El 15 de enero de 1944 San Juan se abrió al medio. Literalmente. La tierra crujió y tembló. Las edificaciones, cuyo principal componente era el adobe, vestigios de una orgullosa ciudad colonial, se desmoronaron. Algunos testigos contaron que parecían disolverse en el aire, como si sus componentes hubiesen sido líquidos. Sólo el estruendo de los escombros recordaba que dos segundos antes (quizás menos) allí había una construcción. Alguien estimó que el terremoto derribó el 90 % de las edificaciones de San Juan.

El número de muertos, como en toda catástrofe de esa magnitud, fue incierto. La cifra fluctuó entre las 8.000 y 10.000 víctimas. Hubo más de tres decenas de miles de heridos. Los médicos que sobrevivieron atendían en alguna calle despoblada, bajo carpas, improvisando mesas de operaciones en las circunstancias más precarias. Los camiones, repletos de cadáveres sin identificar, pasaban hacia el cementerio casi ininterrumpidamente: era más sencillo registrar a los que habían sobrevivido.

Ese sábado en Buenos Aires se sintió un tenue temblor. Algunos pocos lo percibieron. Ninguno pensó en una catástrofe. Recién a la tarde del día siguiente comenzaron a llegar las primeras noticias. Las comunicaciones con San Juan estaban totalmente cortadas. Por la cercanía, las noticias dramáticas llegaban desde Mendoza. Pasaron varias horas hasta que se tomó conciencia de la magnitud del desastre. El gobierno de facto del Gral. Ramírez procuró actuar con la celeridad y premura que permitían esos tiempos. El ejército fue puesto al mando de la situación. En la Capital, la gente se paraba frente a la pizarra de los diarios para seguir las últimas novedades. Pero el gran medio de información era la radio. Allí, por orden gubernamental, se interrumpieron las programaciones habituales: sólo música sacra y comunicados oficiales.

Del estupor y el espanto se pasó a la acción. Además de las tareas de rescate (los sanjuaninos pasaron varios días removiendo escombros en busca de sus seres queridos), se debían solucionar, a la vez, varios problemas de extrema gravedad. Había que evacuar a los sobrevivientes, proveerles de alojamiento, comida, abrigo y asistencia sanitaria. El comando de control se estableció en la plaza central de la ciudad. Quien tomó un papel propagónico en las tareas fue el Secretario de Trabajo y Previsión, un joven y emprendedor coronel que a fuerza de carisma, discurso seductor y gran capacidad de trabajo estaba logrando notoriedad: Juan Domingo Perón.

Además de todas las cuestiones técnicas y urgentes, se dispuso una campaña pública para recaudar dinero y recibir donaciones por parte de la población. Toda contribución era útil. La recaudación final fue extraordinaria. Más de 30 millones de pesos de la época (casi 10 millones de dólares). Una de las claves del suceso de la campaña fue la puesta en marcha de un plan que le acercaron a Perón y que este aceptó de inmediato: la participación de las principales figuras del espectáculo. Esto, en los inicios de la actuación pública de Perón, demuestra dos de las características que los acompañaron a lo largo de toda su vida pública: entender rápidamente cómo conseguir la atención de la ciudadanía y un acercamiento a las figuras de la farándula local.

La principal acción de esa fusión entre los artistas y el gobierno de Ramírez, a través de su secretario de Trabajo, fue un festival realizado en el Luna Park el sábado 22 de enero de 1944. Ese día, ante un estadio rebalsado, actores, actrices, bailarines, cantantes, cantores y cupletistas se presentaron durante casi doce horas. Fue el primer festival solidario de esa especie. Pero sin dudas ese dato queda eclipsado ante una circunstancia personal, el inicio de un romance, la primera noche de una pareja que cambiaría para siempre la historia contemporánea argentina. Esa noche, en el Luna Park, Perón y Eva se encontraron y ya no se separarían más hasta la prematura muerte de ella.

