«Si agarro River es para ser campeón». Enero de 1975 ardía en las calles con sus altas temperaturas, pero que ni se les acercaban a las que se vivían en las siempre caldeadas reuniones de la Comisión Directiva de River. El club de Núñez acumulaba ya 16 años sin títulos y en ese periplo había experimentado con todo tipo de jugadores y entrenadores. El hartazgo por esa racha nefasta que no se cortaba con nada tenía que encontrar su exterminador. Y el hombre era uno solo. El que pronunció aquella frase en medio de sus negociaciones para regresar a su casa, a la institución que era parte de su vida: Ángel Amadeo Labruna

Puso las cosas en claro: «No tengo la varita mágica y para salir campeón necesito refuerzos importantes. Si el club no se mueve para conseguirlos, ni soñemos con River campeón. Y yo no vuelvo a River si no es para salir campeón». A las pocas horas hubo acuerdo y ya se sabe el final de la historia: Entre 1975 y 1981 ganó seis títulos locales, conformando un equipo de estrellas, algunas que estaban en el plantel y otras que fueron llegando por su buen ojo para elegir futbolistas.

En aquel enero de 1975, era el DT de Talleres de Córdoba, con quien había hecho una gran campaña en el Nacional 1974, arribando al octogonal final. El gran vínculo que hay entre Talleres y River se llama Ángel Labruna y tiene muchas historias cruzadas.
En agosto de 1981, mientras Boca Juniors daba la vuelta olímpica con Diego Maradona, el mundo riverplatense quedaba conmovido con la noticia de la salida de Ángel como entrenador, y ocupaba su lugar Alfredo Di Stéfano, pese a las declaraciones de los dirigentes hasta unas horas antes: «Siempre le creí a Aragón Cabrera (el presidente) cuando me desmentía los rumores, confiaba ciegamente. Por eso no podía entender que lo que pasaba. Al irme de River, pensé que se terminaba el mundo, si hasta me quise pegar un tiro. Anduve como loco toda una noche sin poder dormir. Salí a dar vueltas por cualquier lado con el auto. No quería volver a mi casa. Unos días después llegó el llamado de Talleres, pero yo seguía pensando en River».

Se calzó nuevamente el buzo de entrenador de la «T» y el destino quiso que tuviera que compartir la zona del Nacional con su ex equipo, ahora en manos de Di Stéfano. Al llegar la última fecha de la fase de grupos, River debía ganarle a Sarmiento como visitante y esperar que Loma Negra, aquel equipo revelación, manejado por Amalita Fortabat, no venciera en su partido. ¿A quién enfrentaba el cuadro de Olavarría? Al Talleres de Angelito. Los millonarios sellaron el 2-0 en Junín, donde quedó como una postal a sus futbolistas en derredor del banco de suplentes con la radio portátil, a la espera del final de Loma Negra. Fue 0-0 y la clasificación de River para la ronda final, gracias a Labruna, que le sacó un punto vital a Loma Negra. Pocas semanas más tarde, se quedó con el título al superar a Ferro y Alfredo Di Stéfano fue el primer entrenador en ser campeón con Boca y River.

Otra perla de aquel certamen es que pese a dirigir a Talleres, Ángel seguía con contrato en River, como director del fútbol profesional, cargo que nunca ejerció. Por esas paradojas del destino, el domingo 8 de noviembre, su equipo fue goleado 5-0 en el Monumental, pero él cobró el premio por la victoria, tal como establecía su vínculo…

Era un eterno ganador y por eso se mofaba de quienes le cuestionaban sus virtudes como entrenador: «Muchos dicen que no soy un buen director técnico. Que digan lo que quieran. De todos modos, algo es cierto: Soy un fenómeno eligiendo. Puede haber muchos técnicos como yo, pero ninguno sabe más que yo». Esa especie de fanfarrón simpático, les caía muy bien a sus jugadores. Oscar Pinino Más recuerda que estaban en el túnel, a punto de salir a jugar un clásico con Boca: «El partido era 15:30 y 15:28 ya había que entrar a la cancha para no pagar una multa. Era la hora y le digo a Ángel que teníamos que salir. Me respondió: ‘Esperá que tengo que ver como salió un caballo que me pasaron como fija. El resto no importa, después pagamos la multa’. También era un abonado a las cábalas, tenía como un millón. Un día lo agarré: ‘¿Ángel, que cábalas tiene?’ Me miró y dijo: ‘Pinino: son algo personal, no hay que decirlas, porque pierden efecto, así que no preguntes pelotudeces'».

En 1973 fue la primera vez que dirigió a Fillol. Estaban en Racing y el Pato la rompía en cada partido. A mediados de año, llegó una oferta de River y el arquero dudó: «La verdad es que no quería ir porque se decía que había muchas internas en el plantel. Me agarró Ángel en el vestuario y me dijo: ‘Si no se va ya a River lo sacó de acá a patadas. Usted no sabe lo que es River. ¡Váyase ya!». Fui y al año y medio nos reencontramos allá para ganar seis títulos en una época gloriosa».

