“Uh… por qué estudié arqueología es una pregunta difícil. Cada vez que me la hacen trato de explorar y entender por qué”. Parece que explorar la vida hace mil o dos mil años es más simple para Lucas Gheco que escarbar en su propio yo. Pero algunas certezas tiene este investigador posdoctoral del Conicet, invitado este verano para participar de un desafiante proyecto arqueológico en una tumba de 3.500 años en la antigua Tebas, actual Luxor, Egipto: “Creo que me metí en esto porque me gustaba la historia y estar al aire libre, y se combinaba con una pasión por la incertidumbre ante lo desconocido”.

Gheco tiene 31 años. Tiene la voz de una persona amable. Además, algunas eses aspiradas, por la pronunciación santafesina. Y la sencillez de quien comenzó desde abajo, la ambición de quien busca lo invisible y la sensibilidad para entender que más allá de los grandes relatos hay historias mínimas: “Esto es lo que distingue a nuestro equipo y nuestra metodología de trabajo, por lo cual nos invitaron a Egipto”.

¿A qué? A realizar tareas deexcavación y documentación de una tumba de la antigua necrópolis tebana. La de Amenemhat, un escriba, supervisor de graneros que vivió en Egipto entre el 1479 y el 1425 aC.

En la charla no dice “antes de Cristo” sino “antes del presente”. Gheco acaba de volver a la Argentina luego de 44 días sumergido en una tumba al otro lado del mundo, y espera regresar para encarar una segunda etapa de investigación. Todo bajo la dirección de la investigadora del Conicet Bernarda Marconetto, del Instituto de Antropología de Córdoba.

Su vida es bien complicada. Se mudó a Catamarca a los 17 años para estudiar arqueología en la Universidad Nacional de Catamarca. Había nacido en Santa Fe capital, donde hoy podría estar tranquilo con su novia de hace años. Ella vive ahí. Él no.

Antes de recibirse, entró como colaborador en el Centro de Investigaciones y Transferencia (CIT) de Catamarca, donde trabaja actualmente con un equipo abocado a la investigación en arqueología y patrimonio cultural. Puntualmente, el arte rupestre prehispánico de la Sierra de El Alto-Ancasti.

Si bien en el medio hizo el doctorado en la Universidad Nacional de Córdoba, estudiar el arte ruprestre de esa región catamarqueña es su pasión. Además da clases en la Universidad Nacional de San Martín. Esto significa que todas las semanas triangula Buenos Aires-Santa Fe-Catamarca. Y en estos días mechó Egipto.

Gheco dice mil veces que el grupo de El Alto-Ancasti tiene una metodología única y particular;que esperan poder aplicar esos conocimientos al estudio de la tumba tebana. Pero, ¿qué es eso tan particular?

“Nuestro desarrollo metodológico, si bien combina técnicas que se usan en otros grupos del mundo, tiene de especial el grado de detalle que alcanza, lo que en parte se debe al enfoque teórico del proyecto y del equipo. Nuestro interés es conocer las historias particulares, las historias locales, las historias de las personas comunes, más allá de los grandes relatos culturales que muchas veces acaparan toda la atención”, contó.

Y siguió: “No nos importa qué cultura pintó esta pared sino qué persona, por qué, cómo la transformaron, la significaron, la vivieron. Ese compromiso teórico necesita una metodología muy detallada para alcanzar esos episodios tan particulares”.

Según explicó, “se combina observación detallada de las pinturas, con lupa, con análisis físico-químicos de las muestras, que tienen un milímetro cuadrado… son muy pequeñas y se analizan a partir de distintas técnicas químicas. Luego se excavan los sedimentos del piso de la cueva, sea de Catamarca o de Egipto”.

“Distintos indicadores nos informan sobre historias particulares. Por ejemplo, que en cierto momento una persona, en el 800 de nuestra era hizo un fogón. Y podemos saber cuándo lo hizo, si la pared estaba pintada o se pintó después. Al mismo tiempo vemos que una persona tallaba las primeras partes de un instrumento de cuarzo. Para poder ver estos episodios con este grado de resolución se necesita aplicar técnicas muy detalladas. De otro modo no se ve la complejidad de estas historias”, detalló el arqueólogo.

Pero la complejidad también cruza las vidas de los científicos que las descubren, reflexionó Gheco: “Para nosotros fue muy importante poder aplicar estos desarrollos propios de la ciencia argentina a una investigación como la de Egipto, en especial en este contexto de recorte en el Conicet y en las universidades. La ciencia argentina tiene un potencial muy grande y fuimos reconocidos al recibir esta invitación”.

Gheco cuenta los días con nerviosismo: no sabe si en abril se quedará afuera del mayor organismo de ciencia del país, el Conicet, cuando se anuncien los nombres de quienes entrarán a Carrera del Investigador: “Es probable que me quede afuera porque la cantidad de arqueólogos que entran por año es mínima. Se espera que este año sean tres o cuatro, no más. Vivimos en una contradicción. Salimos en los diarios y tal vez nos quedamos sin trabajo. Ojalá cambie”.