Cerrá los ojos, pensá en la fecha de tu cumpleaños, ¿hace cuántos años que celebrás tu nacimiento exactamente el mismo día? Ahora imaginá que un día cualquiera tu propio padre te hace saber que no naciste ese día y te revela una nueva fecha. Seguí, ahora imaginá que otra mañana cualquiera vas a hacer un trámite, te piden que verifiques tus datos personales, te muestran la pantalla y te enterás de que no tenés ni una ni dos: tenés tres fechas de nacimiento.

Ahora pensá a qué velocidad empiezan a crecer las dudas, que volvés al pueblo en el que naciste, que revolvés en el silencio, que te enterás de que detrás de esas fechas hay una verdad oculta que nadie tenía pensado revelar.

El secreto de mi vida

Juan Mauro Alduncin nació en General Pico, La Pampa, hace 40 años, cuando Pico tenía unos 35.000 habitantes, casi la mitad de los que tiene hoy. Quería estudiar para ser cocinero en la ciudad de Buenos Aires por eso dejó la provincia poco después de haber terminado el secundario. Sin saberlo, se alejó casi 600 kilómetros del pueblo en el que anidaba el secreto de su vida.

«Resulta que en Pico todos sabían que era adoptado, menos yo«, cuenta a Infobae. Fue un amigo pampeano, cuando ya los dos vivían en Buenos Aires, quien le hizo notar el detalle: «Yo le estaba contando que no estaba teniendo una buena relación con mi viejo y me contestó: ‘Tené paciencia, nadie nace sabiendo ser padre, cuando tus viejos te adoptaron…'».

Juan no recuerda qué dijo después, sólo que ahí quedó clavado el velocímetro. Su mamá, al día siguiente, le confirmó que no había estado embarazada de él: «Me dijo que ella y mi papá habían querido ser padres y no lo habían conseguido. Entonces, el marido de su mejor amiga, que era pediatra, les dijo que cuando llegara a la clínica una mujer que no quisiera quedarse con su bebé, se los iba a dar a ellos en adopción».

Juan todavía no entendía la diferencia entre adopción y apropiación. Tampoco que además de existir los hijos apropiados durante la última dictadura, existían «los otros apropiados»: los bebés regalados o vendidos por profesionales de la salud «que se creían Dios, porque podían dar una vida a las parejas que, biológicamente, no podían tener hijos», sigue.

Como sentía que «había sido querido y había tenido una buena vida», Juan no hizo más preguntas. Al año siguiente, a su mamá le diagnosticaron un cáncer feroz en los huesos y murió poco después. Era la más abierta y dispuesta a decir la verdad pero con ella se fueron los detalles.

Hasta ese entonces, el documento de Juan decía que su fecha de nacimiento era el 30 de marzo de 1979. Fue su papá quien le reveló -cuando ya tenía casi 30 años- que era la fecha era falsa: «5 de marzo«, dijo, y clavó un signo de pregunta en todas las velas de las tortas de su vida.

Al año siguiente, Juan fue a sacar el registro de conducir y apareció su tercera fecha de nacimiento: 3 de marzo.

«El muchacho que me atendió me dijo ‘confirmame los datos’, dio vuelta la pantalla y yo miré. Pensé que era un error de tipeo y le dije que estaba mal. Después me mostró mi partida de nacimiento, que estaba subida al sistema. Efectivamente, decía 3 de marzo».

Desconcertado, llamó al Registro Civil de General Pico: había dos partidas de nacimiento con el mismo número de hoja y folio pero con una diferencia: una decía que había nacido el 30, la otra el 3. Las dos decían que era hijo natural de sus padres de crianza por lo que fácilmente detectó que ambas eran apócrifas.

Juan había nacido en 1979 por lo que, su primer reflejo fue hacerse el análisis en el Banco Nacional de Datos Genéticos para saber si era hijo de desaparecidos. Sobre una base de 7.000 muestras dio negativo. Al no haber un organismo que prestara atención a «los otros apropiados», se sentó en el programa de televisión «Los unos y los otros», que en aquel entonces conducía Andrea Politti, y se encargaba de entrevistar a personas que buscaban familiares.

— Se dice que ese programa logró unir a 200 familias. ¿Qué pasó en tu caso?
— Nada.

Volver atrás para seguir hacia adelante

Por eso desandó el camino y volvió a General Pico con la esperanza de que, quienes quedaban vivos, le dieran alguna pista sobre su madre biológica y le contaran cómo habían hecho para quedarse con un bebé.

