El diálogo, del que Infobae es testigo involuntario, se da entre dos socios de River en la puerta de la confitería del Monumental. “Se viene casi un mes sin poder dormir. No veo la hora de que empecemos a jugar contra los bosteros”, dice uno de ellos, con un bolso y una raqueta colgados sobre su hombro derecho, listo para ir a jugar al tenis en una de las canchas que está detrás de la intersección de las tribunas Sívori y San Martín. “Me pasa lo mismo. Esto es una locura pero le tengo toda la fe del mundo al equipo. Siempre confío en Napoleón”, devuelve el otro, recién salido del gimnasio del primer piso. Napoleón es Marcelo Gallardo, el técnico que para la mayoría de los hinchas representa buena parte de las esperanzas de River de cara a las finales de la Copa Libertadores ante Boca.

Si bien en el Monumental se percibe un clima optimista, hay hinchas que hubieran preferido que esta final se diera más adelante. “Ya les ganamos en la Sudamericana, en la Libertadores y en la Supercopa. Cuando ellos nos eliminaron por penales acá en la semifinal de 2004, nosotros tuvimos que esperar diez años para desquitarnosDarles revancha tan rápido es tocarle el culo a la suerte”, afirma Fernando Zárate, un cordobés que vive en Buenos Aires y que camina por el museo del club preguntando si alguien sabe cómo conseguir entradas para la revancha porque él no es socio y la tiene difícil, casi imposible. Carlos Ibañez, un jujeño también radicado en la Capital Federal, opina en la misma dirección: “No le tengo miedo a Boca, pero prefería jugar contra Palmeiras porque a los bosteros ya les dimos revancha varias veces. Igual, me tengo toda la fe del mundo por Gallardo y por los jugadores”.

Los hinchas dicen tener muy en claro que se tratará del máximo Superclásico de todos los tiempos, la final de clubes más importante de la historia en el fútbol mundial. “Si les ganamos de nuevo, equilibramos la historia”, sentencia Federico Rosales, un porteño que quiere hacerse socio y recibe la respuesta de que la conscripción está cerrada. “¿Y si perdieran?”, repregunta Infobae y el hincha se sincera: “Sería el dolor más grande después del descenso”.

El ejercicio de caminar por el famoso anillo del estadio permite observar otra de las patas que encierra el fenómeno del Superclásico en la definición del torneo de clubes más importante del continente. “Ya me están volviendo loco con el tema de las entradas. Me llama todo el mundo, incluso familiares con los que no hablaba desde hace años, para pedirme que les consiga algún ticket. Y la realidad es que de casualidad voy a tener la mía porque soy abonado y tengo Tu lugar en el Monumental”, protesta un empleado del club que pide reserva de su nombre.

Por las calles del barrio River se ven muchas camisetas de la banda roja, varias de la alternativa de color violeta y también decenas de afiches y pedidos para que no haya mudanza del Monumental, como pretende Rodolfo D’Onofrio, el presidente del club. “No a la rezonificación”, dicen los panfletos, pegados en paredes y árboles. La mayoría de los vecinos rechaza el proyecto de D’Onofrio. ¿El motivo? Si el estadio se mudara a unos 600 metros del actual, detrás de la ex ESMA, en los terrenos donde hoy está el Monumental se desarrollaría un megaproyecto inmobiliario la zona perdería la condición de residencial. Ante una consulta sobre el tema de la posible mudanza de la cancha, un vecino que tiene su casa sobre la avenida Lidoro Quinteros y que pide que no se dé a conocer su nombre, prefiere cambiar de dirección. “Estoy en contra de que muden el Monumental. Ahora, ¿te digo la verdad? Hoy tengo la cabeza en los partidos contra Boca. No doy más de los nervios. Ojalá que podamos salir campeones”, dice, vestido con una chomba de color gris y un pantalón largo con el escudo de River.

En efecto, se perciben ansiedades y tensiones entre los hinchas. Después de todo, será el Superclásico más relevante de la historia, el padre de los clásicos. Y el resumen de lo que piensan casi todos en River lo da un nene de 12 años que está de visita en la Ciudad con sus padres y con su hermano Tomás, de 7. Se llama Santiago Frier y es de Pergamino. “Si Dios existe, a la final la vamos a ganar nosotros. En 2011 nos fuimos a la y ahora llegó la hora de que Dios equipare las cosas y haga justicia“, implora con su gorra de River con el número 23 (el de Leonardo Ponzio) y Willy, su padre, asiente con una sonrisa que parece destilar orgullo.