En la tarde del miércoles 13 de marzo de 2013, seis años –una tarde lluviosa y venturosa-, el cónclave de los cardenales menores de 80 años, reunido para elegir el sucesor de Benedicto XVI, tras la renuncia de este el 11 de febrero de 2013, emanó, por la chimenea de la Capilla Sixtina, la inconfundible y gozosa fumata blanca. Eran las 19:06 horas, (15:06 hora de Argentina).

Llovía, la alegría, el bullicio y el nerviosismo estallaron en la Plaza de San Pedro y en todos los rincones de la urbe y del orbe. Una hora larga después –las 20:12 horas-, (16:12 hora de Argentina) ya había cesado de llover, el cardenal protodiácono, entonces el francés Jean-Louis Tauran, en fidelidad al ceremonial y a la tradición de siglos, anunciaba el nombre del elegido, que tomó por sorpresa a todos: Jorge Mario Bergoglio, jesuita, de 76 años, cardenal arzobispo de Buenos Aires. Antes de las ocho y media de aquella tarde-noche, Bergoglio, ya Pedro, ya Papa Francisco se presentó en el balcón central de la basílica vaticana. La sorpresa inicial, inmensa sorpresa, no hacía sino aumentar y hasta emocionar.

En el sexto aniversario de la elección, el Papa Francisco vive un año lleno de importantes viajes internacionales, marcados al principio y al final por dos acontecimientos «sinodales»: el encuentro para la protección de los menores que tuvo lugar en el Vaticano el pasado mes de febrero con la participación de los presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo, y el Sínodo especial sobre la Amazonia, que se celebrará -de nuevo en el Vaticano- el próximo mes de octubre. El reciente viaje a los Emiratos Árabes, en el que el obispo de Roma firmó una declaración conjunta con el Gran Imán de Al-Azhar, ha tenido un gran impacto. Un documento que se espera que tenga consecuencias en el campo de la libertad religiosa. El tema ecuménico prevalecerá en los próximos viajes a Bulgaria y luego a Rumania, mientras que el viaje deseado, pero aún no oficial, a Japón ayudará a recordar la devastación causada por las armas nucleares como una advertencia para el presente y el futuro de la humanidad que experimenta la «tercera guerra mundial en pedazos» de la que el Papa habla a menudo.

Pero una mirada al año pasado no puede ignorar el resurgimiento del escándalo de los abusos y las divisiones internas que llevaron el pasado mes de agosto al ex nuncio Carlo Maria Viganò, justo cuando Francisco estaba celebrando la Eucaristía con miles de familias en Dublín proponiendo la belleza y el valor del matrimonio cristiano, para pedir públicamente la dimisión del Papa por la gestión del caso McCarrick. Ante estas situaciones, el Obispo de Roma pidió a todos los fieles del mundo que rezaran el Rosario todos los días, durante todo el mes mariano de octubre de 2018, para unirse «en comunión y penitencia, como pueblo de Dios, pidiendo a la Santa Madre de Dios y a San Miguel Arcángel que protejan a la Iglesia del demonio, que siempre quiere separarnos de Dios y entre nosotros».

Una petición tan detallada no tiene precedentes en la historia reciente de la Iglesia. En sus palabras y en su llamada al pueblo de Dios a orar para mantener unida a la Iglesia, Francisco nos hizo comprender la gravedad de la situación y, al mismo tiempo, expresó su conciencia cristiana de que no hay remedios humanos que puedan garantizar una salida.

Una vez más, el Papa recordó lo esencial: la Iglesia no está formada por superhéroes (ni siquiera superpapas) y no sigue adelante en virtud de sus recursos humanos o estrategias. Sabe que el maligno está presente en el mundo, que el pecado original existe, y que para salvarnos necesitamos ayuda de lo alto. Repetirlo no significa disminuir las responsabilidades personales de los individuos y las de la institución, sino situarlas en su contexto real.

El Papa, en el comunicado sobre las intenciones del mes de octubre pasado, solicita a todos los fieles del mundo que oren para que la Santa Madre de Dios ponga a la iglesia bajo su manto protector, para preservarla de los ataques del maligno, el gran acusador, y al mismo tiempo nos ayude a hacerla cada vez más consciente de los abusos y errores cometidos en el presente y en el pasado.

En el presente y en el pasado, porque sería un error «descargar» la culpa  sobre los que nos precedieron y  presentarnos como «puros». Incluso hoy la Iglesia debe pedir a Dios que la libere del mal. Un hecho de realidad que el Papa, en continuidad con sus predecesores, ha recordado constantemente.

La Iglesia no se redime de los males que la afligen. Incluso del horrible abismo del abuso sexual cometido por clérigos y religiosos, uno no escapa por la fuerza de los procesos de auto-purificación ni confiándose a aquellos que se han investido del rol de purificador. Las normas, la responsabilidad y la transparencia, cada vez más eficaces, son necesarias e incluso indispensables, pero nunca serán suficientes. Porque la Iglesia, como nos recuerda hoy el Papa Francisco, no es autosuficiente y da testimonio del Evangelio a muchos hombres y mujeres heridos de nuestro tiempo precisamente porque ella también se reconoce como mendiga de sanación, necesitada de misericordia y del perdón de su Señor. Tal vez nunca antes, como en el año turbulento que acaba de pasar, el sexto de su pontificado, el Papa, que se presenta como «pecador perdonado», siguiendo las enseñanzas de los Padres de la Iglesia y de su inmediato predecesor Benedicto XVI, ha dado testimonio de este hecho esencial y más relevante de la fe cristiana.