«Fui a hablar con la que había sido la mejor amiga de mi mamá, la mujer del pediatra. Su marido ya había muerto, y de verdad mis viejos y ellos habían sido muy amigos, yo los sentía mis tíos», sigue.

«Lo que más me dolió es que ella no me contestó ‘no sé’, me dijo ‘no preguntes más’, ‘¿para qué vas a buscar?’, ‘quedate con el recuerdo de los padres que tuviste’. Creo que fue un secreto de amigos, que él se lo llevó a la tumba y que las personas que siguen vivas ocultan más de lo que dicen«.

En el pueblo se corrió el rumor y volvió como un boomerang, en forma de acusaciones: que era «un desagradecido«, que estaba «deshonrando la memoria» de su madre y de los médicos. «Cuando no hablan, por pudor o por no manchar el honor de un médico, no se dan cuenta de que nos están impidiendo a los hijos saber la verdad acerca de nuestro origen».

Mientras Juan caía en la cuenta de la ilegalidad que había habido en su adopción, escuchaba a los habitantes de la ciudad repetir un mismo eufemismo: «Acto de amor».

«Repetían eso: que los médicos de la época habían hecho un acto de amor dando bebés a parejas que no podían tener hijos naturales. Los médicos de Pico siempre tuvieron una forma muy campechana, muy entrañable, de tratar a sus pacientes. Entiendo que era una forma de cubrirse de posibles cosas que podían llegar a saberse de ellos con el tiempo».

Por eso habla de «pueblo chico, infierno grande»: «Hay secretos que son de esos llamados ‘secretos a voces’: todos lo saben pero nadie los revela. Creo que son más las personas que callan que las que no saben. Algunos creen que estoy traicionando la memoria de mi madre, que era directora de la escuela y muy querida en el pueblo. Lo que no saben es que ella, cuando estaba muriendo, sufrió mucho y a varias personas les dijo por qué. Sabía que no iba a estar para ayudarme cuando yo quisiera saber la verdad».

Pasó el tiempo cargado de más silencio hasta que, el año pasado, Juan leyó en un diario de La Pampa que estaban comenzando las declaraciones indagatorias por una causa desustracción de identidad en la que se involucraba a otro médico.

El apellido le sonó: era el mismo que había firmado sus dos partidas de nacimiento.Había un tercer médico mencionado, que se suicidó de un escopetazo en agosto de 2017, acusado de comprar bebés en aquel período a madres en condiciones económicas y sociales vulnerables.

En octubre del año pasado, Juan se sumó a la denuncia colectiva (hay por lo menos 15 casos similares al suyo en el mismo pueblo). Es probable que haya más, «pero muchos hijos no se animan a ir a la Justicia porque sus padres de crianza siguen vivos. Reconocen la ilegalidad pero igual los quieren y tienen miedo de que vayan presos. En mi caso, había una amistad y no hubo dinero de por medio pero sé que en otros casos sí hubo plata, o un bebé a cambio de un tractor, de una casa, de un terreno».

Juan no habla de alguien siniestro cometiendo un delito en soledad sino de una banda: «Si estaba involucrado el Registro Civil estamos hablando de una organización. Hay partidas de nacimiento en las que figura que fueron a anotar a los bebés un domingo, cuando el Registro está cerrado».

La causa se mueve lentamente en el Juzgado Federal de Santa Rosa. «No podemos esperar más, sólo uno de los tres médicos sigue vivo. Hay otros profesionales de la salud que podrían contar lo que saben. Si siguen dejando pasar el tiempo, los implicados se vuelven cada vez más grandes y mueren o terminan apelando a ciertos recursos para no declarar. Dicen que cuando la justicia es lenta deja de ser justicia, ¿no?».

Cuando no hay verdad, los vacíos se llenan con hipótesis. «Me pregunto cómo habrá sido la vida de mi mamá biológica, qué le habrán dicho, pienso en la violencia de género, porque muchas eran pobres, muy jóvenes o estaban solas, iban a parir y, cuando se despertaban, les decían que sus hijos habían nacido muertos».

No sabe nada de ella pero supone que podría ser una mujer de «La maruja», a unos 100 kilómetros de General Pico, de donde era uno de los médicos y donde Juan ha pasado infinidad de veranos. Un pueblo con monte a donde los hacheros iban a trabajar por temporadas y donde nacieron muchos hijos de madres solteras.

Fuente: Infobae