Sin embargo, esa no fue la primera vez que se vieron. En los días previos, la joven actriz que pugnaba por hacerse conocida, por abandonar los papeles secundarios, por conseguir una vida con menos dolor de la que había transitado hasta el momento, y el pujante coronel, se vieron en un par de oportunidades. A principio de esa semana, Perón organizó una reunión en el ministerio con miembros del ambiente artístico quienes se encontraban en días de obligado descanso: debido a la tragedia se habían suspendido temporalmente todos los espectáculos públicos. Allí, entre cientos, estaba sentada Eva. Allí también se determinaron las tres principales actividades que le correspondería encarar a los miembros de la colonia artística. Las colectas permanentes en sus teatros y lugares de presentación, una recorrida por lugares céntricos con urnas para recaudar y el gran festival del Luna Park. Esa tarde, Perón tomó la palabra, explicó la gravedad de la situación y arengó a participar activamente. Su poder de convicción sorprendió y encandiló a varios de los presentes. Algún testimonio posterior le otorga a Eva un papel central en esa reunión. Alguien dice que en un momento, sobre el final, tomó la palabra y pidió menos tibieza y redireccionó la recolección de dinero hacia las zonas más exclusivas de la ciudad, al hipódromo y al Jockey Club. Parece improbable que Eva haya tenido un lugar protagónico en esa reunión y luego quedara tan postergada en el festival del sábado. Nadie dio cuenta de esa participación estelar hasta muchos años después. Parece un caso típico en el que se acomodan retrospectivamente los hechos para otorgarle, sin necesidad, un lugar central a Eva. Lo cierto es que Eva y Perón compartieron espacio en esa reunión pero con cuotas de protagonismo muy diferente.

Unos días después las figuras del espectáculo salieron por las calles céntricas con urnas para sonsacarle donaciones a los ciudadanos. Eva Duarte estuvo entre las que recorrieron Florida y Corrientes, deteniéndose a conversar con los transeúntes. Perón también bajó de su despacho para lograr la atención de la población y conseguir que colaboraran con las víctimas del terremoto. Esa tarde también se cruzaron. Aunque algún historiador haya duplicado la cifra que recaudó Eva, la revista Radiolandia de esa semana (la revista de espectáculos más vendida de esa época) consignó las cantidades que obtuvo cada actor. Mientras Eva consiguió más de 650 pesos, el ránking recaudador lo encabezó Libertad Lamarque con 3.800 pesos. Entre ellas figuraban en esa improbable tabla de posiciones: Enrique Muiño, Ángel Magaña, Irma Córdoba, Zully Moreno, Niní Marshall y Mecha Ortíz, entre otras. Esa diferencia de dinero en la recaudación era natural. Cuanto más popular era la figura, más dinero tenía su alcancía. Una cuestión de sentido común. Libertad Lamarque era la máxima estrella femenina del momento y la posibilidad de tener un contacto con ella, por breve que fuera, provocaba expectación. Tal vez esa fue la primera vez que se cruzaron Eva y Libertad, a las que un largo encono separaría después. Todavía faltaba un año para el rodaje de La Cabalgata del Circo y el cachetazo más famoso de la historia nacional.

El 22 de enero de 1944, 75 años atrás, fue un día lluvioso. Los organizadores temieron que el festival fracasara por el clima. Nada de eso ocurrió. La gente desde muy temprano llegó al Luna Park. Las tribunas y plateas se fueron colmando. La venta de entradas a precios populares era un éxito. En cada rincón del estadio había una alcancía para depositar donaciones. Afuera, por Madero y Bouchard, inmensos camiones recibían frazadas, ropas y colchones. A las 8 de la noche, las boleterías tuvieron que cerrarse. No había más espacio en las tribunas sobrevendidas. La especulación previa de que el público se renovaría por la extensión del programa fue errónea. Los que ingresaban ya no salían. Nadie quería perderse la sucesión de artistas. Aunque el programa no estuviera demasiado claro, aunque no estuviera anunciado quién vendría a continuación, se sabía que hora a hora los shows iban mejorando. Si al principio todo eran declamaciones afectadas de poemas del Siglo de Oro (con unos pocos versos de Lugones entremedio), algún cuerpo de baile folclórico, cancionistas de voz demasiado aguda y cantores ignotos, con el correr de la tarde las principales estrellas del cine, la radio y el tango (a veces como en el caso de Libertad Lamarque o Alberto Castillo uno sola persona cubría los tres rubros) subieron al escenario a cantar, hacer monólogos cómicos, improvisar una escena sin escenografía, montar un radioteatro (el género de moda) a la vista de los más de veinte mil espectadores.

