La vida nos regaló un Papa argentino, un Papa que generó una muy respetuosa relación en el resto del mundo; sin embargo, terminó, al menos para muchos, convertido en un nuevo catalizador de sus pequeñeces. Asombra cómo al hecho de un pontífice argentino se corresponde la agresividad de multitud de ateos que hasta ayer canalizaban sus odios en otras áreas. Sorprende ese intento a veces casual y otras, ideológico que los lleva a mezclar la imagen de la religión con la del peronismo.

Días pasados, una mujer inteligente me increpaba: “¿Qué es ser gorila?”. Y se me ocurrió responderle que simplemente era “despreciar a los humildes en todas sus expresiones”. Y en eso estamos, atiborrados de cultos que antagonizan con el Santo Padre y el peronismo, mientras se llevan miles de millones de dólares —con el cuento de impedir que suba—, sabiendo de sobra que no van a lograrlo. Enamorados del juego del dinero y los intereses, funcionarios de empresas que nos saquearon dedicados ahora a endeudarnos y empobrecernos, eso sí, combatiendo al “populismo”. Se llevaron las casas y las escuelas de los necesitados y fueron ellos, ellos que se desviven defendiendo el “mercado”.

Un Papa que logró rezar en el Muro de los Lamentos junto a un rabino y un islámico, que deslumbró a los más complejos auditorios de la humanidad, en manos de un amontonamiento de marxistas ateos fracasados en sus revoluciones que solo se reivindican en el resentimiento. Un Santo Padre que denunció el genocidio armenio, que intentó colaborar en todos los grandes conflictos de la humanidad; pretenden devaluarlo personajes menores que pertenecen a la internacional de los negocios. Porque en esto no hay vueltas, están las religiones y las naciones, y del otro lado, los ricos y sus empleados. Antes eran marxistas, había convicciones; ahora no son nada, es lo más rentable del momento. Y lo que más les molesta es que ese Papa está fuera del alcance de sus rastreras y mediocres agresiones. Son apenas tristes empleados de los ricos atacando a las últimas defensas de la justicia social, molestos porque otros creen en el hombre y en su Dios, devaluando su respeto al que piensa distinto a la par que se acrecientan sus riquezas.

Algunos poderes mediáticos pareciera que terminaron de engendrar sus monopolios y vienen ahora a imponernos sus ideas. Divierte verlos convertir sus propuestas en dogmas indiscutibles; Nada más atrasado que el progresismo, siempre ofreciendo modas que conducen a lo más triste del atraso.

Hace cuarenta años la pobreza no llegaba al 5% y la deuda externa lejos estaba de rozar los diez mil millones. A puro progreso ya sumergimos a un tercio de la sociedad y llevamos la deuda externa al borde de ser impagable. Y si hubo enormes errores del “populismo”, fueron muchos más los de ellos, los que acusan al peronismo y al papa Francisco sin siquiera asumir a cuál bando pertenecen.

Como cardenal enfrentó al kirchnerismo, como Papa poco tiene que ver con este Gobierno, en rigor una Iglesia de los pobres suele confrontar con las distintas variables del poder, la riqueza es la permanente. Antes los ateos eran marxistas, hoy ya ni eso, suelen ser soberbios que imaginan toda fe como una devaluación de la materia, de ese dios del éxito económico que los unifica como consumidores. Soy católico y peronista, insisto en respetar a los que me respetan y despreciar a los que no lo hacen. Andrea Camilleri es un escritor italiano marxista y ateo que admira y respeta al papa Francisco. Nuestros ricos convocan al sicario de Loris Zanatta para intentar devaluarnos. Son tan pusilánimes que ponen sus odios en boca ajena, si lo hicieran ellos, quedaría al desnudo su desprecio por la opinión de las mayorías.

Vivimos una indiscutible decadencia donde algunos grupos se convirtieron en mucho más poderosos que el mismo Estado. Ser patriota obliga a enfrentarlos, la religión es también un derecho de los pueblos. Ellos no respetan mis creencias sabiendo el profundo desprecio que me genera su codicia. El Papa habla y ellos gritan, los desnuda y les duele, eterna expresión del fariseo, “sepulcros blanqueados”. La Iglesia vuelve a encontrarse con los pobres, con los pueblos, nada más significativo que el enojo de los ricos. No es que no crean en Dios, es tan solo que odian a los humildes, y está a la vista.