del cambio climático, contrastar la pobreza y hacer florecer la dignidad humana

En sus palabras después de la oración del Ángelus, el Papa Francisco hizo referencia, en primer lugar, a la XXI Conferencia Internacional sobre el Cambio Climático que se está llevando a cabo en París, pidiendo que «por el bien de la casa común, de todos nosotros y de las futuras generaciones», todo el esfuerzo de las autoridades y de las personas responsables de tomar decisiones, esté dirigido a la mitigación de los impactos de los cambios climáticos, a contrastar la pobreza y a hacer florecer la dignidad humana.

Recordamos que hace pocos días atrás en su discurso a la ONU en Nairobi, afirmaba que «sería triste» y «hasta catastrófico», que «los intereses particulares prevalezcan sobre el bien común y lleven a manipular la información para proteger sus proyectos». En esa ocasión reiteró que «el cambio climático es un problema global con graves dimensiones ambientales, sociales, económicas, distributivas y políticas», e hizo un llamamiento a dar respuestas «que incorporen una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los más postergados».

Por otra parte en el corazón del Papa el camino hacia la unidad de los cristianos, en el quincuagésimo aniversario de la eliminación de las sentencias de excomunión intercambiadas entre la Iglesia de Roma y de Constantinopla en 1054, seguido por un pedido de oración por el Patriarca Ecuménico Bartolomé y por los demás jefes de las Iglesias Ortodoxas: «que las relaciones entre católicos y ortodoxos se inspiren siempre en el amor fraterno», dijo. Asimismo una oración para que la fidelidad de los nuevos beatos proclamados ayer en Perú, Michael Tomaszek, ZbigniewStrzałkowski y Alessandro Dordi sea fuente de fortaleza «para los cristianos perseguidos en el mundo».

(GM – RV)

Texto completo de las palabras del Papa después de la oración del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

Sigo con gran atención los trabajos de la Conferencia sobre el clima en curso en París, y me vuelve a la mente una pregunta que hice en la encíclica Laudato si »¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?» (n. 160). Por el bien de la casa común, de todos nosotros y de las futuras generaciones, en París todo el esfuerzo debe estar dirigido a la mitigación de los impactos de los cambios climáticos y, al mismo tiempo, a contrastar la pobreza para que florezca la dignidad humana. Recemos para que el Espíritu Santo ilumine a todos los que están llamados a tomar decisiones tan importantes y les dé el coraje de tener siempre como criterio de elección el bien mayor para la familia humana.

Mañana se celebra el quincuagésimo aniversario de un acontecimiento memorable entre católicos y ortodoxos. El 7 de diciembre de 1965, en la vigilia de la conclusión del Concilio Vaticano II, con una Declaración común del Papa Pablo VI y del Patriarca Ecuménico Atenágoras, se eliminaban de la memoria las sentencias de excomunión intercambiadas entre la Iglesia de Roma y la de Constantinopla en 1054. Es realmente providencial que aquel gesto histórico de reconciliación, que ha creado las condiciones para un nuevo diálogo entre ortodoxos y católicos en el amor y la verdad, sea recordado precisamente en el inicio del Jubileo de la Misericordia. No hay un auténtico camino hacia la unidad sin un pedido de perdón a Dios y entre nosotros, por el pecado de la división. Recordemos en nuestras oraciones al querido Patriarca Ecuménico Bartolomé y a los demás jefes de las Iglesias ortodoxas, y pidamos al Señor que las relaciones entre católicos y ortodoxos se inspiren siempre en el amor fraterno.

Ayer, en Chimbote (Perú), fueron proclamados beatos Michael Tomaszek y Zbigniew Strzałkowski, Franciscanos Conventuales, y Alessandro Dordi, sacerdote fidei donum, asesinados por odio a la fe en 1991. Que la fidelidad de estos mártires en el seguimiento de Cristo dé la fuerza a todos nosotros, pero especialmente a los cristianos perseguidos en diferentes partes del mundo, para dar testimonio valiente del Evangelio.

Saludo a todos ustedes, peregrinos que han venido de Italia y de diversos países; ¡hay muchas banderas! En particular al coro litúrgico de Milherós de Poiares y a los fieles de Casal de Cambra, Portugal. Saludo a los participantes en el Congreso del Movimiento de Compromiso Educativo de Acción Católica, a los fieles de Biella, Milán, Cusano Milanino, Neptuno, Rocca di Papa y Foggia; a los confirmandos de Roncone y de Settimello, a la Banda de Calangianus y al Coro de Taio.

Les deseo a todos un buen domingo y una buena preparación para el inicio del Año de la Misericordia. Por favor no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!

Traducción del italiano: Griselda Mutual, Radio Vaticana

FuenteRadio Vaticana
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