Messi… No hay otra explicación posible después de 98 minutos de un fútbol magnífico, cambiante, intenso, estratégico, táctico, barrial, de alfombra roja y también de potrero. Partidos así dan ganas de que no terminen nunca y algo de eso le pasó al árbitro holandés.

Si el 1-0 era una especie de goleada para el Barcelona ante esa máquina voraz que es el Liverpool, el 3-0 emerge como una señora injusticia a partir del desarrollo, pero al mismo tiempo se justifica en ese señor fútbol que es Lionel Messi . Una paradoja, entre tantas, en una semifinal inolvidable.

Porque Ter Stegen había sacado tres pelotas de gol y Liverpool tenía acorralado a un Barcelona que se defendía como podía. Hasta que Messi inventó una jugada, aprovechó un rebote y convirtió uno de los goles más fáciles de su carrera. Y enseguida nomás, generó un foul y convirtió uno de los tiros libres más espectaculares de su trayectoria.

La muestra de que el Liverpool no iba a meter un gol ni de casualidad se dio con la salvada de Rakitic abajo del arco ante el tiro de Firmino y el remate posterior al palo de Salah (partidazo del egipcio). Y el ejemplo -por si hacía falta- de que Messi muchas veces debe hacer casi todo en el equipo la dio esa falla insólito de Dembelé en la última jugada.

El 3-0 es una ventaja pesada, demasiado pesada por la jerarquía de ambos equipos. Una ventaja que el Barcelona deberá sostener el martes que viene en la cancha del Liverpool. Una ventaja que deja a Messi muy cerca de otra final de Champions.