El Papa Francisco encabezó su séptimo Vía Crucis ante miles de peregrinos y turistas que se convocaron en el Coliseo romano para ser parte del tradicional rito del viernes santo que evoca la pasión y muerte de Jesús. 

Acompañó la cruz siguiendo la procesión en silencio por las 14 estaciones desde la terraza del Palatino, mientras escuchaba las meditaciones que escribió Eugenia Bonetti. Se trata de la monja misionera italiana que trabaja para rescatar a migrantes y mujeres obligadas a prostituirse en las calles de Italia por traficantes sexuales.

Por su parte, el Sumo Pontífice dejó un fuerte mensaje en el que hizo referencia a la realidad que se vive en el mundo, entre la pobreza y los inmigrantes que huyen de su país para refugiarse en otro.

Reclamó por la cruz de las “familias destrozadas”, de las “personas solas y abandonadas hasta por sus propios hijos y parientes”, de las “personas hambrientas de pan y amor”, de las “sedientas de justicia de paz” e incluyó a los “inmigrantes que encuentras las puertas cerradas a causa del miedo y de corazones blindados por los cálculos políticos”.

Bergoglio también hizo referencia a la situación que atraviesa la Iglesia tras las denuncias escandalosas contra sacerdotes que abusaron de menores y pidió por “la cruz de los pequeños, heridos en su inocencia y en su pureza”, “la cruz de nuestras debilidades, de nuestras hipocresías, de nuestras traiciones, de nuestros pecados, de nuestras numerosas promesas rotas”. 

«Señor Jesús, ayúdanos a ver en tu Cruz todas las cruces del mundo», concluyó Francisco, en una oración muy sentida de su autoría que pronunció al final del Vía Crucis.