Los hechos trágicos son una constante del Dakar, que en sus 36 años de competencia se cobró ya más de 63 vidas (existen cifras negras que se pasan por alto). Pilotos, navegantes, periodistas, espectadores y hasta personas que no tenían ningún interés por el rally encontraron la muerte de las más variadas formas.
Catamarca no es la excepción en los hechos luctuosos. Desde que se incluyó a nuestra provincia en los tramos, cinco personas no regresaron jamás a sus casas tras quedar sumidas en la vorágine de los fierros más poderosos del planeta, tripulados por pilotos extenuados que atraviesan a velocidades desenfrenadas por las más variadas geografías.
La primera muerte en esta provincia a causa del Dakar fue la de Marcelo Reales (42 años) en 2011. Reales era un cosechero rural que iba en su Rastrojero por la ruta 60, ajeno totalmente a la parafernalia de los motores. Cerca del ingreso a La Aguadita, el piloto Eduardo Amor, quien venía retrasado, fuera de camino y ya había soportado un intenso tramo en Chile, se quedó dormido unos segundos. Tras cruzarse de carril, impactó al Rastrojero y provocó la muerte de Reales. Pese a una presentación judicial hecha por su madre, en 2012 Amor volvió a correr por el lugar.
El 9 de enero de 2014, Daniel Eduardo D’ambrosio (exnavegante de rally) y Agustín Ignacio Mina (joven estudiante de periodismo de apenas 20 años), apasionados por la competencia, murieron cuando junto a otros reporteros sufrieron un vuelco en la Cuesta de La Chilca, en el departamento Andalgalá. Ambos eran oriundos de Villa Carlos Paz, provincia de Córdoba.
En marzo de ese año, los padres del joven Mina volvieron al hospital José Chaín Herrera de Andalgalá y realizaron una donación de insumos. Conmovidos por lo ocurrido, decidieron ayudar con una movida solidaria para el lugar donde descansaron los restos de su hijo hasta que pudieron viajar a buscarlos.
En la edición 2014 del Dakar también murió José Carne, un hombre de 68 años que provenía de Buenos Aires. Carne fue internado de urgencia en el hospital zonal de Belén tras haberse descompensado en las dunas de Loro Huasi, donde seguía el paso de la competición. Las altas temperaturas a las que estuvo expuesto le jugaron una mala pasada y estando en el nosocomio falleció.
Por último, el piloto belga Eric Palante, quien participaba de la carrera en una motocicleta Honda de preparación propia, fue encontrado sin vida al lado de dicho vehículo en territorio belicho. Palante, padre de cinco hijos, intentaba unir Chilecito con Tucumán en la prueba más larga de la edición, pero murió sin siquiera llegar a presionar el botón de emergencias instalado en su vehículo para situaciones de riesgo.
Resta hacer un análisis concienzudo de la relación costo-beneficio de que estas máquinas infernales atraviesen nuestros desiertos. Son conocidos los riesgos para los espectadores de rally, pero como quedó expuesto aquí, el problema alcanza también a personas ajenas. 
Si el costo va a ser vidas humanas, no hay beneficio económico que valga la pena.

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