Cuando Juan Domingo Perón regresó definitivamente al país, el 20 de junio de 1973, ya estaba seriamente enfermo. Un incipiente cáncer de próstata, pólipos, enfisema y una insuficiencia renal eran algunas de las complicadas afecciones que lo tenían a mal traer.

Sus médicos, conscientes de la situación, armaron un equipo conformado por profesionales de distintas especialidades, quienes se turnaban en guardias rotativas tanto en Gaspar Campos primero como en la residencia presidencial de Olivos, cuando Perón accedió a la primera magistratura.

La primera crisis importante de Perón en el país ocurrió el 18 de noviembre de 1973, cuando fue salvado de un edema agudo de pulmón. Si bien el cardiólogo le había solicitado evitar las emociones violentas, sintió el impacto del ataque del Ejército Revolucionario del Pueblo a la guarnición militar de Azul el 19 de enero de 1974, a tal punto que en las ceremonias oficiales de los días siguientes, como un gesto de reivindicación, apareció vestido con su uniforme militar. Durante la conmemoración del 1º de mayo, desde los balcones de la Casa de Gobierno mantuvo un ácido contrapunto que sería la ruptura definitiva con Montoneros. “Qué pasa, qué pasa General, que está lleno de gorilas el gobierno popular”, cantaban los militantes. Perón, refiriéndose al apoyo de las organizaciones sindicales, les contestó: “Hoy resulta que algunos imberbes pretenden tener más mérito que los que durante veinte años lucharon”. Los montoneros terminaron abandonando la plaza. Tal vez eso explica por qué el viejo general tenía sobre su mesa de luz una pistola y, junto a su cama, un arma larga. Según refirió su biógrafo, Pavón Pereyra, desde los hechos de Ezeiza, tenía miedo que los montoneros quisieran asesinarlo. “Uno nunca sabe”, repetía.

“Apurando los días que me quedan”

Dos hechos contribuyeron aún más a minar su salud. Uno fue el 17 de mayo, cuando realizó una visita de inspección a la Flota de Mar, a bordo del portaaviones 25 de Mayo, donde estuvo expuesto a las bajas temperaturas. Y el otro fue el viaje que realizó al Paraguay, el 6 de junio, a fin de limar asperezas en las negociaciones que ambos países mantenían para la construcción de una represa hidroeléctrica. Perón arribó a ese país a bordo de un barco, mientras la cañonera Asunción que lo había llevado al exilio en 1955 lo saludaba con 21 cañonazos. Fue recibido por una multitud, mientras soportaba bajas temperaturas y una persistente llovizna.

Cuando, dos días después, se reunió con Ricardo Balbín —la última vez que lo harían— el líder radical lo reconvino por haber hecho ese viaje. Perón le respondió: “Mire, Balbín, yo le dije una vez, sé que estoy agotado, apurando los días que me quedan y que esto lleva al fin, que es el morir. Estoy haciendo todo lo contrario de lo que debe hacerse en este estado de salud y de ánimo, pero tengo conciencia de esto”.

El 12 sería su última aparición pública, enfundado en un sobretodo con cuello de piel, en los balcones de la Plaza de Mayo: “Deseo que Dios derrame sobre ustedes todas las venturas y la felicidad que merecen. Les agradezco profundamente el que se hayan llegado hasta esta histórica Plaza de Mayo. Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino”.

El 15 de ese mes, su esposa Isabel viajó a España. Tres días después, Perón sufrió un nuevo edema y, tras los informes cada más alarmantes que los médicos le hacían llegar, adelantó su regreso para el 28 de junio.

El final

El sábado 29 sufrió una descompensación. Al mediodía, celebraría sus dos últimos actos de gobierno. Primero, firmó la aceptación de la renuncia de Héctor Cámpora como embajador y pidió que en el decreto “no se agradezcan los importantes y patrióticos servicios prestados”, como era forma. La pluma perforó el papel, ya que cuando lo rubricó, lo hizo apoyando la hoja en un almohadón. Luego, Isabel asumió la presidencia. Según Sáenz Quesada, la modista Ana de Castro empezó a coser el vestido negro que usaría Isabel en las exequias.

