Durante la noche del sábado 3 de diciembre, en el quinto día de la novena en honor a Nuestra Madre del Valle, los jóvenes le brindaron un colorido homenaje. Estuvieron presentes miembros de la Pastoral Juvenil y Vocacional, grupos juveniles y egresados de este año. Los chicos llegaron hasta el templo mariano con carteles y pancartas identificatorias, llenando de color y alegría la celebración eucarística, presidida por el Obispo Diocesano, Mons. Luis Urbanč, y concelebrada por el Pbro. Diego Manzaraz, Asesor de la Pastoral Juvenil.

Durante su predicación, Mons. Urbanč se refirió al evangelio del día y a la exhortación apostólica Amoris laetitias sobre el amor en la familia, en la que el Papa Francisco “insta a los adultos a encontrar las palabras, motivaciones y los testimonios que nos ayuden a tocar las fibras más íntimas de los jóvenes, allí donde son más capaces de generosidad, de compromiso, de amor e incluso de heroísmo, para invitarles a aceptar con entusiasmo y valentía el desafío del matrimonio”, expresó, agregando que éste “va más allá de toda moda pasajera y persiste. Su esencia está arraigada en la naturaleza misma de la persona humana y de su carácter social. Implica una serie de obligaciones, pero que brotan del mismo amor, de un amor tan decidido y generoso que es capaz de arriesgar el futuro… Optar por el matrimonio expresa la decisión real y efectiva de convertir dos caminos en un único camino, pase lo que pase y a pesar de cualquier desafío”.

En otro tramo de su homilía, pidió a los movimientos tanto juveniles como de adultos que “trabajen articulados, que sepan lo que hacen unos y otros, que se apoyen. Tengan en cuenta que todos están representados por respectivas pastorales que coordinan y animan las diversas acciones que nos proponemos llevar a cabo en el marco de toda la pastoral de la Diócesis de Catamarca”.

“A ustedes, queridos jóvenes, les invito a que entiendan que el cristianismo no es un código de preceptos y prohibiciones, puesto que muchos de ustedes tienen la impresión de ahogarse en un ambiente de moral imperativa y no son pocos los que echan por la borda esta pesada mochila”, expresó el Pastor Diocesano.

También los exhortó “a que la fe de ustedes, sea una fe orante. Para eso necesitan aprender a orar en la medida y en la forma a la edad que tengan, pero siempre con la convicción de que sin la oración no es posible permanecer fiel a la fe… Ustedes los jóvenes deben estar orgullosos de su fe y aceptar que le cueste algo. Tienen que acostumbrarse desde la primera edad a hacer sacrificios por su fe, a caminar delante de Dios en rectitud de conciencia, a reverenciar y respetar lo que Él ordena. Entonces la fe crecerá y se consolidará en el amor de Dios”.

“Habitúense a orar y a beber en la fuente de la penitencia y de la santísima eucaristía lo que la naturaleza no les puede dar: la fuerza de no caer, la fuerza para levantarse. Que ya desde jóvenes, sientan que sin la ayuda de esta energía sobrenatural no conseguirán ser ni buenos cristianos, ni hombres honestos, a quienes esté reservado un sereno vivir”, afirmó el Obispo.

En el momento de preparar la mesa eucarística, los chicos acercaron como ofrendas elementos de limpieza y artículos de librería,  que serán destinados a los seminaristas.

Al finalizar la celebración, se representaron los milagros de la Virgen y ofrecieron números artísticos como homenaje a la Reina del Valle.

TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA

Queridos devotos y peregrinos:

                                                               En este quinto día de la novena, en el que hemos meditado acerca de la ‘misión de la Iglesia de servir al mundo con profunda compasión pastoral’, rinden su homenaje a la Santísima Virgen del Valle los jóvenes, es por ello que están presentes miembros de la pastoral juvenil y vocacional; también egresados de este año. Les doy mi bienvenida a esta celebración y los invito a renovar su amor a la Madre de Dios.

            Voy a dividir la reflexión en dos momentos; uno a la luz de la Palabra de Dios, y otro, a partir de la exhortación apostólica ‘Amoris laetitia’.