Nini Marshall, Hugo del Carril, Luisa Vehil, Pepe Iglesias, el dúo Buono-Striano, Santiago Gómez Cou, Pedro Quartucci, Enrique Muiño y naturalmente Libertad Lamarque. También hubo números folclóricos y las grandes orquestas de tango: D’Arienzo, D’Agostino, Tanturi, De Angelis y un joven Aníbal Troilo. Hubo más de doscientos números y muchos artistas quedaron sin actuar en esa grilla que se modificaba minuto a minuto por los pedidos del público y la disponibilidad de las figuras. Eva Duarte fue una de las que no se presentó a pesar de que había preparado un poema gauchesco para recitar. Quien cosechó más entusiasmo fue Alberto Castillo, el artista más popular del momento. Castillo, ginecólogo de profesión, fue un fenómeno que alguna vez debe ser desentrañado. Muy posiblemente se trate (a excepción de Gardel, naturalmente) del primer ídolo de masas de la canción popular. Sus presentaciones causaban un impacto y un entusiasmo desmedido. Sus fans lo acompañaban en cada presentación, las chicas enloquecían con su voz, el canto ladeado, el gesto canchero. El clímax artístico del recital llegó con, luego de la entrada rítmica de la orquesta (ya no era la de Ricardo Tanturi: el éxito había llevado a Castillo a convertirse en solista), con el verso “Qué saben los pitucos, lamidos y sushetas…”, esa línea del tema que estrenado un año antes era un suceso y hasta provocaba batallas campales cada vez que Castillo arremetía con Así se baila el tango.
Todo esto ocurrió después de las 10 de la noche. A esa hora empezaron los números centrales, se inició la transmisión radiofónica y arribaron al estadio, el presidente Ramírez con su esposa, los ministros César Ameghino, Gustavo Martínez Zuviría, Juan Pistarini y también Domingo Mercante y Juan Perón.

Antes de llegar al encuentro que propiciaría la historia de amor y que modificaría la historia argentina (pocas parejas en la vida pública se retroalimentaron y potenciaron –para bien o para mal según quién lo mire- de la manera en que ellos lo hicieron), detengámonos brevemente en la relación entre Perón y el Luna Park, que tan bien detallan en su libro sobre la historia del estadio Guido Carelli Lynch y Juan Manuel Bordón. Si esa noche fue la primera vez que Perón enfrentó al público y habló ante las graderías colmadas, no sería la última. En numerosas ocasiones, lo utilizó de púlpito para transmitir su mensaje, adoctrinar a su gente y hacer campaña. Desde antes de acceder al poder era habitué de las veladas de sábado. Esas jornadas de peleas fueron un programa obligado durante décadas. Perón, asiduo concurrente del ring-side, cuando fue presidente siguió concurriendo y favoreciendo a los campeones. El boxeo era el segundo deporte más popular detrás del fútbol; luego venían el automovilismo y el turf.

