A veces el pasado se cuela en el presente, como si la nostalgia le estrechara la mano a la actualidad. Una fusión tan fortuita como brillante, tan mágica como Andrés Iniesta. Blanco como la espuma, medio pelado, sin tatuajes ni gustos exóticos, Iniesta llegó a este fútbol moderno para recordarle la pasión más naíf por la pelota. Sin más trampas que una gambeta en blanco y negro en los tiempos del HD, siempre indescifrable, con la mirada puesta en el último pase.

Hoy, a sus 33 años (cumplirá 34 el 11 de mayo), dice basta. Al menos, en la élite. “Esta es la última temporada aquí. Es una decisión muy meditada, muy valorada, muy pensada a nivel interno conmigo mismo y a nivel familiar”, anunció, entre lágrimas, Iniesta. Se tomó una pausa para respirar. Lo aprovechó la gente que llenó la sala de prensa en la Ciudad Deportiva: una nueva ovación para el volante. Esta vez de los periodistas.

Aunque no lo quiso relevar, lo espera la multimillonaria Superliga China y una apuesta por potenciar su bodega. Un club chino le asegura, además de sus tres años de contrato, una suntuosa oferta para la exportación de sus vinos que le reportaran una cifra cercana a los 180 millones de euros, según el diario ABC. Paz para Iniesta, después de ganar todo con el Barça y tocar las puertas del cielo con España, previa tregua con el diablo.

Como James Gandolfini, que visitó su lado más oscuro después de interpretar al mítico Tony Soprano; o el líder de Radiohead, Thom Yorke, que se hartó de tocar la guitarra tras el aclamado éxito de Ok Computer; también como Truman Capote, que se hundió en el desánimo después de perpetuar el libro A sangre fría; Iniesta cayó en las trampas de la depresión cuando finalizó la temporada 2008-2009. El Barça, con Pep Guardiola en el banco y después de alzar el triplete, desafiaba a los grandes equipos de la historia, de la mano de Messi, en sociedad con Xavi Hernández e Iniesta.

“Todo empieza después de haber vivido el que debería haber sido el verano más glorioso de mi carrera. Pero mi mente y mi cuerpo se desencuentran, se alejan. Te encuentras mal y la gente que te rodea no te entiende”, cuenta el volante azulgrana en su biografía La jugada de mi vida, que contó con la colaboración de los periodistas Ramón Besa y Marcos López. Situación que se agudizó con la muerte de su amigo Dani Jarque.

Si el histórico gol de Maradona a los ingleses se resiste a cualquier tipo de agotamiento visual para los argentinos, la corrida de Iniesta tras señalar el tanto del Mundial frente a Holanda, agitando la camiseta de la Roja en su mano derecha y enseñándole al mundo su homenaje a Jarque, es un símbolo para la hinchada española. Sus gritos de gol son efímeros o eternos. Es difícil de recordar algún gol ordinario de Iniesta (62 con el Barça y 14 con la Roja), como imposible olvidar sus extraordinarias apariciones en la red.

Desde su tanto ante el Chelsea en Stamford Bridge en 2009, pasando por el último que marcó contra el Sevilla en la Copa del Rey, siempre con la memoria activa en el Mundial de Sudáfrica. Hasta France Football, que otorga el Balón de Oro tuvo que pedir perdón por su olvido. “Entre las grandes ausencias en el palmarés del Balón de Oro, la de Iniesta nos resulta dolorosa”, aseguró en un reciente editorial la revista francesa, que lamentó, especialmente, la ceremonia de 2010, cuando el español quedó segundo, detrás de Messi. “No tengo nada que perdonar”, respondió Iniesta.

“Andrés es una persona sencilla, tranquila, es tal y como se muestra en la cancha, como se le ve. Hace sus cosas, su trabajo, procurando no hacer daño a nadie”, asegura Messi. El capitán de la selección argentina fue, junto a Luis Suárez, el único compañero que se perdió, por una tema personal, la despedida del Nº6 azulgrana. “Ha sido un honor y un privilegio compartir equipo con Leo. No hay otro como él y veo muy difícil que lo haya. Estar tanto tiempo a su lado ha sido único y mágico”, definió Iniesta, en referencia a su tiempo junto con el rosarino.

Cercano, franco, siempre amable, Iniesta tiene dos caras: excepcional en la cancha, excéntricamente normal en la calle. “Camarero, me pone un gintonic”, le pidió una cliente de un bar, ajena a los leyendas, al futbolista del Barça. “Enseguida”, le contestó el volante. Se colocó detrás de la barra, le preparó el trago y se le sirvió. Ella nunca supo que se trataba de Iniesta. Él nunca se sintió ofendido. “Nunca vas a escuchar a nadie hablar mal de Andrés. No lo harán por compromiso. Lo hacen porque es la realidad. Iniesta es lo que ves. No engaña”, opina Javier Mascherano.

“Me gustaría ser recordado como una gran futbolista, pero también como una gran persona. Al final, lo que queda es lo humano. He intentado presentar a este club de la mejor manera posible desde el primer día que llegué aquí”, concluyó Iniesta. Llegó al Barça con 12 años, se va 22 años después con 31 títulos, que serán 32 si el equipo de Valverde abrocha la Liga. Sólo Messi ganó tanto como él.

Cuando todo parecía indicar que el joven Andrés, un niño tímido del corazón de la Mancha, apuntaba para estrellado, la pelota lo convirtió en estrella. Sino que se lo pregunten a España, la única Copa del Mundo que ostenta en sus vitrinas lleva la marca de Iniesta. Un futbolista de ayer, que se va hoy. Y se recordará por siempre.