            En el Evangelio hemos escuchado la invitación apremiante de Juan el Bautista a convertirnos y a preparar nuestros corazones para recibir al Salvador del Mundo: “Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos”. «Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos» (cf. Mt 3,1-3). “Confiesen sus pecados”… “Produzcan el fruto de una sincera conversión” (Mt 3,5.7).

            En la 2da lectura el apóstol Pablo nos recuerda que “todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de manera que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza. Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, les conceda estar de acuerdo entre ustedes, según Jesucristo, para que, unánimes, alaben al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Rom 15,4-6).

            Y así es como comprendemos la profecía mesiánica de Isaías cuando dice: “Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago; la raíz de Jesé se erigirá como una bandera para los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada. La justicia será cinturón de sus lomos, y la lealtad, cinturón de sus caderas” (cf. Is 11,1-10).

            Ahora quiero comentar de un modo particular para ustedes, queridos jóvenes, algunas enseñanzas de Amoris laetitia.

            En el número 40 el Papa Francisco nos dice: «Aun a riesgo de simplificar, podríamos decir que existe una cultura tal que empuja a muchos jóvenes a no poder formar una familia, porque están privados de oportunidades de futuro. Sin embargo, esa misma cultura concede a muchos otros, por el contrario, tantas oportunidades, que también ellos se ven disuadidos de formar una familia» [Discurso al Congreso de los EEUU, 24-09-]. En algunos países, muchos jóvenes «a menudo son llevados a posponer la boda por problemas de tipo económico, laboral o de estudio. A veces, por otras razones, como la influencia de las ideologías que desvalorizan el matrimonio y la familia, la experiencia del fracaso de otras parejas a la cual ellos no quieren exponerse, el miedo hacia algo que consideran demasiado grande y sagrado, las oportunidades sociales y las ventajas económicas derivadas de la convivencia, una concepción puramente emocional y romántica del amor, el miedo de perder su libertad e independencia, el rechazo de todo lo que es concebido como institucional y burocrático»[Relación final 2015, 29].

            Pero el Papa Francisco insta a los adultos a encontrar las palabras, motivaciones y los testimonios que nos ayuden a tocar las fibras más íntimas de los jóvenes, allí donde son más capaces de generosidad, de compromiso, de amor e incluso de heroísmo, para invitarles a aceptar con entusiasmo y valentía el desafío del matrimonio.

            Algo les quiero pedir a los movimientos tanto juveniles como de adultos que trabajen articulados, que sepan lo que hacen unos y otros, que se apoyen. Tengan en cuenta que todos están representados por respectivas pastorales  que coordinan y animan las diversas acciones que nos proponemos llevar a cabo en el marco de toda la pastoral de la diócesis de Catamarca.

            En el n° 132 el Papa afirma: “Quiero decir a los jóvenes que nada de todo esto se ve perjudicado cuando el amor asume el cauce de la institución matrimonial. La unión encuentra en esa institución el modo de encauzar su estabilidad y su crecimiento real y concreto… Esto vale mucho más que una mera asociación espontánea para la gratificación mutua, que sería una privatización del matrimonio… Por eso, el matrimonio va más allá de toda moda pasajera y persiste. Su esencia está arraigada en la naturaleza misma de la persona humana y de su carácter social. Implica una serie de obligaciones, pero que brotan del mismo amor, de un amor tan decidido y generoso que es capaz de arriesgar el futuro… Optar por el matrimonio expresa la decisión real y efectiva de convertir dos caminos en un único camino, pase lo que pase y a pesar de cualquier desafío. Por la seriedad que tiene este compromiso público de amor, no puede ser una decisión apresurada, pero por esa misma razón tampoco se la puede postergar indefinidamente. Comprometerse con otro de un modo exclusivo y definitivo siempre tiene una cuota de riesgo y de osada apuesta. El rechazo de asumir este compromiso es egoísta, interesado, mezquino, no acaba de reconocer los derechos del otro y no termina de presentarlo a la sociedad como digno de ser amado incondicionalmente… El amor concretizado en un matrimonio contraído ante los demás, con todos los compromisos que se derivan de esta institucionalización, es manifestación y resguardo de un «sí» que se da sin reservas y sin restricciones. Ese sí es decirle al otro que siempre podrá confiar, que no será abandonado cuando pierda atractivo, cuando haya dificultades o cuando se ofrezcan nuevas opciones de placer o de intereses egoístas.