Para Norberto Alonso, Labruna fue como un padre. Tuvieron una identificación inmensa desde un primer momento. Incluso mucho antes de que compartieran vestuario como técnico y jugador. En la segunda fecha del Metropolitano de 1972, Ángel dirigía a Rosario Central, que en su cancha goleaba 4-0 a River. A pocos minutos del final, un joven Alonso, agotado por el calor y decaído por la goleada, se quedó quieto mirando el juego con los brazos en jarra. Labruna se acercó a la raya de cal, puso las manos al costado de su boca y sin importarle demasiado tener a la platea local a escasos metros, le gritó: «¡Dale, nene! Corré, que yo transpiré como nadie esa camiseta durante 20 años».

Quizás su inmensa y eterna idolatría en River Plate se haya potenciado por la manera en que vivía y sentía los clásicos con Boca Juniors. En palabras y en hechos: «Boca es un equipo preparado para ganar, pero no para dar espectáculo. Por eso los jugadores que yo elijo nunca andarían en Boca». «Si yo digiera a Boca, me iría al descenso, porque perdería todos los partidos. Con la clase de futbolistas que les gustan a ellos, no podría jugar al ataque como lo hago en River, porque están preparados para otra cosa. Yo siempre quiero ganar por muchos goles, mientras que ellos son felices con el 1-0».

En 1982 se decidió invertir el orden de los torneos en el fútbol argentino, por lo que el Nacional pasó a disputarse al inicio del año. Como era más corto que el Metropolitano, iba a finalizar para la época que se iniciaba el Mundial de España. Angelito seguía en Córdoba, con su querido Talleres y vio la posibilidad de reunir a futbolistas con pasado en River, para armar un buen equipo. Ya estaban la Pepona Reinaldi y Bianco, pero lentamente fue llevando a sus viejos conocidos: Juan José López y Pedro González desde Núñez, Héctor Ártico de Unión, Jorge Coudannes de Estudiantes y Carlos Morete, de opaco 1981 en Boca. Con paciencia, fue moldeando el equipo que llegó hasta la semifinal, siendo solo derrotado por el Ferro de Carlos Griguol, a la postre, el justo campeón del torneo.

En la anteúltima fecha de la fase de grupos, debía enfrentar a Boca en el estadio Córdoba. Si ganaban, quedaban a un paso de clasificación, con la yapa de eliminar a los xeneizes. En los vestuarios, tras la charla técnica, Labruna enfrentó a sus jugadores: «¡Vamos muchachos, tranquilos, eh! Hagamos lo que sabemos, pero no nos volvamos locos que es un partido más». Cuando todos marchaban rumbo al campo de juego, Angelito llamó aparte a todos los ex River y mirándolos fijamente a los ojos les dijo: «Escuchen bien: partido más un carajo. Para nosotros, ante éstos, los partidos son a muerte. ¿Está claro?«. Sus muchachos cumplieron a la perfección y la goleada 4-0 (tres de Morete y uno de Juan José López) sentenció al histórico rival y permitió un muy buen título de la revista El Gráfico con juego de palabras: «La banda de Labruna tocó como una orquesta».

Carlos Morete lo destaca como gran responsable de su resurrección futbolística: «Él hizo algo increíble por mí: en 1981 no me había ido bien en Boca y me dieron ganas de largar. Estaba de vacaciones en Mar del Plata y me insistía para que vaya a jugar a Talleres, donde estaba dirigiendo desde el año anterior, hasta me mandó a Rodolfo Talamonti, que era su ayudante, con el pasaje en avión. Al principio dudaba, no quería saber nada, pero le comenté a mi esposa que a Ángel no le podía decir que no. Llegué a Córdoba y me estaba esperando en el aeropuerto detrás de una columna (risas). Fuimos a la sede y arreglé enseguida. Me bancó los primeros cinco partidos donde no convertí, pero a partir del sexto no paré. Hice 20 en 20 encuentros, el mejor campeonato de mi vida en el plano estadístico».

La familia era otra de sus pasiones. Y tuvo el orgullo de ver a sus dos hijos lucir la banda roja. El mayor, Daniel, que falleció siendo muy joven y Omar, que fue parte de los planteles exitosos de fines de los ’70 y comienzos de los ’80. Y allí aparece una historia muy especial. En los últimos días del glorioso 1975, cuando River buscaba el título del Nacional, para ser bicampeón del año. Llegó a la fecha final un punto arriba del Estudiantes de Carlos Bilardo, pero debía viajar a Rosario para enfrentar a Central, mientras los Pinchas se enfrentaban a Temperley en cancha de Racing. Los millonarios se pusieron en ventaja con gol de Leopoldo Luque, pero enseguida llegó el empate. El segundo tiempo transcurría sin novedades y el partido desempate era una realidad, ya que Estudiantes ganaba cómodo por 2-0. Cuentan quienes estaban sentados en el banco de River, que de pronto Labruna lo hizo entrar casi sin calentamiento previo a la Pepona Reinaldi. Y a falta de un minuto, el delantero con un golpe de cabeza, convirtió el gol del campeonato. La emoción del título desbordó a todos, pero no tanto como escucharlo a Ángel con el último hilo de una voz envuelta en lágrimas: «Danielito me dijo que ponga a la Pepona. Me lo dijo desde arriba», haciendo referencia a su hijo fallecido pocos años antes…

Este domingo se verán las caras River y Talleres. Los equipos que estarán por siempre unidos por la impronta de Labruna. Y el duelo será en el mejor lugar. En el verde césped del Monumental, como le gustaba decir a Angelito…

Fuente Infobae