En la mañana del 1º de julio, preocupaba su aspecto. Este, al ver el semblante del doctor Pedro Cossio, bromeó: “No me gusta nada su cara, doctor; debe cuidar esa ciática que le impide andar derecho”.

¿Balbín presidente?

La versión la obtuvo Heriberto Kahn, un periodista muy bien informado que por entonces trabajaba en el diario La Opinión. Es la siguiente: en la mañana del lunes 1º, Perón había pedido consultar al secretario legal y técnico de la presidencia, doctor Gustavo Caraballo, a fin de estudiar la posibilidad de que, a su muerte, el poder pasase directamente a Ricardo Balbín. Ante el sorpresivo planteo, Isabel guardó silencio, pero López Rega protestó, diciendo que era inconstitucional. Caraballo también señaló las enormes dificultades legales que deberían sortearse. Más tarde, el propio Perón le dijo a Caraballo que dejase de lado la propuesta.

Sin lugar a dudas, le preocupaba el desempeño de su esposa al frente del gobierno. “Ahora llega el momento de demostrar que ese aprendizaje no fue tarea inútil ni desaprovechada… Nunca tomes una decisión importante sin consultar a Balbín”, le aconsejó.

Isabel había llamado para ese mismo día a una reunión de gabinete de ministros en Olivos. ¿Justo hoy tiene que ser?” preguntó, contrariado. La reunión se desarrolló en la planta baja y Perón estaba en el primer piso. De todas formas, todos simulaban tratar los temas de agenda, aunque estaban pendientes del desenlace.

A las 10.15, el padre Héctor Ponzio le suministró la extremaunción y, cinco minutos después, un grito de la enferma encendió la alarma. Perón se quejaba de no poder respirar. Estaba sufriendo un ataque cardíaco. El cardiólogo Augusto Ceara le introdujo un catéter. “Déjeme morir, hijo”, le rogó.

En un momento dio la impresión que retomaba el ritmo cardíaco. Fue cuando López Rega le dijo a Ceara: “Si lo sacás, te hago conde”. “Ministro, quédese tranquilo, que esto es muy grave y complejo, pero estamos haciendo lo necesario”, respondió Ceara, según se relata en el libro Los secretos de los últimos días de Perón.

A las 13.15, se lo declaró oficialmente muerto. El certificado de defunción, firmado por los doctores Pedro Cossio, Jorge Taiana, Domingo Liotta y Pedro Eladio Vázquez, indicaba que Perón “ha padecido una cardiopatía isquémica crónica con insuficiencia cardíaca, episodios de disritmia cardíaca e insuficiencia renal crónica, estabilizadas con el tratamiento médico. En los recientes días sufrió agravación de las anteriores enfermedades como consecuencia de una broncopatía infecciosa. El día 1º de julio, a las 10.25, se produjo un paro cardíaco del que se logró reanimarlo, para luego repetirse el paro sin obtener éxito todos los medios de reanimación de que actualmente la medicina dispone. El teniente general Juan Domingo Perón falleció a las 13.15″.

Una hora más tarde, Isabel lo comunicaba al país por cadena nacional. “Con gran dolor debo transmitir al pueblo el fallecimiento de un verdadero apóstol de la paz y la no violencia”.

Cuando, a la tarde, Ricardo Balbín concurrió a Olivos, Isabelita le dijo: “Doctor, el general me hablaba tanto de usted. Todavía esta mañana lo hizo largamente”.

Al día siguiente, se ofició una misa de cuerpo presente en la Catedral y de ahí fue llevado al Congreso Nacional, donde se lo veló hasta el 4. Lo despidieron Benito Llambí, en representación de los ministros; por los senadores y los diputados, José Antonio Allende y Raúl Lastiri; Miguel Ángel Bercaitz, por la Corte Suprema de la Nación; el teniente general Leandro E. Anaya, por las Fuerzas Armadas; Carlos Menem, en nombre de los gobernadores; Ricardo Balbín, por los partidos políticos este viejo adversario despide a un amigo; Duillo Brunillo y Silvana Rota, por el Partido Justicialista; Lorenzo Miguel, de las 62 Organizaciones; Adelino Romero, de la CGT, y Julio Broker, por la CGE.

Posteriormente, fue trasladado a la cripta de la iglesia Nuestra Señora de la Merced, en la residencia de Olivos. Otra historia comenzaba.