Permítanme empezar con una reflexión futbolera.

Para que un árbitro “amigo” cobre un penal a favor hay que tirarse dentro del área. Algo parecido le están diciendo a la Argentina, el gobierno norteamericano, y la Directora Gerenta del FMI: “Muchachos, nosotros queremos ayudarlos, pero presenten un plan que podamos comprar. Si quieren que les demos un penal a favor, tírense dentro del área”.

Más allá de los originales discursos de rigor sobre no pagar con el hambre de los argentinos, ni entregar la soberanía. -recordar que ya se la hemos entregado a Pfizer- el problema actual de la relación de la Argentina con el Fondo pasa por la imposibilidad del Gobierno de presentar un plan que, al menos en la planilla de cálculo, suene coherente.

Antes de entrar en detalles, una aclaración sobre el tema de la deuda.

Cabe recordar que la deuda pública es consecuencia de un déficit público que no pudo ser financiado con impuestos o con el impuesto inflacionario. Por otra parte, como se considera que los países son, a los efectos prácticos, “permanentes”, los Estados no se endeudan, toman crédito. En el caso argentino, por el abuso del impuesto inflacionario, la destrucción de la moneda y, por ende, del mercado de capitales local, la mayoría de la deuda pública está denominada en dólares y se contrae en el exterior.

En este contexto, el crédito soberano es una especie de “esquema Ponzi”, en dónde en cada vencimiento, se paga con la plata que aporta un nuevo acreedor. El secreto es renovar, o encontrar un nuevo acreedor que reemplace al anterior.

Dicho crédito solo se transforma en deuda, cuando esta cadena se rompe, y no hay nadie que quiera renovar o comprar nuevos créditos. En ese momento, la deuda se torna impagable.

Por eso es fundamental hacer buena letra, y mostrar un cuentito creíble en materia fiscal, que permita deducir que habrá, en algún momento, superávit fiscal para cubrir los intereses a pagar y que, por lo tanto, el monto del crédito no crece todo el tiempo.

Cuando el crédito se transforma en deuda, hay dos opciones, el Estado entra en default, o llama al quinto de caballería -super viejazo, jóvenes googlear- y allí llega el Fondo para bendecir un programa y convencer a los acreedores que vuelvan a prestar, o para poner la plata y cancelar la deuda que los privados no quisieron renovar. De lo que se trata es de evitar el default que siempre tiene consecuencias mucho más graves para el hambre del pueblo que el de mantener el crédito abierto.

Esto fue lo que pasó en el 2018, se cerró el mercado voluntario de capitales para la Argentina, y el Fondo nos prestó para cancelar deuda y evitar el default y un desastre mayor para los argentinos.

Ahora estamos recorriendo el camino inverso. Necesitamos un programa que le permita al FMI prestarnos plata para devolverle la plata que nos prestaron, esperando que, en algún momento de los próximos años, se reabra el mercado de capitales privado voluntario, y podamos tener nuevos fondos para poder pagarle el crédito nuevo que nos estaría dando el Fondo en el 2022.

Como puede apreciarse, lo del FMI, no es dinero fresco, es un simple asiento contable, para registrar la cancelación del crédito viejo y anotar el crédito nuevo. Y lo de la Argentina… también, es contabilizar el crédito nuevo, cancelando el crédito viejo.

Y, por más perversa que sea la contabilidad, nadie se muere de hambre, ni se arrodilla, ni entrega su soberanía, por partida doble.

Hecha esta larga y tediosa aclaración, o la Argentina presenta un programa, más o menos razonable y coherente, para que el Fondo y el país registren un asiento contable que patee la cancelación del crédito para adelante, o la Argentina entra en default con el FMI, con lo que ello implica en materia de ajuste, cierre del crédito para el comercio exterior, para los aportes de organismos internacionales, para el Club de París, el swap chino, o para la inversión privada y el crédito financiero privado.

En otras palabras, no arreglar con el FMI no evita el hambre de los argentinos, por el contrario, lo agrava.

El dilema consiste en acordar un programa de ajuste moderado y cierto orden macroeconómico, incluyendo la política cambiaria y tarifaria, con alta inflación, pero dentro del rango actual. O no acordar, y caer en un default que obliga a un super ajuste, con alto riesgo de descontrol nominal mayor, más pobreza y más estancamiento.

Existe una tercera vía, un simulacro de acuerdo, para poder contabilizar el préstamo y evitar el default, pero con prórrogas, incumplimientos, perdones, renegociaciones, etc. Algo a mitad de camino, que también generará descontrol nominal, pero en cuotas.

Un último punto, hay que resaltar que la deuda con el FMI es en dólares, de manera que no se puede emitir pesos para pagarla. Recordar, además, que no tenemos stock de reservas en el Banco Central, por lo tanto “desendeudarse”, como sugiere La Cámpora, es el peor camino, dado que obliga no sólo a un ajuste para pagar los intereses y reabrir el mercado voluntario, ¡se necesita un ajuste mucho mayor para cancelar también el capital!

Obvio, “para el pueblo”, lo mejor es la primera opción, tener un buen programa. Para el oficialismo, al menos en las declaraciones no está claro, quizás prefiera mayor sufrimiento, pero alzar la bandera política del no pago al FMI.

Finalmente, me permito además destacar que llegar a un buen acuerdo es condición necesaria pero no suficiente para recuperar el crecimiento sostenido.

La reapertura del mercado de capitales para volver a tener crédito, en lugar de deuda, e inversión privada con reingreso de capitales, y mejora de la calidad de vida de la población, recién se dará con un verdadero cambio de régimen, fuerte respaldo político, un programa potente, y buena gestión.

Por el momento, nada de ello estará disponible, apenas podemos aspirar a caer dentro del área y que nos otorguen un penal que nos de el empate sobre la hora.

Protestar contra un asiento contable es parte del sinsentido en que ha caído la política argentina en esta campaña. Falta menos.

Fuente Infobae

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