De esos combates épicos, de esas peleas protagonizadas por Pascual Pérez, Gatica, Prada, Lausse, Cirilo Gil y Luis FedericoThompson se destaca una gran anécdota ocurrida en ocasión de la visita de grandes campeones del mundo al país. En virtud del éxito del deporte y de los beneficios que el gobierno de Perón encontraba en asociarse con los nombres de los grandes atletas, en 1951 arribaron el país varios campeones mundiales. Entre ellos los más destacados eran Sandy Saddler y Archie Moore. Recordemos que eran tiempos de sólo ocho categorías y una sola asociación, por lo que había nada más que ocho campeones del mundo vigentes: había que ser muy bueno para serlo. Y estos dos eran extraordinarios. Una de esas noches, Saddler se enfrentó con Alfredo Prada, el crédito local. La expectativa era enorme: el chauvinismo hacía su parte. El norteamericano era famoso por un golpe: el gancho al hígado. Como si siguiera un guión así sometió a varios de sus rivales en el país. El gancho al hígado es el golpe que derriba al rival con efecto retroactivo, que cae lentamente, algunos segundos después del impacto, partido por el dolor. El knock out por lo general no viene acompañado por dolor; eso llega después con el orgullo herido por la caída y las distintas partes del cuerpo amoratadas e hinchadas por el castigo. Saddler castigó con dureza y suficiencia a Prada y lo derribó dejando colgado de la segunda cuerda solo sostenido por sus axilas. Un periodista de la época utilizó una gran metáfora: “Quedó colgado de la segunda cuerda como una toalla mojada”. La piña al mentón había sido tan poderosa que no sólo había tirado al argentino sino que lo había hecho girar en el aire. Justo quedó sobre el lateral del ring en que se encontraba el Presidente Perón, quien al verlo tan golpeado, casi desvanecido con los brazos estirados hacia él, se levantó preocupado de su butaca en la primera fila para ver de cerca el estado de Prada. Éste al sentir el contacto de las manos del presidente, se reincorporó como pudo, y en el colmo de la obsecuencia (una obsecuencia refleja, inconsciente) se reincorporó para saludar ceremonialmente al primer mandatario.

Volvamos a la noche del 22 de enero del 44 y no demoremos más el encuentro. El presidente Ramírez habló primero. Ya eran cerca de las 11 de la noche. Desmintió rumores que hablaban de malversación de fondos de las colectas, se quejó de la crítica de los “antinacionales” y a pesar de la tragedia auguró un futuro venturoso. Luego se dirigió a la multitud, Perón, el secretario de Trabajo y Previsión que en esos días se terminó de dar a conocer. Su capacidad oratoria ya estaba desarrollada. Habló con firmeza, encanto, modulando y jugando con los silencios y énfasis. La multitud escuchó las palabras con atención.

Luego bajó del escenario y se dirigió al palco improvisado que habían armado para las autoridades. Era un corralito delimitado por sogas con unos grandes sillones de mimbre. El presidente Ramírez y su esposa ya se habían retirado dejando dos libres. Uno de esos sillones es el que ocupó Eva Duarte para iniciar la charla con Perón y su romance. La manera en que llegó hasta ahí es incierta. Hay, como en tantas cuestiones de nuestra historia, varias versiones que superponen, se entrecruzan, se contradicen o se complementan entre sí. Cada supuesto testigo o responsable del encuentro y cada historiador han elegido las versiones que han preferido o que les han convenido o que confirmaron sus prejuicios. Uno de nuestros problemas: ni siquiera podemos dejar de pasar por el tamiz ideológico o dogmático el comienzo de un romance.

Según quien cuente la historia, ese primer cara a cara, esa charla de seducción inicial se debió a Homero Manzi, Roberto Galán, Domingo Mercante, un fotógrafo de la revista Antena o algún guardia distraído del Luna Park. Una especie de Rashomon autóctono en la que cada narrador en vez de dar su punto de vista, se logra ubicar en el centro de la historia, reserva para sí el protagonismo.

Roberto Galán era un joven locutor que había participado del acto en su horas iniciales y que ya para la noche se encontraba en las plateas aceitando contactos para mejorar su futuro profesional. Su versión indicaba que dentro del Luna, Eva lo perseguía para que la hiciera subir al escenario para recitar unas poesías. Y que él decidió, al verlo a Perón sólo en el palco, matar dos pájaros de un tiro y los presentó. Que al rato pasó por el lugar y los vio charlar animadamente. “Al ver cómo terminó esta historia de amor, me dio mucho orgullo haber sido yo quien los puso frente a frente”, dijo el conductor televisivo. Si decidimos creer su versión, y teniendo en cuenta que también habría presentado a Perón con su tercera esposa, María Estela “Isabelita” Martínez, este celestino peronista habría justificado con creces haber logrado la fama con su programa “Yo me quiero casar y ¿usted?”.