            En el n° 267 aborda el delicado tema de la libertad, diciendo que “es algo grandioso, pero podemos echarla a perder. La educación moral es un cultivo de la libertad a través de propuestas, motivaciones, aplicaciones prácticas, estímulos, premios, ejemplos, modelos, símbolos, reflexiones, exhortaciones, revisiones del modo de actuar y diálogos que ayuden a las personas a desarrollar esos principios interiores estables que mueven a obrar espontáneamente el bien. La virtud es una convicción que se ha trasformado en un principio interno y estable del obrar. La vida virtuosa, por lo tanto, construye la libertad, la fortalece y la educa, evitando que la persona se vuelva esclava de inclinaciones compulsivas deshumanizantes y antisociales.

            A ustedes, queridos jóvenes, les invito a que entiendan que el cristianismo no es un código de preceptos y prohibiciones, puesto que muchos de ustedes tienen la impresión de ahogarse en un ambiente de moral imperativa y no son pocos los que echan por la borda esta pesada mochila.

            Tengan en cuenta que a millones de fieles se les exigen hoy —en un grado extraordinario— firmeza, paciencia, constancia y espíritu de sacrificio si quieren permanecer íntegros en su fe, bien sea bajo los reveses de la fortuna o bien bajo las seducciones de un ambiente que pone a su alcance todo aquello que forma la aspiración y el deseo de su corazón apasionado. De las relaciones esenciales entre el hombre y Dios, entre hombre y hombre, entre los cónyuges, entre padres e hijos; de las relaciones esenciales en la comunidad, en la familia, en la Iglesia, en el Estado, resulta, entre otras cosas, que está gravemente prohibido por el Legislador divino el odio a Dios, la blasfemia, la idolatría, la defección de la verdadera fe, la negación de la fe, el perjurio, el homicidio, el falso testimonio, la calumnia, el adulterio y la fornicación, el abuso del matrimonio, el pecado solitario, el robo y la rapiña, la sustracción de lo que es necesario a la vida, la defraudación del salario justo (cf. Sant 5,4), el acaparamiento de los víveres de primera necesidad y el aumento injustificado de los precios, la bancarrota fraudulenta, las injustas maniobras de especulación, todo ello. No hay motivo para dudar. Cualquiera que sea la situación del individuo, no hay más remedio que obedecer. Dios quiere ante todo y siempre la intención recta; pero ésta no basta. Él quiere, además, la obra buena. No está permitido hacer el mal para que resulte un bien (cf. Rom 3,8). Puede haber situaciones en las cuales el hombre —y en especial el cristiano— no pueda ignorar que debe sacrificarlo todo, aun la misma vida, por salvar su alma. Todos los mártires nos lo recuerdan, y son los testigos más elocuentes de la verdad.

            Para ir concluyendo, queridos jóvenes, los invito a que la fe de ustedes, sea una fe orante. Para eso necesitan aprender a orar en la medida y en la forma a la edad que tengan, pero siempre con la convicción de que sin la oración no es posible permanecer fiel a la fe… Ustedes los jóvenes deben estar orgullosos de su fe y aceptar que le cueste algo. Tienen que acostumbrarse desde la primera edad a hacer sacrificios por su fe, a caminar delante de Dios en rectitud de conciencia, a reverenciar y respetar lo que Él ordena. Entonces la fe crecerá y se consolidará en el amor de Dios.

            Habitúense a orar y a beber en la fuente de la penitencia y de la santísima eucaristía lo que la naturaleza no les puede dar: la fuerza de no caer, la fuerza para levantarse. Que ya desde jóvenes, sientan que sin la ayuda de esta energía sobrenatural no conseguirán ser ni buenos cristianos, ni hombres honestos, a quienes esté reservado un sereno vivir. Y así preparados, podrán aspirar igualmente a lo mejor, esto es, podrán darse a aquel gran empleo de sí mismos, cuyo cumplimiento será su honor: realizar a Cristo en su vida y ser otros cristos para los demás, en especial sus coetáneos.

            Invito a todos a que consagremos a nuestros jóvenes a la protección de la Pura y Limpia Concepción del Valle, diciendo juntos: “Oh Señora mía, Oh Madre mía, yo me ofrezco enteramente a Vos, y en prueba de mi filial afecto te consagro en este día…”.

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