Contra todos los pronósticos, seis años atrás la vida nos regalaba un Papa argentino y ubicaba en un lugar preponderante de la humanidad a uno de los nuestros, que pasará a la historia siendo sin duda el más trascendente de los nacidos en estas tierras.

Tuve la dicha de estar cercano a su palabra, a su sabiduría, que siempre me asombró. La espiritualidad impone respeto en aquellos hombres que la viven, esa religiosidad de los grandes, de aquellos que se entregan en busca de la perfección. Y la casualidad hizo que el padre Bergoglio, profesor de literatura en Santa Fe, se encontrara con el Maestro Borges, coyunturas de la historia que no dan para ser rebajadas a chimentos. Y el Santo Padre guarda más de un poema del Maestro en su memoria.

Siempre me llamó la atención su persona, esa paz que irradia unida a una profundidad de pensamiento difícil de encontrar en este fárrago de alaridos que impone el presente. Su palabra deslumbró al mundo, lo convirtió en la figura descollante del presente, desde las Naciones Unidas hasta el gran país del norte. Nada de eso conmovió a sus detractores barriales, ateos agresivos dispuestos a terminar con la religiosidad; son para el mundo la contracara del talento del Papa, la imagen patética de nuestra propia limitación. La modernidad intentó imponer la materia como el único dato de la realidad. La máquina degradando lo humano. El marxismo y el liberalismo imponiendo las figuras del proletario y el consumidor, enriqueciendo a los pequeños grupos a partir de empobrecer multitudes, otorgando libertades que no existen a cambio de atroces carencias. La religiosidad sigue vigente, inherente al humano como toda necesidad de trascender. El egoísmo como virtud de aquellos que impusieron sus leyes, las riquezas enfrentando a las naciones, a las culturas, a las religiones. De nuevo los adoradores del becerro de oro, no es que no crean en nada, es que además necesitan agredir a los creyentes para imponer sus miserias. Fanáticos que se pretenden precursores de libertades que desprecian.

Un Papa que logró visitar el Muro de los Lamentos acompañado de un rabino y un líder religioso musulmán. Un mundo donde las religiones pueden incitar a la violencia o convocar al encuentro, donde la fe les enseñó a los pueblos mucho más que el deslumbramiento de la tecnología. El hombre tiene hoy la soberbia del inventor, del que maneja la materia pero también la debilidad del que multiplica la miseria y lastima a la naturaleza.

Un Papa que vino a enfrentar al poder, que nada tuvo que ver con los Kirchner cuando gobernaron ni ahora con Mauricio Macri, un Papa que se guarda el derecho de recibir a los réprobos y a los cuestionados sabiendo de sobra que ellos ocupan el mismo lugar que la Iglesia para la raza de «los bien pensantes».

El papa Francisco hubiera sido un orgullo y un factor de unidad para cualquiera de los pueblos hermanos, pero en nuestra pequeñez se amontonan para exigirle gestos todos aquellos que ni siquiera asumen que son impotentes de tenerlos.

Damos al mundo figuras como Daniel Barenboim, capaz de forjar una orquesta entre palestinos y judíos, gestores de la paz surgidos de un pueblo que no logra superar las miserias de sus divisiones.

Un Papa que vino a devolverle a la Iglesia su transparencia y su vigencia, su lugar en el mundo al lado de los más necesitados. Su palabra lo convierte en la voz más potente de la humanidad. Frente a su enseñanza son muchos los ateos que encuentran una guía en su propuesta, a veces más que los mismos cristianos que imaginan que hasta el más allá debe ser propiedad de los propietarios de todo. Es llamativo cómo lastima su mera presencia a muchos, demasiados elegantes docentes de egoísmo adocenado. Republicanos de pacotilla, ateos adoradores del horóscopo, gente que se cree superior a los demás. La humildad de Francisco despierta y provoca la agresiva soberbia de los ignorantes.

El papa Francisco es la voz de la humildad convertida en sabiduría, el tiempo forjará los cimientos del orgullo que nos merecemos porque ha nacido entre nosotros. El papa Francisco fue el catalizador de nuestras diferencias cuando debiera haber sido el convocante de nuestro encuentro. Algunos preguntan cuándo viene, como si nosotros no tuviéramos nada que ver con su distancia. La pregunta de fondo es: ¿cuándo vendrá el tiempo del encuentro entre nosotros? Esa respuesta alberga todas las variables de la esperanza.

Qué oportuno es recordar las palabras «Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen».

Es el Papa número 266 de la Iglesia Católica.

Con 82 años, lleva 27 viajes internacionales a sus espaldas y le esperan más en 2019.