Arturo Juaretche contó que Homero Manzi fue el que hizo ingresar a Eva y otra actriz amiga al Luna Park cuando la capacidad ya estaba desbordada y las puertas cerradas. Esto explicaría por qué, si Eva participó del comité de organización, aún en un papel secundario, no hubiera tenido su lugar en el programa. Posiblemente, ella eligió llegar más tarde, cuando ya era el tiempo de actuar de las primeras figuras, para tener más tiempo para arreglarse y prestar atención a otras cuestiones y poder desplegar sus poderes de seducción.

Por su parte, el hijo de Mercante contó en un libro sobre su padre: “Cuando era chico todos los fines de semana íbamos a comer a la Quinta de Olivos con el matrimonio presidencial. Y Eva siempre le decía a mi padre: ‘Se acuerda Mercante cuando en el Luna Park me llevó de la mano para que me sentara al lado de Perón. ¡Ay, el miedo que tenía! Y estuve mire que estuvo inspirado ¿no?'”. Otros sostienen que su amigo Nicolini le había señalado a Mercante (jefe de Nicolini) como objetivo de conquista para esa noche.
Otra posibilidad: Horacio Álvarez, fotógrafo de Antena y acreditado en la Casa Rosada, fue uno de los pocos que pudo acceder al corralito que contenía el palco presidencial. De sus recorridas por radios y teatros conocía a Eva, quién le pidió que le presentase a Perón. Álvarez aprovechó el momento en que el presidente Ramírez se retiraba e hizo ingresar a Eva. Allí los habría presentado.

Eva también dio su versión, algunos años después, a Vera Pichel: “No sé cómo me animé a hacerlo. El impulso lo hizo todo. Vi el sillón vacío y corrí hacia él. Sin pensar si correspondía o no. Me vi de pronto al lado de Perón que me miraba con aire un tanto asombrado. Y empecé a hablarle. De cualquier cosa. De la fiesta, de la necesidad de colaborar, qué sé yo. Cuando terminó el acto Perón me invitó a comer algo por ahí. Acepté y fuimos. Quedé marcada a muerte. Fue, como dije tantas veces, mi día maravilloso”.
Juan Domingo Perón contó los hechos de maneras variadas con el transcurso de los años. Era una costumbre en él, que siempre parecía estar consciente que estaba hablando para la historia. Sus historias personales, cargadas de mitos y tergiversaciones, muchas veces están alejadas de los hechos. Sin embargo, en sus entrevistas con Tomás Eloy Martínez y otros a mediados de la década del sesenta, Perón siempre insistió en el deslumbramiento inicial. Luego, los detalles variaban (hasta habló de una Eva rubia, cuando en esos años era morocha) pero como Borges escribió de Emma Zunz, parecería, que todo lo demás era cierto, “verdadero era el tono, (…) sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”.

Del Luna Park salieron tarde y juntos. En un auto oficial se dirigieron a comer a la casa de un amigo de Perón de apellido Ochoa. De allí ya, de madrugada, se dirigieron al departamento de Perón en Arenales y Coronel Díaz. Allì vivía con el militar, María Cecilia Yurbel Peña, alias La Piraña, una joven mendocina que en esos días se encontraba en su provincia visitando a su familia. La Piraña ya no volvería a vivir con Perón. Desde esa noche del 22 de enero o, más precisamente, desde la madrugada del 23 de enero de 1944, Eva y Perón no se separarían más. No les importó que él la doblara en edad: 48 contra 24 años. Luego Perón se mudaría al edificio de la calle Posadas en el que Eva ya estaba instalada junto a su hermano Juan Duarte. Eva y Perón estaban destinados a vivir un amor intenso, torrencial y agitado; y estaban destinados a protagonizar un vuelco en la historia del país. Para eso sólo tendría que transcurrir poco más de un año desde ese primer encuentro.